Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 9: El Despertar del Enjambre
En las profundidades de la Torre Eclipse, el Dr. Elias Roth activó el Núcleo de Resonancia Abisal a las 23:47. El dispositivo, un cilindro negro de dos metros de altura rodeado de anillos giratorios de energía púrpura, estaba conectado a cinco fisuras estratégicas detectadas en los últimos días. Lilith Sinclair, Victor Kane y Sofia Moreau observaban desde la sala de control blindada en el piso 89.
—Frecuencia sincronizada —anunció Roth con excitación—. Estamos amplificando las fisuras en un 340%. Deberían atraer solo entidades menores, como planeamos. Suficiente para generar pánico controlado en los Barrios Bajos y el Distrito Medio, pero no tanto como para amenazar nuestras torres.
Lilith sonrió con frialdad, cruzando los brazos.
—Perfecto. hélix responderá tarde, como siempre. La Iglesia se verá saturada. Y nosotros apareceremos como los salvadores con nuestros nuevos contratos de “protección total”.
Los monitores mostraron las primeras lecturas positivas. Las fisuras se ensancharon ligeramente, liberando rastros de energía demoníaca que los sensores clasificaron como Clase I y II. En el Barrio Bajo 17, un par de susurrantes emergieron, exactamente como habían calculado. En el Distrito Industrial, un par de bestias menores aparecieron cerca de zonas poco protegidas.
—Fase uno exitosa —reportó Sofia—. Las redes sociales ya están llenándose de pánico. Nuestros influencers están listos para difundir que “la Iglesia no da abasto”.
Victor Kane levantó una copa de champán sintético.
—Por el fin de la era de la fe barata.
Durante los primeros doce minutos, todo salió según el plan. Las corporaciones rivales —Eclipse y Kurogane— habían coordinado en secreto. Sus dispositivos de resonancia enviaban pulsos precisos que actuaban como imanes selectivos. Parecía controlado. Parecía perfecto.
Hasta que dejó de serlo.
A las 23:59, los monitores comenzaron a parpadear erráticamente. Las lecturas de energía demoníaca se dispararon de forma exponencial. Roth frunció el ceño.
—Espera… los patrones están cambiando. No son solo menores. Hay algo más profundo respondiendo.
Lilith se acercó al holograma principal.
—¿Qué quieres decir?
—Estaban esperando —murmuró Roth, palideciendo—. Demonios zánganos. Entidades en espera. Miles de ellos. No eran fisuras normales… eran incubadoras. Los pulsos las abrieron todas al mismo tiempo.
El cielo sobre la ciudad se tiñó de un rojo violáceo. Grietas negras aparecieron en el aire mismo, no solo en el suelo. De ellas comenzaron a surgir enjambres: demonios zánganos de Clase II, criaturas insectoides aladas con múltiples ojos y aguijones que goteaban corrosivo. No eran los grandes señores demoníacos, pero sí un ejército de miles, coordinados como un enjambre.
La invasión había comenzado.
**En los Barrios Bajos – Punto medio del caos**
Mateo Ruiz corría por las calles del Barrio Bajo 17 con seis cazadores de la Orden de San Miguel. Sus armaduras tácticas estaban encendidas con runas brillantes. El comunicador en su oído transmitía informes desesperados de todo el distrito.
—¡Hermano Mateo! ¡Hay cientos! —gritó uno de sus hombres mientras disparaba una ráfaga de plasma bendito contra un grupo de zánganos que descendían del cielo.
Mateo levantó su rifle y acertó a tres criaturas en rápida sucesión. Sus alas membranosas se incendiaron con luz sagrada antes de caer.
—¡Mantengan formación! ¡Protejan el comedor comunitario! ¡Hay familias ahí!
Llegaron justo a tiempo. Elena Vargas y sus Vigilantes del Umbral ya estaban en una feroz batalla defensiva alrededor del edificio. Elena, con el rostro manchado de sangre negra demoníaca, clavaba su machete encantado en el abdomen de un zángano que intentaba entrar por una ventana.
—¡Raúl! ¡Cubran el flanco izquierdo! —ordenó ella.
