En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Reglas
Alex apenas durmió el resto de la noche.
Después de recordar aquel nombre, todo parecía diferente. Permaneció sentado durante horas sobre la cama, observando la oscuridad de la habitación mientras una única pregunta giraba sin descanso dentro de su cabeza.
Alexei Laurent.
Era él.
Lo sabía.
Lo había escuchado en aquella voz.
Lo había sentido en aquel recuerdo.
Ya no era una simple sospecha.
Era real.
Y eso lo aterraba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Porque si realmente era Alexei Laurent, entonces toda su vida había sido una mentira.
O al menos una parte importante de ella.
Cuando finalmente amaneció, Alex seguía sin saber qué hacer con aquella información.
Contárselo a Ian parecía una mala idea.
Ni siquiera estaba seguro de entender lo que había descubierto.
Así que tomó una decisión sencilla.Guardaría el secreto.
Al menos por ahora.Hasta encontrar más respuestas.
Hasta entender qué significaba realmente aquel apellido.
Hasta descubrir qué había ocurrido aquella noche.Porque recordar un nombre no era suficiente.Todavía faltaban demasiadas piezas.Demasiadas.
Con esa decisión tomó una ducha rápida y salió de la habitación.
Lo primero que vio al bajar las escaleras fue a Ian.
Por supuesto.
Porque aparentemente aquel hombre aparecía cada vez que Alex intentaba tener una mañana tranquila.
Ian estaba sentado en la mesa del comedor revisando unos documentos.
Levantó la vista apenas Alex entró.
—Buenos días.
Alex se detuvo.
—¿Acabas de decir "buenos días"?
—Sí.
—¿Te encuentras bien?
Ian cerró lentamente los documentos.
—Ya empezamos.
—Solo quería asegurarme.
—Lamentablemente sigo perfectamente.
—Qué pena.
Ian lo ignoró.
Alex tomó asiento y comenzó a servirse café.
Necesitaba al menos tres tazas antes de enfrentarse a cualquier conversación seria.
Por desgracia, Ian parecía tener otros planes.
—Necesitamos hablar.
Alex dejó la taza sobre la mesa.
—Nunca me gusta cómo empiezan esas frases.
—Te acostumbrarás.
—Lo dudo.
Ian apoyó los brazos sobre la mesa.
—Vas a seguir quedándote aquí.
Alex ya sospechaba aquello.
—No parece que tenga muchas opciones.
—No las tienes.
—Gracias por la sinceridad.
—De nada.
Alex suspiró.
Ian continuó.
—Por eso vamos a establecer algunas reglas.
Alex cerró los ojos.
—Sabía que este momento llegaría.
—Presta atención.
—Intentaré sobrevivir.
Ian decidió ignorar los comentarios.
—Primera regla. No sales solo.
—Odio esa regla.
—No me importa.
—Ni siquiera has terminado de explicarla.
—No necesito hacerlo.
—Qué democrático.
—Alex.
—Bien, bien.
Ian continuó.
—Segunda regla. Siempre avisas dónde vas a estar.
—¿Incluso dentro de la mansión?
—Especialmente dentro de la mansión.
—Eso es ridículo.
—También lo es que intentaran secuestrarte.
Alex no tuvo respuesta para eso.
Ian aprovechó la victoria.
—Tercera regla. Llevarás siempre el teléfono encendido.
—¿Y si no quiero?
—Lo llevarás.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
—Lo dices con demasiado orgullo.
Ian siguió adelante.
—Cuarta regla. No discutirás con los guardias.
—Eso depende de ellos.
—Depende de ti.
—No siempre.
—Siempre.
Alex bebió café para evitar responder.
No funcionó.
—Quinta regla. No intentarás escapar de la mansión.
Alex casi se atragantó.
—¿Escapar?
—Sí.
—¿Y por qué asumirías que quiero escapar?
Ian lo observó durante varios segundos.
—Porque te conozco.
Alex abrió la boca.
La cerró.
Y volvió a abrirla.
—Eso es injusto.
—También es cierto.
—Te odio un poco.
—Solo un poco.
—Por ahora.
Ian pareció satisfecho.
Lo cual resultó bastante preocupante.
En ese momento una nueva voz apareció detrás de ellos.
—¿Ya le diste la lista de reglas?
Elena entró en la habitación con una sonrisa divertida.
Alex señaló inmediatamente a Ian.
—Está convirtiendo mi vida en una prisión.
—Bienvenido a la familia —respondió ella.
—Eso no ayuda.
—Nunca ayuda.
Elena tomó asiento junto a ellos.
—¿Cuántas veces protestó?
—Todas.
—Entonces va mejor de lo esperado.
Alex los observó.
Luego observó la mesa.
Y finalmente observó el techo.
—Los dos están locos.
—Probablemente —admitió Elena.
Ian ni siquiera intentó negarlo.
Aquello fue aún más preocupante.
La conversación continuó durante un rato más, aunque Alex siguió quejándose prácticamente de cada regla. Nadie pareció impresionado.
Mucho menos Ian.
Al final terminó aceptándolas porque no tenía alternativa.
Y porque una parte de él sabía que Ian no estaba imponiéndolas para molestarlo.
Bueno, no únicamente para molestarlo.
Lo hacía porque realmente creía que estaba en peligro.
Y después del intento de secuestro, Alex tampoco podía fingir que todo era imaginación.
Cuando terminó el desayuno decidió retirarse.
Necesitaba tiempo para pensar.
Necesitaba ordenar todo lo ocurrido durante los últimos días.
Y sobre todo necesitaba entender qué hacer con el nombre que ahora conocía.
Subió lentamente las escaleras hasta llegar a su habitación.
Una vez dentro cerró la puerta.
El silencio volvió a rodearlo.
Su mano buscó instintivamente el colgante oculto bajo la camiseta.
Lo sostuvo entre los dedos.
Recordó las llamas.
Recordó a la mujer.
Recordó aquella voz.
Corre, Alexei.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Todavía no estaba preparado para compartir aquello con nadie.
Todavía no.
Guardó nuevamente el colgante y se dejó caer sobre la cama.
Luego miró el techo durante varios segundos.
Pensando en las reglas.
Pensando en Ian.
Pensando en la mansión.
Y pensando en lo mucho que extrañaba la tranquilidad de su antigua vida.
Finalmente soltó un largo suspiro.
Y llegó a una conclusión que le pareció completamente razonable.
Prefiero volver al orfanato.