Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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Capitulo 15
Una opulencia que a Abigail, esa noche, le pareció obscena. El eco de las risas refinadas, el chocar de las copas de cristal de Baccarat y el perfume embriagador de miles de orquídeas blancas creaban una atmósfera de perfección artificial. Abigail se detuvo en el umbral, ajustándose el vestido de seda negro que ella misma había cosido en las sombras del taller de Rosa. Era una prenda sencilla, casi severa, que contrastaba con los plumajes barrocos de las demás invitadas.
Ella no era una invitada más; era un fantasma que regresaba a su propio funeral para ver quiénes estaban celebrando
Abigail recorrió el salón con la mirada hasta que los encontró. Julián estaba en el centro de un círculo de inversores, luciendo su mejor sonrisa de arquitecto del éxito. A su lado, Mónica resplandecía. Llevaba un vestido de corte impecable —un diseño que Abigail reconoció como uno de sus bocetos robados—, pero no fue el vestido lo que detuvo el corazón de Abigail.
Fue el destello en el cuello de Mónica.
Un collar de diamantes y zafiros de talla lágrima, una pieza única que Julián le había mostrado a Abigail tres meses atrás para su aniversario. "Es para ti, Abby. Representa la pureza de lo que hemos construido", le había dicho él mientras cerraba el estuche de terciopelo. Aquella noche, él fingió haberlo enviado a la caja fuerte del banco "por seguridad".
Verlo ahora, rodeando la garganta de su asistente, subiendo y bajando con cada risa falsa de Mónica, fue como recibir una descarga eléctrica de mil voltios. El zafiro central, de un azul profundo y gélido, parecía una burla directa a su ceguera.
El Sentimiento: El Punto de No Retorno
En ese instante, algo se rompió definitivamente dentro de Abigail. No fue un quiebre de dolor, sino una cristalización de la furia. La última pizca de duda, el último rastro de nostalgia por los años compartidos, se evaporó.
Sintió una calma sobrenatural. El ruido de la fiesta se desvaneció en un zumbido lejano. Observó cómo Julián le susurraba algo al oído a Mónica y cómo ella le respondía con una mirada de posesión absoluta. Ya no eran solo amantes; eran carroñeros exhibiendo el botín antes de que el cuerpo estuviera frío.
—Ya no eres mi esposo —murmuró Abigail para sí misma, sus dedos apretando el bolso de mano hasta que las costuras crujieron—. Eres solo un error que voy a corregir.
Abigail avanzó por el salón. Su presencia fue notada de inmediato. Un murmullo corrió entre las mesas: la "reina de la moda" había aparecido tras semanas de silencio. Julián la vio acercarse y, por un segundo, el pánico cruzó sus ojos antes de ser reemplazado por su máscara de esposo preocupado.
—¡Abby! Querida, no esperábamos que vinieras. Pensé que seguías con esa... fatiga creativa —dijo Julián, tratando de interceptarla antes de que llegara a Mónica.
Abigail ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en el collar. Mónica, por su parte, intentó cubrirse el escote con un gesto instintivo, pero ya era tarde. El brillo de los zafiros era una confesión pública.
—Hermosa pieza, Mónica —dijo Abigail, su voz era un susurro gélido que cortó el aire—. La talla de esos zafiros es exquisita. Recuerdo haber visto el certificado de autenticidad en la oficina de Julián... justo al lado de los extractos bancarios de mi cuenta personal.
Mónica palideció, y Julián carraspeó, tratando de recuperar el control.
—Abigail, no es el momento ni el lugar...
—Tienes razón, Julián —lo interrumpió ella, dándose la vuelta finalmente para mirarlo con un desprecio tan puro que él dio un paso atrás—. Este no es el lugar para hablar de robos. Es el lugar para hablar de finales.
La Alianza de Acero: "Ayúdame a destruirlos"
Sin esperar respuesta, Abigail divisó a Sebastián en el otro extremo del salón. Él estaba apoyado contra una columna de mármol, observando la escena con la paciencia de un estratega que sabe que su momento ha llegado. Llevaba un esmoquin que lo hacía parecer un príncipe oscuro entre la aristocracia decadente de la ciudad.
Abigail caminó hacia él, ignorando los llamados de Julián y las miradas curiosas de la élite. Cada paso era una declaración de independencia.
Cuando llegó frente a Sebastián, él no dijo nada. Simplemente la miró, reconociendo en sus ojos el fuego que había estado esperando ver.
—Abigail —saludó él, su voz era un ancla en medio de la tormenta.
Ella se detuvo a centímetros de él, permitiendo que todos los presentes —la prensa, los socios, los enemigos— vieran que la mujer más poderosa de la industria estaba eligiendo un nuevo bando. Se inclinó hacia él, sin importarle que las cámaras captaran el momento.
—Sebastián —dijo ella, con una voz lo suficientemente firme para que él no tuviera dudas de su resolución—. No quiero solo recuperar mi marca. No quiero solo mi dinero de vuelta.
Sebastián arqueó una ceja, su mirada intensificándose.
—¿Qué quieres entonces?
—Quiero que no quede nada de ellos —sentenció Abigail, sus ojos brillando con una determinación letal—. Quiero que el nombre de Julián sea sinónimo de ruina y que Mónica nunca vuelva a sostener una aguja en esta industria. Ayúdame a destruirlos.
Sebastián no dudó. Extendió su brazo para que ella lo tomara, un gesto que en ese salón equivalía a una declaración de guerra formal contra el imperio que Julián creía estar heredando.
—Consideralo hecho, Abigail —respondió él, su mano cubriendo la de ella con una presión protectora—. Pero recuerda: una vez que empecemos, no habrá espacio para la piedad.
—La piedad se quedó en esa mesa de cena, Sebastián —replicó ella, mirando por encima del hombro hacia donde Julián y Mónica los observaban con una mezcla de miedo y rabia—. Ahora solo hay estrategia.
Abigail y Sebastián atravesaron el salón juntos, dejando atrás una estela de murmullos y escándalo. Mientras salían hacia la terraza para planear el movimiento de la primera semana de la colección, Abigail sintió que el collar de Mónica ya no le pesaba en el alma. Cada diamante que Julián le había robado era ahora un clavo en el ataúd de su carrera.
La Gala del Desengaño había cumplido su propósito. Abigail Sterling ya no estaba bajo vigilancia. Estaba al mando de la demolición.