Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 11: La guerrera
Veinte días.
Lyra contó cada uno de ellos con la precisión de quien sabe que el tiempo, en el harén, es un lujo que no todos pueden permitirse.
Veinte días sin ser llamada.
Al principio no le preocupó. El Emperador tenía semanas ocupadas, a veces se ausentaba, a veces necesitaba espacio. Ella era la favorita, la que más noches acumulaba, la única que conseguía que él volviera una y otra vez. Su posición era sólida.
Pero veinte días ya eran demasiados.
Se miró en el espejo de bronce, estudiando su propio reflejo con la misma frialdad con la que estudiaba a sus rivales. Cobriza, de ojos verdes, el cuerpo firme de quien no había abandonado las costumbres guerreras de su tierra. Se tocó el cabello, largo y ondulado, siempre impecable. Se enderezó, y por un instante, en la postura, no fue la concubina perfecta sino la hija del norte, la que aprendió a empuñar una espada antes de saber sonreír.
¿Qué ha cambiado?, se preguntó.
Las criadas hablaban, siempre hablaban. Sabía que el Emperador había llamado a otras, a las nuevas, a las del ala oeste y del ala norte, pero ninguna repetía. Las probaba una vez y las desechaba, como quien hojea un libro y lo deja sin terminar.
Busca algo, pensó Lyra. Algo que no encuentra.
Y mientras esa idea rondaba su mente, otra más oscura se abrió paso: Sera está esperando.
Recordó aquella conversación en el ala sur, las palabras de la Emperatriz grabadas a fuego en su memoria: "Las favoritas van y vienen. Yo siempre estaré aquí. Y cuando tú falles, cuando él se canse de ti... entonces recordaré esta conversación."
No era una amenaza vacía. Sera controlaba el harén con mano de hierro, tenía espías en cada rincón, y había demostrado que no dudaba en eliminar a quienes se interponían en su camino. Hasta ahora, la cama del Emperador había sido su escudo pero si ese escudo se quebraba... Lyra apartó el pensamiento con un escalofrío.
No puedo permitir que eso pase.
Se levantó del tocador y caminó hacia el rincón de sus aposentos donde guardaba la espada de madera. La tomó, sintiendo el peso familiar en la mano, y empezó a moverse. No era un entrenamiento completo, no podía serlo sin levantar sospechas, pero esos pequeños gestos la mantenían conectada con quien había sido antes de que la encerraran en esta jaula de seda.
Las otras le ofrecen lo mismo, pensó mientras giraba la espada en un arco lento. Dulzura. Sumisión. Flores. Miel. Todas iguales.
Y yo también.
Se detuvo en seco. Yo también he sido igual.
Recordó sus noches con Ethan. Se esforzaba por ser perfecta: la inclinación exacta, el aroma dosificado, las palabras susurradas en el momento justo. Había aprendido a ser lo que él quería, lo que cualquier alfa querría: una omega dócil, complaciente, predecible.
Pero si él estaba aburrido, si buscaba algo diferente...
Lyra bajó la espada y se miró las manos. Manos que habían sostenido acero antes de aprender a acariciar seda.
¿Y si le muestro lo que soy de verdad?
La idea era peligrosa. Los alfas querían omegas sumisas, eso lo sabía todo el mundo. Mostrarse demasiado fuerte, demasiado independiente, podía ser un error irreversible. Pero Ethan no era cualquier alfa. Estaba cansado de lo mismo, cansado de las flores que se inclinaban a su paso, cansado de las sonrisas ensayadas.
¿Y si le ofrezco algo más?
Se colocó frente al espejo de nuevo, pero esta vez no enderezó la espalda en la postura estudiada de concubina. Esta vez se mantuvo erguida como lo había hecho de niña, cuando su padre le enseñaba a no bajar la mirada ante nadie.
Si quiere novedad, se la daré. Si quiere una guerrera, la tendrá.
Pero tendría que ser sutil. No podía presentarse como una amazona de la noche a la mañana. Tenía que dosificarlo, como quien añade especias a un guiso. Un gesto aquí, una palabra allá, dejar entrever que bajo la piel de seda había algo más.
La próxima vez que me llame, pensó, seré diferente. Y veremos si le gusta.
Porque si no le gustaba, si fallaba... Sera estaría esperando. Y Lyra conocía demasiado bien el precio de fracasar en este juego.
Volvió a guardar la espada en su rincón y se sentó frente al tocador. Pero esta vez, cuando se miró al espejo, no se vio a sí misma como la favorita, se vio como la guerrera que alguna vez fue, la única capaz de enfrentarse a la Emperatriz y salir viva.
Y si eso no funciona, pensó, al menos habré sido yo.
Esa misma tarde, una criada llegó con una bandeja de té y los chismes de costumbre. Lyra la escuchó con atención distraída hasta que una frase le hizo levantar la cabeza.
—...y dicen que el Emperador pasa mucho tiempo en la biblioteca, más de lo habitual. Que a veces se queda mirando el fuego sin leer, como si estuviera pensando en algo.
Lyra frunció el ceño.
¿La biblioteca? El Emperador siempre había ido a la biblioteca, sí, pero no con tanta frecuencia. Y ese detalle de "mirar el fuego sin leer" le resultó inquietante.
Está pensando en algo. O en alguien.
Recordó las nuevas que habían pasado por su cama y habían sido desechadas. Ninguna era especial, ninguna había logrado retenerlo.
Entonces, ¿qué busca?
Una idea incómoda cruzó su mente: ¿y si ya lo había encontrado? ¿Y si había alguien más, alguien que ella no conocía, alguien que estaba ocupando sus pensamientos sin necesidad de compartir su cama? No, si hubiera una nueva favorita lo sabría, las criadas se lo habrían contado. El harén era un avispero de rumores; nada permanecía oculto mucho tiempo.
Todavía no hay nadie, pensó. Pero él está esperando algo y yo voy a dárselo antes de que alguien más lo haga. Antes de que Sera tenga su oportunidad.
Esa noche, Lyra tomó una decisión. No podía esperar pasivamente a que él la llamara, necesitaba hacer algo para recordarle que existía, que seguía siendo la mejor opción. Pero tampoco podía ser demasiado obvia; las concubinas desesperadas eran patéticas, y él las despreciaba.
Un encuentro casual, pensó, nada planeado. Solo estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, dejar que me vea, que me huela, que recuerde lo que tiene. Sabía sus rutinas. Sabía que por las tardes iba a la biblioteca. Sabía que los atardeceres a veces cabalgaba. Sabía que al amanecer entrenaba.
La biblioteca no, decidió, es su refugio. Si voy allí, parecerá que lo busco. Las caballerizas, quizás, o el camino hacia ellas.
Sonrió en la penumbra.
Un paseo al atardecer, con el vestido azul, el que más le gusta. Y si me encuentra, hablamos y si no, al menos habré intentado algo. Por primera vez en veinte días, Lyra sintió que recuperaba el control.
Que empiece el juego, pensó, y que Sera espere sentada.
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