Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 24: cenizas y confesiones
—Val, invité a Damián. Ricardo sabe que vendrá, pero... bueno, técnicamente es una cita doble —me dijo con una sonrisa traviesa—. Necesitamos un respiro de abogados y tipos de traje gris.
Cuando sonó el timbre, mi corazón dio un vuelco. No importaba cuántas veces viera a Ricardo, la reacción de mi cuerpo siempre era la misma: una descarga eléctrica que me recorría la columna. Al abrir la puerta, allí estaba él, llenando el marco con su presencia imponente. Vestía unos vaqueros oscuros y una camisa negra remangada que dejaba a la vista sus antebrazos poderosos. Detrás de él, Damián, su amigo de confianza y confidente de tantas batallas, traía una sonrisa de oreja a oreja.
—Valentina- murmuró Ricardo, ignorando por un segundo a los demás para tomar mi nuca y darme un beso que supo a posesión y a hambre contenida—. Estás preciosa.
La cena transcurrió entre risas y el choque de las copas. Era extraño ver a Ricardo en mi modesto comedor, su figura de gigante contrastando con las sillas de madera sencilla. Pero se veía relajado, su mano nunca soltando la mía por debajo de la mesa, sus dedos trazando círculos lentos en mi muslo, manteniéndome al borde de la distracción.
Damián, que siempre había sido el contrapunto ligero de la intensidad de Ricardo, aprovechó el tercer brindis para soltar el veneno.
—¿Recuerdas, Ricardo, aquella tarde en el club después de la primera vez que viste a Valentina? —preguntó Damián, guiñándole un ojo a Verónica—. Me preguntaste por ella con una cara de póker impresionante, tratando de parecer el CEO desinteresado. "Damián, ¿quién es la pelo largo de la reunion que no baja la mirada?".
Ricardo soltó una carcajada ronca, algo poco común en él, y negó con la cabeza mientras le daba un trago a su vino.
—No sabía en qué me estaba metiendo —admitió Ricardo, mirándome con una intensidad que me hizo arder—. Pensé que sería una curiosidad pasajera. No sabía que esta "pelo negro" terminaría siendo la dueña de mis tierras y de mi cordura.
—¡Casi me doblas el brazo cuando te dije que era intocable! —bromeó Damián—. Estabas tan obsesionado que dabas miedo, hermano. Quién te viera ahora, aquí sentado, comiendo pollo asado y dejando que ella te mande con la mirada.
—No me manda —replicó Ricardo, su voz bajando a ese tono de seda oscura que usaba cuando quería marcar territorio—, me rindo ante ella. Es muy distinto.
La tensión entre Verónica y Damián era evidente, una chispa que prometía su propio incendio, pero para Ricardo y para mí, el aire se estaba volviendo irrespirable por otras razones. Cada roce accidental de nuestras rodillas, cada vez que sus labios rozaban mi oído para comentar algo, la "llama" de la que tanto hablábamos amenazaba con consumir el apartamento.
Cuando la cena terminó y Damián se llevó a Verónica a la terraza para ver las luces de la ciudad, Ricardo me arrinconó contra la encimera de la cocina. El contraste entre la calidez del hogar y la ferocidad de su deseo era embriagante.
—Tu hermana tuvo una excelente idea —susurró, pegando su cuerpo al mío, atrapándome entre el mármol y su pecho macizo—. Pero ver a Damián recordándome lo mucho que te deseaba desde el primer segundo solo ha hecho que quiera arrancarte ese vestido ahora mismo.
—Ricardo, están ahí fuera —dije, aunque mis manos ya estaban desabotonando su camisa, ansiosas por tocar la piel caliente de su abdomen.
—No me importa —respondió él, alzándome para sentarme en la encimera, justo como en el ático, pero con el peligro de ser descubiertos añadiendo una capa de morbo irresistible—. Me preguntaste una vez si esto se apagaría con la rutina. Aquí tienes tu respuesta.
Me tomó de los muslos, abriendo mis piernas para encajarse entre ellas. El beso fue profundo, una lucha de lenguas y aliento que me dejó sin aire. Sus manos, expertas en encontrar mis puntos de quiebre, se deslizaron bajo mi falda. No había espacio para la sutileza. Ricardo necesitaba reclamarme después de tantas horas de fingir ser un invitado civilizado.
Sintió mi humedad contra sus dedos y soltó un gruñido de satisfacción.
—Estás empapada por mí, Isabela. Incluso con tu familia a diez metros. Eres tan pecaminosa como yo.
—Es tu culpa —jadeé, echando la cabeza hacia atrás mientras él encontraba el ritmo exacto que me hacía delirar—. Me acostumbraste a este fuego.
Logramos recomponernos justo antes de que Verónica y Damián regresaran, pero nuestras miradas delataban el incendio. Ricardo se despidió de ellas con la elegancia de un caballero, pero al llegar a la puerta, me atrajo hacia él para un último susurro.
—Mañana volvemos a la guerra, dueña de las 22 hectáreas. Pero esta noche... esta noche la guerra se traslada a mi cama. Te espero en el coche en diez minutos. No hagas que el león pierda la paciencia.
Damián le dio una palmada en el hombro, riendo.
—¡Suerte con el "desinterés pasajero", Ricardo!
Mientras los veía alejarse, supe que nuestra relación nunca sería aburrida. Entre las demandas legales, las amenazas de los De la Torre y los secretos familiares, el fuego entre Ricardo y yo era lo único real, lo único que nos mantenía vivos en medio del caos.
La cita doble había sido un éxito, pero la verdadera noche apenas estaba comenzando en el asfalto húmedo de la ciudad.
El trayecto en el coche de Ricardo fue un preludio silencioso y cargado de electricidad. Damián y Verónica se habían quedado atrás, pero el eco de las bromas de su amigo seguía flotando en el aire. Ricardo conducía con una mano en el volante y la otra firmemente anclada en mi muslo, apretando de vez en cuando como si necesitara recordarse a sí mismo que yo era real, que no era solo un trofeo de guerra, sino su centro de gravedad.
—¿A dónde vamos, Ricardo? Este no es el camino al ático —pregunté, observando cómo las luces de la ciudad empezaban a desvanecerse para dar paso a la oscuridad de la carretera de la costa.
—Damián tiene razón en algo, Isabela —respondió él, su voz vibrando en la penumbra del habitáculo—. Desde que te vi, no he podido pensar con claridad. Y en esta ciudad, hay demasiados ojos. Necesito que seas solo mía por unas horas, sin que el apellido Valmont o las 22 hectáreas se interpongan.