"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 1: El eco de un espejo roto
El olor a tierra húmeda y la promesa de un descubrimiento eran mi verdadero perfume. Kang Yoona, historiadora de formación, detective de ruinas por vocación, con la suerte de tener una beca que me permitía revolcarme en el lodo con guantes de látex y una sonrisa. Mis amigos de la universidad, los pocos que aguantaban mis monólogos sobre las dinámicas de poder en Goryeo o la arquitectura de Joseon, me apodaban "La Topo" por mi tendencia a desaparecer en excavaciones. Y la de hoy, en los terrenos de lo que alguna vez fue el Palacio de la Luna Inclinada, en las afueras de la actual Seúl, prometía ser una de mis mejores inmersiones.
Llevábamos tres semanas excavando el área de los antiguos jardines, que la leyenda decía haber sido el lugar de reposo final de la Dama Real Hyejin, una figura de misterio y tragedia que vivió bajo el reinado del infame Jeon Youngjae. El rey… ah, el rey Youngjae. El tirano de los libros, el monarca que sumió a Joseon en su era más oscura, un hombre cuya biografía se leía como un tratado sobre la paranoia y la crueldad. Su reinado fue un punto de inflexión, una mancha sangrienta en los anales de la historia. Cada vez que escuchaba su nombre, me imaginaba una estatua oscura, imponente, con una mirada tan helada como la hoja de una guillotina.
—Yoona, ¿encontraste algo más allá de tu imaginación desbordante? —La voz de mi profesor, el Dr. Kim, me sacó de mis elucubraciones sobre tiranos históricos. Él siempre se reía de mi afición por "humanizar" a los personajes históricos.
—Algo mejor, profesor —contesté, levantando con cuidado un fragmento de cerámica esmaltada que prometía un patrón de loto—. Un indicio de un jarrón de ofrendas. Estamos cerca de la zona de rituales que mencionan los textos antiguos.
El Dr. Kim asintió, su rostro surcado por la misma emoción silenciosa que me animaba. Había algo mágico en desenterrar el pasado, en tocar objetos que habían sido tocados por manos hace siglos, en sentir un eco de sus vidas. Era como ser una médium, pero con paletas y cepillos en lugar de bolas de cristal.
La tarde se extendía, dorando las ruinas con una luz amable. Mis músculos protestaban, pero mi mente estaba en pleno vuelo. Estábamos explorando el lecho seco de lo que pudo haber sido un pequeño estanque ceremonial. La excavación era lenta, meticulosa. Cada palada de tierra era una lectura cuidadosa, una búsqueda de un signo, un artefacto.
Fue entonces cuando mis dedos, ya callosos por el trabajo, rozaron algo duro y frío, diferente a la piedra o la cerámica. Con una paleta pequeña, comencé a despejar la tierra con la delicadeza de una cirujana. Poco a poco, una forma redonda y pesada emergió. No era una simple roca.
—¡Profesor! —Mi voz sonó con una urgencia que no pude contener.
Él se acercó rápidamente, y sus ojos se abrieron con sorpresa. Lo que había desenterrado era un espejo de bronce. No uno cualquiera, sino uno antiguo, de forma circular, con un borde finamente decorado con motivos que parecían dragones entrelazados. Su superficie estaba corroída y opaca, pero el reverso era lo que me fascinaba: un patrón intrincado de caracteres que no lograba identificar del todo. Se sentía antiguo, realmente antiguo, quizás incluso de Goryeo, un periodo anterior a Joseon. Un artefacto así, encontrado en un palacio de Joseon, era un enigma en sí mismo.
Lo levanté con extremo cuidado, mis guantes impidiendo el contacto directo. Una corriente extraña, casi eléctrica, me recorrió los brazos. El espejo era frío, pero a la vez, irradiaba una energía que me hacía erizar los vellos de la nuca. Era pequeño, cabía en la palma de mi mano, pero su peso era considerable.
—Un espejo de bronce de Goryeo… aquí… —murmuró el Dr. Kim, con los ojos brillando. Era un hallazgo extraordinario.
El sol, que ya empezaba a descender, lanzaba sus últimos rayos dorados sobre el lugar. Mientras giraba el espejo para examinar mejor los caracteres en el reverso, un rayo de luz encontró una minúscula fisura que apenas se veía en la superficie pulida, pero oxidada. Era como un cabello, una línea invisible que no había notado.
Y luego, todo sucedió demasiado rápido.
La fisura brilló. No fue un brillo normal, sino uno que pulsó con una luz esmeralda que parecía vibrar con un sonido que solo yo podía escuchar, un zumbido agudo que taladró mis oídos. El aire alrededor del espejo se calentó de golpe, la tierra bajo mis pies vibró. Solté un grito ahogado y el espejo se me resbaló de las manos.
No cayó al suelo.
En lugar de eso, se quedó suspendido en el aire frente a mí, girando. La luz esmeralda se intensificó, creando una especie de espiral brillante que comenzó a succionar todo a su alrededor. Las hojas secas, los granos de tierra, incluso el aire mismo. Mis ojos se abrieron de par en par, incapaz de entender lo que estaba pasando. El zumbido se convirtió en un rugido ensordecedor que me golpeó el pecho.
