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La mujer que despertó mi corazón.

La mujer que despertó mi corazón.

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:102.7k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.

Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.

Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.

Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.

Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.

La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.

Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

La moto llegó a la facultad en poco más de diez minutos.

Eran las siete y media. El campus ya estaba lleno de estudiantes con café, apuntes y bolsas de desayuno, todos corriendo hacia los edificios como si la mañana los persiguiera.

Santiago frenó junto al jardín frente al edificio de Sol, apoyó un pie en el piso y se sacó el casco.

—Llegamos.

Sol bajó rápido, se acomodó la mochila y lo miró con sospecha.

—¿Cómo sabías que tenía clase acá?

—Te vi entrar otras veces.

Lo dijo tapándose un poco la boca con el puño, como si una tos pudiera esconderle el nerviosismo.

Sol todavía quería preguntar algo, pero sonó el segundo timbre.

Santiago le alcanzó la mochila y el desayuno.

—Andá. Llegás tarde.

—Gracias.

Ella sonrió y salió corriendo.

Él se quedó un segundo más mirando.

La escena no pasó desapercibida.

—¿Esa no es Sol Linares? ¿La que se vendió para entrar a una familia rica?

—Sí. Ahora parece que también tiene motoquero.

—Ese es Santiago Quiroga. El de química ambiental.

—¿El que le gusta a Teresa hace dos años?

—Ese. Teresa vive comprándole desayunos, frutas, agua cuando juega al básquet. Él ni la registra.

Los comentarios se movieron por los pasillos antes de que Sol terminara la primera clase.

Dos horas después, Renata la agarró del brazo apenas salieron.

—Decime que sabés quién te trajo hoy.

—Santiago. El hijo de la señora Clara.

Renata la miró como si hubiera dicho que la luna era una lámpara.

—Santiago Quiroga. Química ambiental. Becario. Juega al básquet. Tiene papers en inglés y media facultad pendiente de si respira. ¿De verdad no lo ubicabas?

—No.

—Sol, a veces me das ternura y bronca al mismo tiempo.

—Me llevó porque iba para el mismo lado.

—Claro. Y yo mañana heredo un campo.

Renata bajó la voz.

—Igual, ojo. Teresa Fernández está obsesionada con él. Si hoy te vieron bajar de su moto, va a arder. Y con Luna, Abril y toda esa gente metiendo basura sobre vos, cualquier cosa les sirve.

Sol se detuvo y le apoyó las manos en los hombros.

—¿Te buscaron a vos?

Renata apartó la vista.

—Vinieron un par de veces. Nada grave.

—Renata.

—No pasó nada porque no las dejé. Vos cuidate, ¿sí? No puedo estar pegada a vos todo el día.

Sol la abrazó rápido.

—Gracias.

Tenía que ir a la residencia Alcázar. Desde la noche anterior, la imagen de Bruno boca abajo no la dejaba respirar tranquila. En su cuarto había aparecido ese líquido raro. Un paciente inmóvil podía morir por media hora de descuido.

Había pensado pedirle a Santiago que analizara la muestra. Pero enseguida descartó la idea. No podía arrastrar a un casi desconocido al barro de los Alcázar. Si a él le pasaba algo por ayudarla, ¿cómo lo iba a explicar?

Mejor buscar una empresa privada.

Al salir del campus, vio a Santiago bajo los plátanos, con la moto a un costado. La luz le caía entre las hojas y le dejaba manchas claras en la cara.

—Sol.

Ella levantó la mano con educación.

—Hola, Santiago.

—¿Vas al sanatorio? Yo también voy a ver a mi mamá. Te puedo llevar.

Sol sonrió y negó con la cabeza.

—Voy en colectivo.

Desde chica estaba acostumbrada a poner distancia. Había rechazado demasiados acercamientos como para confundirse ahora. Además, aunque su matrimonio fuera extraño, ya no era libre. Y Santiago era el hijo de la amiga de su madre. Todo tenía que quedar limpio.

Se fue casi corriendo.

Santiago la siguió con la mirada.

—Santi. Santi.

Un dedo de manicura perfecta le tocó la espalda.

Santiago borró la sonrisa y empezó a caminar.

Teresa Fernández lo siguió.