Cuando vio a Mateo y su grupo, no hubo tiempo para desconfianzas. La realidad los unió en segundos.
—¡Hermano Mateo! —gritó Elena—. ¡Necesitamos apoyo en el techo! ¡Están intentando abrir una fisura encima!
Mateo no dudó. Corrió hacia ella mientras sus hombres formaban una línea defensiva mixta.
—Nosotros cubrimos el perímetro. ¡Trabajemos juntos, Vargas! ¡Por esta noche, somos lo mismo!
Elena asintió con ferocidad. Por primera vez, un cazador eclesiástico y una líder independiente luchaban hombro con hombro. Carla lanzó una granada bendita que Mateo reforzó con una oración rápida, multiplicando su efecto. La explosión incineró a doce zánganos de un golpe.
Dentro del comedor, familias se refugiaban bajo mesas mientras novicias y voluntarios repartían amuletos de emergencia. Mateo vio a varias hermanas mayores orando en círculo, generando un campo de supresión que mantenía a raya a las criaturas más cercanas.
—Elena, ¿cuántos tienes? —preguntó Mateo mientras recargaba.
—Once, contando conmigo. Perdimos dos en los primeros minutos —respondió ella, jadeando—. Pero no vamos a dejar que toquen a los niños.
Un zángano más grande, con caparazón reforzado, se lanzó contra ellos. Mateo rodó hacia un lado y disparó al punto débil bajo su mandíbula. Elena remató con su machete, cortando la cabeza.
—Buen tiro —admitió ella.
—Buen remate —respondió Mateo con una media sonrisa tensa.
Trabajaban en perfecta sincronía. Mateo aportaba disciplina táctica y poder bendito; Elena, conocimiento del terreno y ferocidad callejera. Sus grupos combinados comenzaron a repeler la oleada alrededor del comedor. Por un momento, parecía que podrían contenerla.
**En la Torre hélix**
Marcus Hale no era solo un ejecutivo. Esa noche lo demostró.
Cuando las alarmas de la Torre hélix se activaron, él ya estaba en la sala de operaciones del piso 78. Su traje ejecutivo se abrió revelando una armadura Abyssal Mark IV personalizada debajo. Había pasado años sometiéndose a modificaciones genéticas y nucleares demoníacas controladas. No era un simple hombre de escritorio.
—Informe —ordenó con voz calmada.
—Invasión masiva. Miles de zánganos. Las fisuras se multiplicaron. Eclipse y Kurogane están intentando tomar crédito, pero perdieron el control.
Marcus sonrió con frialdad.
—Idiotas. Creyeron que podían jugar con el abismo.
Se colocó un casco táctico y tomó un rifle de plasma pesado modificado, además de dos pistolas laterales.
—Equipo de élite conmigo. Vamos a demostrar por qué hélix lidera este mercado.
Bajó personalmente al campo de batalla en los límites del Distrito Medio, donde una oleada importante amenazaba varias torres secundarias. Marcus no se quedó atrás. Saltó de un transporte en movimiento y aterrizó en medio de un enjambre.
Su inteligencia brilló tanto como su fuerza. Analizaba patrones en tiempo real: los zánganos se comunicaban mediante feromonas mágicas. Identificó al “nexo” —una criatura más grande que actuaba como coordinador— y dirigió a sus hombres con precisión quirúrgica.
—¡Fuego concentrado en el nexo del sector 4-B! ¡Yo me encargo del flanco!
Marcus se movió con velocidad mejorada genéticamente. Esquivó aguijones, disparó ráfagas precisas y, cuando un zángano se acercó demasiado, lo agarró por el cuello y activó un pulso de energía de su guantelete que lo desintegró desde dentro.
Un operador de su equipo cayó herido. Marcus no lo abandonó. Lo arrastró a cubierto mientras seguía dando órdenes.
—Esto no es solo un ataque —murmuró mientras recargaba—. Es el comienzo de algo mayor. Y hélix estará listo.
Sus modificaciones le permitían luchar al nivel de un cazador de élite, pero con la mente fría de un estratega corporativo. Mató personalmente a veintitrés zánganos esa noche, coordinando a su equipo para proteger activos clave de hélix.
