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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — El primer hueco

La noche no avanzaba.

Valeria lo sabía porque el cursor seguía parpadeando en el mismo sitio, porque los mensajes en el teléfono seguían sin respuesta, porque las tres páginas del manuscrito seguían ahí, abiertas en la pantalla, igual que hacía tres horas. O cuatro. O cinco.

Había perdido la cuenta.

La luz del monitor le iluminaba la cara, creando sombras profundas bajo sus ojos. Llevaba tanto tiempo sin moverse que los músculos del cuello le dolían, pero cada vez que intentaba apartar la mirada, las palabras la retenían.

Alguien viene. Alguien que te contará una historia.

El peligro es quien cree que salvar el mundo significa sacrificarte.

No dejes que te convenzan de que tienes miedo de lo equivocado.

Las leyó otra vez. Y otra. Buscando algo concreto. Un nombre. Una cara. Una pista que le dijera quién era ese alguien que venía.

No encontró nada.

Solo la advertencia. Solo un “alguien” sin rostro.

El teléfono seguía sobre la mesa, boca abajo. Lo cogió. Abrió los mensajes.

Necesito hablar contigo. No soy una amenaza. Pero lo que viene sí lo es.

No tengas miedo. Pero prepárate.

—Cualquiera puede decir que no es una amenaza —susurró.

Su voz sonó extraña en el silencio del apartamento.

Dejó el teléfono. Volvió a la pantalla. El cursor parpadeaba al final de la tercera página, como esperando.

La marca bajo su clavícula pulsó. Una vez. Lenta. No era urgencia. Era un sigo aquí. Una vigilia.

Valeria apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo pasó así. A veces abría los ojos y el cursor seguía ahí. A veces los cerraba y veía fragmentos de sueños que se deshacían antes de formarse. En algún momento dejó de distinguir entre vigilia y duermevela.

Cuando por fin la luz cambió, cuando un cono pálido empezó a alargarse sobre el suelo del salón, supo que había atravesado la noche entera.

La primera claridad del día.

Se enderezó. El cuello protestó. Los ojos le ardían de tanto mirar pantallas.

El teléfono seguía ahí. Los mensajes seguían sin respuesta.

Necesitaba un ancla. Algo indiscutiblemente suyo. Algo normal que la sacara de la espiral.

Abrió la carpeta de fotos.

Buscaba imágenes que conocía de memoria: el jardín de la casa donde creció, con esa maceta roja que siempre se olvidaban de regar; la bicicleta verde, su primera bicicleta, la que aprendió a montar con las rodillas llenas de cardenales; su madre en la playa, con el pelo revuelto por el viento y esa sonrisa que solo aparecía en vacaciones; el perro, ese perro grande que la seguía a todas partes.

La primera foto cargó.

El jardín estaba ahí. La maceta roja también.

Pero la cara de su madre era un borrón.

No un error técnico. No un problema de enfoque. Un vacío. Como si alguien hubiera difuminado sus rasgos deliberadamente, dejando solo un óvalo gris donde deberían estar los ojos, la nariz, la boca.

Valeria parpadeó.

Cerró la foto. Abrió la siguiente.

Su madre en la playa. El pelo revuelto por el viento.

El mismo borrón.

Idéntico.

Pasó a la siguiente. La bicicleta verde, apoyada contra la fachada de una casa que reconoció. La calle. La placa con el nombre.

La placa estaba vacía.

Un rectángulo gris donde debería haber letras.

El nombre de la calle donde había vivido hasta los dieciocho años. La dirección que sabía de memoria. El lugar al que había vuelto en sueños cientos de veces.

Vacío.

La siguiente foto.

El perro.

Recordaba el tacto de su pelo, áspero pero suave a la vez. Recordaba el ruido de sus uñas contra el suelo cuando corría por el pasillo. Recordaba su olor después de mojarse, la forma en que movía la cola cuando ella llegaba a casa, la calidez de su lengua en la mano.

Pero el nombre…

El nombre no estaba.

Lo buscó en su cabeza. En los recovecos de la memoria. En ese lugar donde deberían estar los datos más básicos.

Nada.

Un agujero negro donde antes había una palabra.

—No —susurró.

Cerró la carpeta.

La abrió otra vez.

Las mismas fotos. Los mismos borrones. El mismo vacío.

El pánico empezó a crecer. No era sueño. No era cansancio. Era otra cosa. Algo que tenía forma de pérdida y que se estaba llevando pedazos de ella sin pedir permiso.

Se levantó. Dio dos pasos y se detuvo. Las piernas le temblaban. El corazón le golpeaba el pecho con una urgencia que no entendía.

Volvió a sentarse.

Abrió un documento nuevo.

Las manos le temblaban sobre el teclado.

Escribió:

Cosas que no recuerdo.

El cursor parpadeó. Ella esperó. Las palabras vinieron solas.

—La cara de mi madre en las fotos.

—El nombre de la calle donde crecí.

—El nombre del perro.

—El nombre de mi profesora de literatura de secundaria.

—El sabor de las galletas que hacía mi abuela.

Cinco ítems.

