Amar puede ser tan grande para atravesar fronteras, incluso mundos. Pero el amor será tan fuerte para vencer profesias y guerra
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Capítulo VIII El Umbral
El Valle Gris ya no parecía un simple territorio neutral.
Las piedras antiguas vibraban con una energía profunda, casi orgánica. Los símbolos grabados en ellas brillaban ahora con una luz tenue, pulsante, sincronizada con el latido acelerado de Ariana.
La figura encapuchada permanecía inmóvil, como una sombra arrancada del tiempo.
Kael no soltaba su mano.
—No tienes que hacerlo —dijo en voz baja, solo para ella.
Ariana sentía el poder girar en su interior como una marea creciente. No era caos. Era dirección.
—Si no lo hago —respondió sin apartar la vista de los símbolos—, se abrirá sin control.
El Alfa del clan de la Roca gruñó suavemente.
—¿Abrirse a qué exactamente?
La figura respondió antes que Ariana pudiera hacerlo.
—A aquello que fue desterrado cuando la primera Heredera selló el portal.
Selene tensó la mandíbula.
—Habla claro.
La capucha se movió apenas.
—Sombras que no pertenecen a este mundo. Energía sin forma. Hambre sin cuerpo.
El silencio que siguió fue pesado.
Incluso Darius había perdido la sonrisa arrogante.
Ariana dio un paso al frente, soltando finalmente la mano de Kael.
El contacto se rompió, pero el vínculo no.
Lo sentía como un hilo invisible que la sostenía desde atrás.
—¿Qué debo hacer? —preguntó con firmeza.
La figura levantó lentamente ambas manos. El aire entre las piedras comenzó a condensarse, formando una especie de cortina translúcida. No era visible por completo, pero el espacio en el centro del círculo parecía distorsionarse.
Como calor sobre el asfalto.
—Debes completar el sello con tu voluntad —respondió la voz—. No con miedo. No con duda.
Ariana inhaló profundamente.
El viento comenzó a girar alrededor del círculo.
Los lobos retrocedieron unos pasos instintivamente.
Kael no.
Él avanzó.
Se colocó justo detrás de ella.
—No cruzarás sola —declaró con voz firme.
La figura giró levemente el rostro cubierto hacia él.
—El Alfa no puede atravesar el umbral.
Kael enseñó los dientes apenas.
—Inténtalo.
La marca en el cuello de Ariana ardió con más intensidad.
No dolor.
Reconocimiento.
—Kael —susurró ella sin mirarlo—. Si interfieres, podría romperse.
Él apretó la mandíbula.
Su instinto gritaba proteger.
Pero su confianza en ella era más fuerte que su miedo.
Lentamente, retrocedió un solo paso.
Pero no más.
Ariana avanzó hasta quedar exactamente en el centro del círculo.
El suelo bajo sus pies vibró suavemente.
Las líneas de energía que había visto durante su entrenamiento reaparecieron ante sus ojos, pero esta vez eran más densas. Más antiguas.
Y entonces lo vio.
El umbral.
No era una puerta física.
Era una grieta vertical en el aire, apenas visible, como una herida mal cerrada entre dos planos. De ella emanaba un frío distinto. No natural.
Un murmullo sutil emergía desde su interior.
No palabras.
Ansiedad.
Hambre.
Su corazón se aceleró.
El miedo intentó colarse en su pecho.
Pero recordó lo que la figura había dicho.
No con miedo.
Cerró los ojos.
Sintió la marca.
Sintió su sangre.
Sintió el vínculo con Kael, firme como roca detrás de ella.
Y dejó de resistirse.
La energía no explotó.
Fluyó.
Desde su pecho hacia sus brazos.
Desde su cuello hacia el aire.
La marca brilló con luz dorada y plateada al mismo tiempo.
Las piedras respondieron.
Los símbolos se encendieron en secuencia.
El umbral vibró con mayor violencia.
Un sonido agudo atravesó el valle, como si algo del otro lado reaccionara a su presencia.
Y entonces lo escuchó claramente.
Una voz distinta.
No la de la guardiana.
Otra.
Más profunda.
Más antigua.
—Sangre lunar… ábrenos.
Los lobos gruñeron con inquietud.
Selene dio un paso instintivo hacia Ariana.
Kael tensó cada músculo.
—¡No escuches eso! —ordenó con fuerza.
Ariana sintió el tirón.
La invitación.
No era seductora.
Era manipuladora.
La grieta se ensanchó apenas un centímetro.
El frío aumentó.
Su respiración se volvió irregular.
Por un segundo, la duda se filtró.
¿Y si no podía contenerlo?
La energía vaciló.
El brillo de las piedras parpadeó.
La figura encapuchada habló con mayor firmeza.
—La Heredera no es puerta. Es sello.
Las palabras atravesaron la niebla en la mente de Ariana.
Sello.
No acceso.
Ancla.
Abrió los ojos.
Y miró directamente la grieta.
—No te pertenezco —susurró.
La energía en su cuerpo respondió con fuerza renovada.
No desde el miedo.
Desde la elección.
Extendió ambas manos hacia el umbral.
No para tocarlo.
Sino para marcarlo.
La luz brotó desde su piel en una onda expansiva controlada.
Las piedras del círculo brillaron con intensidad cegadora.
Los símbolos se elevaron del suelo, flotando alrededor de ella como un mandala viviente.
El umbral emitió un sonido agudo, casi un grito distorsionado.
Intentó expandirse.
Pero la energía de Ariana se entrelazó como cadenas de luz.
Sellando.
Conteniendo.
Reforzando.
El frío comenzó a retroceder.
La grieta se estrechó.
El murmullo se convirtió en eco lejano.
Y con un último pulso brillante, el umbral se cerró.
El silencio que siguió fue absoluto.
Las piedras dejaron de brillar.
El viento cayó.
La figura encapuchada bajó lentamente las manos.
Ariana permaneció de pie unos segundos más.
Luego sus rodillas cedieron.
Kael la sostuvo antes de que tocara el suelo.
La atrajo contra su pecho con fuerza casi desesperada.
—Estoy aquí —murmuró contra su cabello.
Ella respiraba con dificultad, pero estaba consciente.
—Se cerró —susurró.
El anciano lobo cayó de rodillas, no por debilidad, sino por reverencia.
Los otros Alfas se miraron entre sí.
Darius fue el primero en hablar.
—No necesitamos guerra.
No era rendición.
Era reconocimiento.
La Alfa del Hielo asintió lentamente.
—Si el portal se abre, todos caemos.
El Alfa de la Roca inclinó la cabeza hacia Ariana.
—Has protegido más que tu territorio.
Kael levantó la mirada, aún sosteniéndola.
—Entonces retiren sus ejércitos.
Nadie discutió.
Porque todos habían sentido lo mismo.
La amenaza real no era ella.
Era lo que había intentado cruzar.
La figura encapuchada comenzó a desvanecerse, como humo arrastrado por el viento.
Antes de desaparecer por completo, habló una última vez:
—El primer sello está reforzado.
Pero el ciclo no ha terminado.
Ariana cerró los ojos.
Agotada.
Pero viva.
Y con la certeza clara vibrando en su sangre:
Aquello no había sido el final.
Solo había sido el comienzo.
Porque si existía un primer sello…
Significaba que había más.
Y la luna aún no había mostrado todo su poder.