Mis compañeros gritaron, sus voces ahogadas por el torbellino de luz. Sentí como si una mano invisible me estuviera jalando con una fuerza brutal hacia el centro de la espiral. Intenté resistir, aferrarme a la tierra, pero fue inútil. Mis pies se levantaron del suelo. El grito del Dr. Kim, su rostro pálido y horrorizado, fue lo último que escuché antes de que la luz esmeralda me engullera por completo.
La sensación fue indescriptible. Era como ser arrastrada a través de un túnel de viento helado, con imágenes fragmentadas parpadeando a mi alrededor: rostros antiguos, paisajes desconocidos, fragmentos de arquitectura que solo había visto en grabados. Un torbellino de tiempo y espacio que me retorció, me apretó, me estiró. No había arriba ni abajo, solo la furia de un viaje incomprensible.
De repente, con la misma brusquedad con la que había comenzado, todo se detuvo.
El zumbido cesó. La luz esmeralda se disipó como humo.
Caí. No sobre la tierra blanda de la excavación, sino sobre una superficie dura, un suelo de tierra apisonada y piedras. El impacto me arrancó el aliento. Tosí, abriendo los ojos con dificultad, el cuerpo dolorido y la mente en shock.
El olor… era diferente. No era el aroma a tierra húmeda con el que estaba familiarizada. Era un olor a madera quemada, a incienso antiguo, a algo dulzón y desconocido.
Mis oídos seguían pitando, pero a través de la confusión, empecé a escuchar. Voces. No el coreano moderno, sino un dialecto más antiguo, formal, con cadencias que reconocía de mis estudios, pero que nunca había oído hablar en la vida real.
Me levanté a duras penas, mis manos temblorosas. Levanté la vista y lo que vi hizo que el aire se me congelara en los pulmones.
Ya no estaba en el Palacio de la Luna Inclinada.
Ya no estaba en el siglo XXI.
A mi alrededor se alzaban muros de piedra, techos de tejas tradicionales, edificios de madera oscura que parecían sacados directamente de una pintura paisajística de la dinastía Joseon. El horizonte estaba salpicado de árboles frondosos y, a lo lejos, las siluetas de montañas. No había rascacielos, ni coches, ni un solo signo de la modernidad.
El espejo. Ese maldito espejo de bronce.
Mi mirada se posó en el lugar donde había caído. Un jardín. Pero no cualquier jardín. Este era meticuloso, con caminos de grava, pequeños estanques de loto y rocas ornamentales dispuestas con una precisión estética que solo los jardines reales poseían.
El pánico empezó a crecer en mi pecho, frío y punzante. Mi cerebro, que normalmente funcionaba con la lógica de una historiadora, ahora solo emitía señales de alarma. ¿Esto era una broma? ¿Una alucinación?
Respiré hondo, tratando de procesar la irrealidad de la escena. Un palacio de Joseon. Eso significaba…
Mi atención se vio atraída por un muro bajo de piedra que se extendía a mi izquierda. Parecía una pared exterior, quizás de los aposentos privados. Sin pensarlo mucho, movida por una mezcla de curiosidad profesional y pura desesperación, me acerqué. Necesitaba ver qué había más allá, confirmar mis peores temores o encontrar alguna explicación.
Mis manos se aferraron a las tejas que coronaban el muro, mis pies encontraron apoyo en las piedras irregulares. Con un esfuerzo, me impulsé hacia arriba, mi corazón latiendo como un tambor de guerra en mi pecho. Asomé la cabeza por encima del muro, el cabello revuelto y la respiración entrecortada.
Y entonces lo vi.
Del otro lado, el jardín continuaba, pero era más abierto, con árboles majestuosos y un pequeño sendero. De pie, bajo la sombra de un cerezo antiguo, había un hombre.
Un hombre vestido con una túnica oscura de seda, su cabello largo y negro atado en una coleta alta con una banda de tela. Su piel era pálida, sus rasgos finos, casi cincelados. Y sus ojos… esos ojos eran como obsidianas pulidas, oscuros, intensos, con una profundidad que parecía contener siglos de historia.
Me miraba directamente.
No había sorpresa en su rostro, ni miedo. Solo una curiosidad tranquila, casi inexpresiva. Levantó una mano, sus dedos delgados y elegantes, y parecía examinar algo invisible en el aire, o quizás… miraba en mi dirección, hacia el punto exacto donde el sol de la tarde se filtraba entre las hojas.
Mi corazón dio un vuelco.
Era él. Lo sabía. Lo sentía en mis huesos, en el eco de todos los libros que había leído. Esa postura. Esa aura de poder y aislamiento.
El Rey Jeon Youngjae.
El tirano. El monstruo de los libros de historia.
Y yo… yo estaba asomada en su jardín, con mi ropa moderna de estudiante, mis guantes de látex y mi paleta de arqueóloga, como una intrusa surgida de la nada.
El espejo roto. Los ecos del pasado.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas. La realidad me golpeó con la fuerza de un tsunami. No era una excavación. No era una simulación. Había viajado en el tiempo. Y estaba frente al hombre más peligroso de la dinastía Joseon.
En mi mente, una sola frase resonó, clara y aterradora: su reinado terminó en una rebelión sangrienta.
Y lo peor de todo: yo sabía cuándo iba a morir.
Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Este no era un libro de historia. Era mi nueva, y probablemente muy corta, realidad.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