Cinco puñaladas.

Miraba la lista y sentía que cada línea era una pequeña muerte. Pero, debajo del dolor, algo más empezaba a moverse. Una intuición. Como si alguien estuviera recogiendo lo que ella perdía, guardándolo en un lugar al que ella no podía acceder.

No sabía de dónde venía esa sensación. No podía explicarla. Pero estaba ahí.

Volvió a las páginas del manuscrito.

Las tres de la advertencia.

Las releyó despacio, buscando otra cosa. No una pista sobre el “alguien” que venía. Algo más.

Y entonces lo vio.

El cursor se movió solo.

Frente a sus ojos, letra por letra, una línea nueva comenzó a aparecer en la pantalla, justo debajo de la última advertencia.

Cada verdad tiene un costo. Pero todo lo que pierdas, yo lo guardo.

La marca pulsó. Fuerte. Como un latido que no era el suyo.

Valeria leyó la frase una vez. Dos veces. Tres.

Él lo sabía.

El manuscrito lo sabía antes que ella.

Antes de que ella misma descubriera los huecos. Antes de que abriera la carpeta de fotos. Antes de que la lista existiera.

Lo sabía.

Y ahora se lo decía.

Pasó los dedos sobre la pantalla, como si pudiera tocar las palabras. Como si, a través de ellas, pudiera llegar a él.

—¿Tú los guardas? —susurró—. ¿Los recuerdos que pierdo… tú los guardas?

Silencio.

Pero la marca pulsó otra vez. Más fuerte. Como una respuesta.

Como un sí, yo los guardo.

No entendía cómo. No entendía por qué. Pero algo en su pecho se aflojó. No era alivio. No era consuelo. Era otra cosa: la certeza de que no estaba perdiéndolos en la nada. De que había alguien al otro lado, recogiéndolos.

Miró la lista otra vez. Los cinco vacíos. Y no supo qué hacer con esa certeza.

Apoyó la cabeza en las manos. No lloró. No podía. O quizás sí podía, pero había algo más importante que hacer. Algo que llevaba toda la noche esperando.

El teléfono sonó.

Las doce y diecisiete. El mismo número.

Valeria lo miró. La pantalla iluminada vibrando sobre la mesa. El número desconocido. Los mensajes sin responder. La advertencia del manuscrito.

Recordó las palabras:

Alguien viene.

Quizá ese era ese alguien.

Contestó.

—¿Sí?

Silencio al otro lado. Denso. Como si la llamada tuviera que atravesar algo antes de llegar.

Luego, una voz.

No era la de él. No era esa voz grave que conocía de los sueños. Era más joven. Más terrenal. Pero había algo en ella, una gravedad, que no pertenecía a este mundo.

—Te dije que no soy una amenaza.

La voz era tranquila. Medida. Como quien ha ensayado lo que va a decir.

—Pero lo que viene sí. Y ya está aquí. Mira por la ventana.

La llamada se cortó.

Valeria se quedó un segundo con el teléfono en la mano, pegado a la oreja, escuchando el silencio del otro lado.

Luego se levantó.

Afuera, la luz ya no era la del amanecer. Las horas habían pasado sin que ella las sintiera. Ahora el sol caía vertical y las sombras eran cortas, densas, de mediodía.

Fue al salón.

Las cortinas estaban echadas, pero la luz se colaba por los bordes. Apartó la tela con dos dedos. Solo lo justo para ver.

En la acera de enfrente, apoyado contra la farola de siempre, un hombre la miraba fijamente.

Pelo oscuro. Ropa normal. Postura de espera.

No sonreía. No saludaba. No hacía nada.

Solo miraba.

Directo a la ventana. Directo a ella.

La marca ardió.

No fue la pulsación cálida de él. No fue el ardor incómodo que sentía con Leo cuando estaba cerca.

Fue otra cosa.

Un ardor seco. Urgente. Como si la piel fuera una alarma y alguien hubiera pulsado el botón.

Nunca había sentido eso. Ni con él. Ni con Leo. Era nuevo. Y eso, quizá, era lo más aterrador.

Valeria no se movió.

El hombre tampoco.

Se quedaron así, mirándose a través de la calle, a través del tráfico que pasaba, a través de la distancia.

Era él. El del teléfono. El de los mensajes. El que decía no ser una amenaza.

Estaba aquí.

La marca siguió ardiendo. Seca. Urgente.

Valeria apretó el teléfono en la mano. Sintió el calor de la batería contra la palma.

El hombre no se movió.

Ella tampoco.

No sabía quién era. No sabía qué quería. No sabía por qué la miraba así.

Pero algo en su interior, algo más antiguo que la razón, le dijo que pronto lo sabría.

Y que nada, nada volvería a ser igual.

La marca ardió una última vez. Larga. Sostenida.

Como un aviso.

Como un ya está aquí.

Valeria se quedó quieta, mirando al hombre de la farola, con el teléfono aún caliente en la mano, con la marca grabando fuego en su piel, con la certeza helada de que la advertencia del manuscrito no era una metáfora.

El alguien había llegado.

Y solo estaba mirando.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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