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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

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Capítulo 11

La luna estaba alta, una pálida sonrisa de plata en el cielo nocturno; debajo, Shanghái parecía respirar con un ritmo más antiguo, como si las venas de la ciudad tuvieran un pulso que no dependía de la electricidad de los neones. En el subsuelo de la torre Li, un recinto oculto, cuyo acceso estaba protegido por una puerta que no se abría con una simple tarjeta, aguardaba un ritual que nadie en la sala esperaba con la misma mezcla de miedo y expectación: el Ritual de la Luna Negra.

La sala se hallaba en un nivel inferior, cubierto de piedra negra pulida y lámparas de aceite que arrojaban una luz amarillenta, como si la llama de la vela fuera el único guide que quedaba para un mundo que ya no confiaba en la verdad visible. Un altar central, hecho de obsidiana, sostenía un cuenco de plata ennegrecida, tallado con símbolos que hablaban de siglos de conocimiento prohibido; en las paredes, runas que parecían brillarle al ojo cuando la luz las rozaba.

Yan entró junto a Zixuan, con una mezcla de temor y necesidad. Llevaba puesto un vestido oscuro que no ocultaba la tensión de su cuerpo; sus manos estaban temblorosas, pero sus hombros estaban erguidos, como si cada fibra de su ser se negara a delatar la duda.

El silencio fue roto por Lin Mei, que entró con el paso suave y seguro de alguien a quien las sombras obedecen por contrato. Lin Mei no llevaba un vestido ostentoso aquella noche; vestía un atuendo de cortes simples, pero su presencia era más poderosa que cualquier ornamento. Sus ojos, negros como la tinta, recorrieron la sala con la paciencia de una serpiente que espera su presa.

—La luna está en su punto, y la sangre no espera —dijo Lin Mei, sin saludar, sin ceremonias innecesarias—. Este ritual no es un juguete; es una promesa. Si se rompe, costará más de lo que estamos dispuestos a pagar.

Zixuan no respondió; dio un paso adelante, colocó una mano fría sobre la espalda de Yan y le ofreció, sin palabras, la oportunidad de retroceder. Ella, sin dejar de mirar a Lin Mei, asintió ligeramente. Se acercó al altar y colocó sus manos palmas arriba, como si quisiera entregarse al mundo y, con esa entrega, recibir la bendición que quizá podría salvarla a ella y a quienes amaba.

La atmósfera se volvió pesada. Un silencio cargado de una vibración que parecía resonar con cada respiración de la sala. El cuenco de plata recibió la primera gota de la sangre de Yan, y la sangre, a su vez, parecía cobrar vida, un fulgor que de inmediato se extendió por las paredes y por la piel.

Zixuan, al ver el acto, se posó a un lado, pero no se quedó quieto. Sus sentidos, que siempre parecían afinarse ante la oscuridad, se agudizaron. Él sabía que aquello no era un simple intercambio de fluidos; era una transacción de poder, una unión que iba más allá de la carne y la sangre: un vínculo que unía dos voluntades en una sola dirección.

Yan sintió el sabor de su propia sangre en la boca, un sabor terroso, metálico, a la vez dulzón y agrio, que le recorrió las venas como una chispa. Y entonces, la atmósfera cambió: un susurro recorrió el recinto, un murmullo que parecía venir de las paredes mismas.

—Beber la sangre de una humana es una transgresión para nosotros —dijo Li Zhou, cuya presencia, aunque no era física, parecía materializarse en la sala—. Pero hay momentos en los que las transgresiones se vuelven necesarias para la continuidad de un linaje. Este ritual no es la exención de la ley: es su cumplimiento.

Zixuan se inclinó ligeramente ante Li Zhou, en una señal de respeto que, en su mundo, tenía el peso de un juramento. Yan, sin moverse, observó el Anciano sin permitir que el miedo la dominaran. Li Zhou, a pesar de su edad, tenía una presencia que no podía ser subestimada; era como una roca que resistía el paso del tiempo y seguía siendo la base de un mundo que aún respiraba.

—Ya has sido expuesta en varias ocasiones a la verdad de Li Zhou —dijo Lin Mei, hablando con la seriedad de una maestra que corrige a sus discípulos—. Este ritual no es para herir; es para liberar. Pero la liberación tiene su precio. Si confías en Li Zixuan, si te entregas a este vínculo, tendrás que aceptar lo que venga después.

Yan cerró los ojos por un segundo, dejando que la imagen de su padre apareciera ante su memoria, esa figura que había sido borrada a veces por la violencia de su caída y otras por la necesidad de vivir. Abrió los ojos y enfrentó a Li Zhou, y luego a Zixuan, y luego a Lin Mei, y, en un pequeño silencio, a sí misma.

—Estoy dispuesta a esto —dijo, su voz temblando apenas—. Si este vínculo puede darle a Shanghái una oportunidad para vivir sin miedo, si puede ayudar a detener a aquellos que roban la vida de las personas para su propio beneficio, entonces lo haré.

La respuesta no fue inmediata. Hubo un momento de silencio tenso, y luego un suspiro que pareció venir de todas las personas que estaban presentes, como si la sala exhalara al mismo tiempo la última gota de aire que quedaba en la ciudad.

Zixuan se acercó, sus ojos fijos en los de Yan. Sus dedos rozaron la muñeca de ella y, sin decir palabra, acercó sus labios al poro de la piel de Yan y bebió, no con la intención de arrancarle la vida, sino de transferirle una parte de su propia fortaleza, una especie de bendición que podía permanecer en la sangre de Yan como una luz tibia.

El acto, que podría haber sido visto como una violencia, se convirtió en un susurro de intensidades contenidas: una entrega de confianza, una promesa de protección. Yan no apartó la mirada, y, por primera vez, se dio cuenta de que el beso del depredador, aquel beso que había temido y deseado en su propia manera, tenía una razón de ser: no era una brutalidad sin emoción, sino un pacto que unía a dos seres de mundos opuestos para crear algo que ninguno de los dos podría lograr por separado.

El ritual terminó finalmente, pero la sensación de lo que había ocurrido se quedó en la habitación como una estela de humo que no se disipa. Yan sintió que su interior había cambiado de forma sutil, como si una vena se hubiera movido para abrirse o cerrarse en un punto que nunca había percibido. Había recibido no solo la sangre, sino la ligadura de una promesa: su voluntad estaba, de ahora en adelante, entrelazada con la de Zixuan, y la carga del deseo y la venganza pesaría en su conciencia como una balanza que ya no podía romperse.

Al salir de la sala, Yan y Zixuan intercambiaron una mirada que decía más que cualquier palabra: no era solo una muestra de afecto prohibido, era una alianza que, para sobrevivir, necesitaba de un silencio que nadie estaría listo para entender. Li Zhou, que los observaba desde la penumbra, dejó escapar una pequeña sonrisa que no era una sonrisa: era el reconocimiento de que el mundo había cambiado de manera irreversible y que la luna negra, en su aparición, había sellado un nuevo destino para una ciudad que ya no podría ignorar la oscuridad que la rodeaba.

Esa noche, en la penumbra de Shanghái, Yan se acurrucó junto a Zixuan y dejó que, por primera vez en mucho tiempo, la pregunta de qué era humano y qué no dejara de perseguirla. No era solo la venganza lo que les mantenía unidos; era la posibilidad de que, a través de un acto de sacrificio y confianza, pudieran construir algo que no necesitara ocultarse en las sombras para existir. Si la luna negra había convertido su sangre en una llave para abrir puertas selladas, entonces quizás, al menos por esa noche, habían encontrado un camino hacia la posibilidad de una vida más allá del miedo.

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