Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
NovelToon tiene autorización de Lolo95 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El cerco
La noche no me dio tregua.
Dormí a intervalos, despertando con la sensación de que alguien observaba desde el otro lado de la puerta. No era paranoia; era memoria. El cuerpo recuerda antes que la mente cuando ya ha sobrevivido a una muerte.
Al amanecer, revisé el teléfono. Ningún mensaje nuevo. Isabella había lanzado la advertencia y ahora guardaba silencio. Eso era lo más inquietante: Isabella nunca se quedaba quieta.
Me preparé con cuidado. Ropa sencilla, cabello recogido, maquillaje mínimo. Emilia Cruz no debía llamar la atención. Emilia Cruz debía pasar. Antes de salir, revisé por la mirilla. El pasillo estaba vacío. Aun así, bajé por las escaleras y no por el elevador. Precaución no era miedo; era disciplina.
En la calle, lo sentí.
Un paso detrás del mío.
Una pausa cuando yo me detenía.
Una sombra que no se adelantaba.
No miré atrás.
Entré a una farmacia, recorrí dos pasillos y salí por otra puerta. Crucé la calle con el semáforo en rojo. El reflejo en el vidrio de un coche me confirmó lo que ya sabía: me estaban siguiendo. Un hombre, gorra oscura, distancia medida. Profesional.
—Bien —murmuré—. Ya empezamos.
Llegué a la fundación con el pulso firme. Si Isabella quería observarme, no iba a encontrar nervios. Pasé la mañana entre reuniones y correos, jugando el papel con precisión. Lucía se acercó a mí al mediodía.
—Hay un tipo afuera —susurró—. Lleva horas.
—Lo sé —respondí—. No hagas nada.
—Emilia…
—Déjalo —repetí—. Que mire.
Porque si Isabella creía que podía intimidarme, estaba cometiendo su primer error serio.
A unas calles de ahí, Adrián no había dormido tampoco.
Tenía la mesa cubierta de papeles, fotografías y un archivo abierto en la computadora. El informe médico final del accidente estaba marcado con notas rojas. Una fecha no coincidía. Un traslado figuraba dos veces. Y había un nombre que no encajaba con ninguno de los registros oficiales.
Lucía Álvarez.
—No puede ser casualidad —murmuró.
Marcó un número.
—Necesito hablar contigo —dijo cuando atendieron—. Hoy. Y necesito que seas honesta.
Colgó y se recostó en la silla, pasándose una mano por el rostro. El rompecabezas empezaba a mostrar una imagen que le helaba la sangre… y le devolvía el aire al mismo tiempo.
Por la tarde, Isabella apareció en la fundación.
No anunció su llegada. No la necesitaba. Caminó directo hacia mi escritorio con una sonrisa impecable y los ojos fríos.
—Emilia —dijo—. ¿Tienes un momento?
—Claro —respondí—. ¿Aquí o prefieres la sala?
Eligió la sala.
Cerró la puerta con suavidad y se giró hacia mí.
—No me gusta que me mientan —dijo, sin rodeos.
—A nadie le gusta —respondí.
—Tampoco me gusta que Adrián se involucre con personas… inestables.
La miré sin pestañear.
—¿Inestables?
—Personas con vacíos —aclaró—. Gente que aparece de la nada. Historias limpias. Demasiado limpias.
—Eso suena más a sospecha que a prueba —dije.
Isabella dio un paso hacia mí.
—No necesito pruebas para proteger lo que es mío.
—Entonces estamos en un desacuerdo —respondí—. Yo no pertenezco a nadie.
Sus labios se tensaron.
—Te aconsejo que mantengas distancia de Adrián.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un favor —dijo—. Uno que no repetiré.
Sostuvimos la mirada. No retrocedí. No sonreí. No me disculpé.
—Tomaré en cuenta tu consejo —dije al fin.
Isabella asintió, satisfecha… por ahora.
—Bien —respondió—. Nos veremos pronto.
Cuando salió, dejé escapar el aire despacio. El cerco se cerraba, pero aún tenía espacio para moverme. La clave era el tiempo.
Esa noche, Adrián me escribió.
Adrián: Necesito verte. Encontré algo. Es importante.
Leí el mensaje una vez. Luego otra.
Emilia: ¿Dónde?
La respuesta llegó de inmediato.
Adrián: En mi departamento. Ahora.
Cerré los ojos. Si iba, el riesgo aumentaba. Si no iba, la verdad seguiría creciendo sin mí. Tomé el abrigo y salí.
En el trayecto, el mismo coche apareció dos veces en los espejos. Cambié de ruta. Lo perdí. Llegué.
Adrián abrió la puerta antes de que tocara.
—Gracias por venir —dijo.
—¿Qué encontraste? —pregunté, sin rodeos.
Me llevó a la mesa. Señaló el archivo en la pantalla y una fotografía impresa al lado.
—Encontré a la mujer que firmó un traslado que no debía existir —dijo—. Y la vi hoy.
Mi estómago se contrajo.
—¿A quién?
Me miró, con el rostro tenso.
—A Lucía. La misma que trabaja contigo.
El silencio cayó como un golpe.
—Adrián… —empecé.
—No te estoy acusando —me interrumpió—. Pero necesito que me digas una cosa.
Me sostuvo la mirada. Firme. Suplicante.
—¿Estoy siguiendo un fantasma… o estoy más cerca de la verdad de lo que nadie quiere?
El corazón me latía con fuerza.
Porque por primera vez, la verdad estaba a un paso.
Y si daba ese paso… nada volvería a ser igual.