—Vi todo. Esa Sol Linares dicen que se metió en una cama ajena para trepar y ahora viene a coquetearte a vos. Qué asco. Voy a hablar con su directora.

Santiago se detuvo. La cara se le enfrió.

—Si ella quisiera coquetearme, yo encantado.

Teresa abrió los ojos.

—¿Qué?

—Que me escuchaste. Teresa, te lo dije mil veces: no me gustás. Alejate de mí.

—¿Qué tiene ella? Una madre enferma, no tiene un peso, trabaja levantando bandejas en el comedor. Te va a hundir. Yo llevo años al lado tuyo y no ves nada.

Santiago la miró con una mueca de cansancio.

—Que estés cerca no significa que tenga que gustarme. Hay mucha gente cerca mío y no por eso te toca a vos. Y te aviso algo: no la molestes.

Se fue.

Teresa apretó la correa de su cartera hasta marcarse los dedos.

—Sol Linares, me robaste al chico. Ahora esperá.

En el colectivo, Sol iba junto a la ventana, mirando las calles pasar.

Pensaba en Bruno.

En su cara pálida, el mentón afilado, el abdomen hundido, las costillas marcadas. Pensaba en lo fácil que era levantarlo, como si el cuerpo de un hombre adulto se hubiera vuelto apenas una carga liviana.

¿No tenía padres?

¿Dónde estaban?

Sólo Don Ernesto parecía quererlo de verdad.

Sol suspiró y buscó en el celular laboratorios privados de análisis químico. Encontró uno pequeño que le quedaba de paso, bajó antes y entró con el corazón apretado.

La recepcionista levantó la vista.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Necesito analizar una sustancia.

Sol sacó el pañuelo envuelto con cuidado.

—Hay un líquido acá. Tiene un olor muy fuerte.

La mujer lo miró con recelo.

—¿Qué sustancia es? ¿De dónde la sacaste? ¿Para qué necesitás el análisis? ¿Tenés DNI?

Acercó apenas el pañuelo a la nariz y frunció el ceño.

—El olor es bastante irritante. Primero necesito tus datos.

Sol sintió que se le helaban los dedos.

Agarró el pañuelo.

—Después vuelvo.

Salió casi corriendo.

En la vereda miró hacia atrás para asegurarse de que nadie la seguía.

Se sentía como si la culpable fuera ella.

¿Y ahora?

¿Tendría que pedirle ayuda a Santiago?

Subió al siguiente colectivo con un nudo en el estómago. Por ahora, lo urgente era revisar a Bruno. Mientras ella fuera cada noche, al menos Marta no podría hacer cualquier cosa sin que alguien se diera cuenta.

En la residencia, Bruno tenía hambre.

Marta y los dos cuidadores no habían entrado ni una vez. No le dieron comida, no lo giraron, no lo ayudaron con nada. Ya había pasado antes, pero esos días era peor.

Bruno se rió por dentro, sin humor.

Cuando caminaba, esa gente no existía para él. Marta era menos que una sombra en la casa. Ahora su vida dependía de si ella decidía abrir una puerta.

La habitación llevaba horas cerrada, con las cortinas bajas. Antes de Sol, Bruno pasaba días enteros en esa oscuridad. Sólo ella abría la ventana, dejaba entrar aire, le limpiaba el cuerpo, le ponía música, le contaba cualquier cosa.

Cuando ella estaba, el cuarto olía a algo vivo.

Cuando se iba, volvía el encierro.

¿Por qué tardaba?

Si no venía, iba a morir de hambre y ella se quedaría viuda.

No, pensó. Si anoche llegaba más tarde, ya estaría viuda.

Entonces sintió ese perfume leve.

Había llegado.

Sol entró apurada y transpirada por la corrida. Antes de tocarlo fue al baño a lavarse las manos y la cara. No quería traerle nada de la calle.

Al volver abrió la ventana.

El olor de la habitación era pesado.

Don Ernesto no había querido ponerle sonda a Bruno por miedo a hacerle daño. Sol levantó la manta y confirmó lo que temía: todo estaba mojado.

Respiró hondo, sacó la sábana y el protector, los dejó en el piso y, con los ojos casi cerrados de vergüenza, empezó a quitarle el pantalón.

La puerta se abrió de golpe.