**De vuelta en los Barrios Bajos**
La alianza temporal entre Mateo, Elena y sus grupos se fortalecía con cada minuto. Habían repelido tres oleadas alrededor del comedor. El suelo estaba cubierto de caparazones quemados y icor negro.
—Necesitamos llegar al convento —dijo Mateo, respirando con dificultad—. Sor Verónica y las hermanas están allí. Si una fisura se abre cerca…
Elena limpió su machete.
—Entonces vamos juntos. Mis Vigilantes conocen los atajos. Tus hombres tienen el poder bendito. Combinemos ambas cosas.
Formaron una columna mixta. Mientras corrían por callejones, enfrentaron emboscadas constantes. Un zángano se lanzó contra Carla; Raúl lo derribó, pero recibió una herida profunda en el brazo. Mateo aplicó rápidamente un vendaje bendito.
—Gracias, cura —gruñó Raúl.
—No soy cura. Solo un hombre que protege —respondió Mateo.
Elena luchaba con rabia contenida. Cada zángano que caía era un paso más cerca de vengar a sus hijos. Pero también luchaba por los vivos. Por los niños que se escondían en el comedor.
Llegaron a las cercanías del convento justo cuando una fisura mayor se abría en el cielo sobre él. Cientos de zánganos descendieron.
Mateo activó su comunicador:
—¡A todas las unidades de San Miguel! ¡Defiendan el convento!
Elena levantó su rifle.
—¡Vigilantes! ¡Por nuestro barrio! ¡Por los que no pueden pelear!
La batalla se intensificó. Mateo y Elena luchaban espalda con espalda en varios momentos. Sus estilos se complementaban: la precisión bendita de él y la agresividad callejera de ella. Juntos derribaron a un nexo zángano que intentaba abrir una brecha mayor.
Desde una ventana del convento, Verónica observaba. Sus ojos azules brillaban con intensidad. Las mechas carmesíes bajo su velo palpitaban visiblemente. Aún no intervenía directamente, pero sentía cómo el velo se rompía más rápido de lo esperado.
Marcus, desde su posición en el Distrito Medio, recibió reportes de la alianza improvisada en los Bajos.
—Interesante —murmuró—. Idealistas uniéndose. Puede ser útil… o un problema futuro.
La noche se convirtió en una sinfonía de disparos, rugidos y oraciones. La invasión de los zánganos no era el fin, pero sí el comienzo del verdadero caos. Las corporaciones habían abierto la puerta. Ahora, todos pagaban el precio.
Mateo, herido pero firme, miró a Elena mientras recargaban.
—Esto no termina aquí.
—No —respondió ella, apretando su relicario—. Esto recién empieza.
**Escenas extendidas de la batalla**
La lucha alrededor del comedor duró más de una hora. Mateo coordinó un ritual de supresión con tres novicias que habían llegado como refuerzo, creando un domo de luz dorada que incineraba a los zánganos que lo tocaban. Elena usó su conocimiento del terreno para tender trampas con cables electrificados y explosivos caseros, ganando tiempo valioso.
En un momento crítico, un enjambre de casi cincuenta zánganos rodeó su posición. Marcus, desde lejos, envió un dron de apoyo de hélix (por interés estratégico), que proporcionó fuego de cobertura. Era un gesto calculado: ayudar lo suficiente para mantener el equilibrio, pero sin comprometerse del todo.
Verónica finalmente salió del convento por unos minutos, usando su magia sutil para curar a varios heridos de ambos grupos. Mateo la protegió personalmente durante ese tiempo, recordando siempre a su hermana Ana.
—Quédate dentro después de esto —le pidió él.
Verónica solo sonrió serenamente.
—El momento se acerca, hermano Mateo.
La invasión continuó hasta el amanecer. Miles de zánganos fueron destruidos, pero cientos lograron dispersarse por la ciudad, estableciendo nidos y causando estragos. Las corporaciones intentaron capitalizar el caos, pero el daño a su imagen fue mayor: la gente vio que sus experimentos habían empeorado todo.
hélix, la Iglesia y los independientes habían sobrevivido la primera noche. Pero todos sabían que esto era solo el preludio.