Sol tiró la sábana sobre la parte baja del cuerpo de Bruno y se volvió furiosa.

—Marta, se golpea antes de entrar.

Marta se quedó en la puerta. Primero miró el piso, como buscando rastros, y después levantó la cabeza.

—Yo antes no golpeaba. Don Ernesto me puso a cuidar al señor Bruno. Si cada vez que entro y salgo tengo que tocar, pierdo tiempo. Además, cuando el señor Bruno estaba despierto nunca se quejó. Desde que usted llegó, parece que acá todo tiene reglas nuevas.

Sol conocía ese tono. Había trabajado desde primer año en lugares donde la gente de abajo mordía al más débil cuando podía.

Con ella podía ser desagradable.

Con Bruno no.

—Usted misma lo dijo: su trabajo es cuidarlo. Hoy no vino a resolver sus necesidades básicas. ¿No puede manejar a los cuidadores? ¿No tiene capacidad? Si es así, hablo con Ramiro para que pongan a otra persona.

Marta se puso colorada, después blanca.

—Qué fácil habla, señorita. Yo llevo años trabajando en esta casa. Siempre fui responsable. No como otras, que llegaron hace dos días y ya se creen patronas porque se subieron a la cama del señor Bruno.

El insulto quedó colgado en el aire.

Sol sonrió apenas.

—Ramiro, ¿escuchó?

Marta se dio vuelta.

Ramiro estaba detrás, con la cara oscura.

—Ramiro, yo...

—Señora Sol, llamo ahora a los cuidadores —dijo él—. Marta, después la espero en mi oficina.

—Sí, sí.

Marta bajó la cabeza para esconder el odio y se fue.

Cuando los cuidadores terminaron y salieron, Sol cerró la puerta. Bruno quedó en la chaise longue, al sol, cómodo por primera vez en horas.

Ella se sentó al lado.

—Hoy le hago algo rico. ¿Tiene la boca sin gusto? Espéreme un ratito.

Bruno la escuchó irse.

Al menos había aprendido a usar a Ramiro.

No era tan tonta.

Cuando Marta entró, Sol había cubierto a Bruno antes de discutir. Lo primero que protegió fue su dignidad.

Desde que estaba postrado, Bruno había perdido todo lo que antes daba por hecho. Los cuidadores habían empezado con cuidado y después se volvieron bruscos. Al cambiarlo, comentaban cosas de su cuerpo, lo dejaban expuesto, lo movían como si no sintiera.

Él no podía defender ni su intimidad.

Sol sí la había defendido.

Cuando despertara, le daría una recompensa.

Un millón.

Para motivarla.

Renata Soto

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Marcia Farfan Rojas
Muy entretenido👏👏
Marcia Farfan Rojas: Esperando los siguientes capítulos ☺️
total 1 replies
Omaira Olivier
hola autora como engaña cuando uno se emocionado 😂 usted manda un solo capítulo la novela esta emocionante
Elimar Gutierrez
Quien es Sabrina??
Mirta Ifran
me suoer encanta la historia.mas allá que bruno es muy mando.🤭
Mirta Ifran
👏👏👏👏👏
Lidia Loreta Abascal Alvarez
😍
Yoli Ibarra
me pasa igual ,decía completa tendría que terminar de una vez, el drama esta bueno, pero de un capitulo por día no es bueno, cansa
Maria Eugenia Orozco
que hable rápido con la policia
Bertha Jimenez
es muy aburrido leer y estar pidiendo actualización no me fijé que no estaba completa
Hilda Estrada
a limpiar todo
Ru Sanchez
finalice😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Hilda Estrada
sol: dale más a ese desgdo
Hilda Estrada
Buenos golpes x habladora
Tina Farias
me e leído cuatro Novela super buenas y esta aun no tiene final
me estoy aburriendo 😡
Elena Maza
Pobre tonta 😱😱😱😱ilusa lo mandaran a la chingads
Elena Maza
Esos salieron más abusados qué bruno 🤣😍😍
Elimar Gutierrez
Por fin un avance, sumo puntos con la suegra
Elimar Gutierrez
Ahora se mete la mamá que lala
Carmen Montilla
sube el otrocapitulo
Elena Maza
No le creas a don Tomás por favor bruno deja tu orgullo busca a sol y explicale la situación
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