Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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12. ¿Y si intentamos recordarlo?
El agua fría seguía cayendo sobre ellos, pero el calor de sus cuerpos se negaba a disiparse. Lucio respiró hondo, su pecho aún pegado a la espalda de Estrella, sus dedos trazando círculos lentos sobre su cadera, como si temiera que, al soltarla, ella desapareciera. El chorro helado había logrado apagar el fuego más urgente, pero no el latido sordo que persistía entre los dos, ese eco de algo más profundo que el simple deseo.
Estrella cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo contra el de él, la dureza de sus músculos aún tensa bajo su piel. No había palabras. O quizá había demasiadas, ahogadas bajo el ruido del agua y el jadeo entrecortado que aún les escapaba. Pero esta vez, en lugar de apartarse, como había hecho antes, se quedó quieta, dejando que sus dedos se entrelazaran con los de Lucio cuando él los llevó hacia adelante, cubriendo su vientre con su mano. Era un gesto posesivo, sí, pero también protector. Como si supiera que ella necesitaba ese gesto.
- “¿Y ahora qué?”, murmuró ella, con su voz apenas audible sobre el sonido del agua.
No era una pregunta retórica. Lo decía en serio. Porque después de esto, después de cómo sus cuerpos se habían movido juntos, después de cómo su piel ardía donde él la había marcado, no podía seguir fingiendo que esto era solo un error. Un desliz. Algo que podía borrarse con una ducha fría.
Lucio no respondió de inmediato. En lugar de eso, giró el grifo, cortando el flujo de agua, y el silencio repentino fue casi ensordecedor. Solo quedaban sus respiraciones, el goteo de los últimos chorros resbalando por sus cuerpos.
Cuando él la giró hacia él. Sus ojos se encontraron, Estrella no vio lujuria desbordada en la mirada de Lucio. Había algo más. Algo que se parecía peligrosamente a la vulnerabilidad.
- “No lo sé”, admitió él, su voz ronca, como si las palabras le costaran.
Sus manos subieron, enmarcando el rostro de ella, sus pulgares rozando los pómulos enrojecidos.
- “Pero no puedo… no puedo seguir así. Contigo tan cerca y al mismo tiempo tan lejos”, confesó Lucio.
Estrella tragó saliva. Sus dedos se posaron sobre los de él, no para apartarlos, sino para sentir el peso de ese contacto. Era extraño. Todo en ella gritaba que esto era una locura, que no podía confiar en un hombre del que no recordaba nada, y sin embargo su cuerpo lo reconocía. Cada vez que él la tocaba, era como si una parte de ella susurrara, ahí está. Como si su piel guardara memorias que su mente había perdido.
- “¿Y si intentamos recordarlo?”, preguntó Estrella, las palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas.
No era una propuesta meditada. Era un impulso, nacido de ese lugar profundo donde el instinto superaba a la razón.
- “Para entender. Para ver si esto (señaló el espacio entre ellos, donde el aire aún vibraba con la electricidad de lo que acababan de hacer) es real. O solo es el eco de algo que ya no existe”, continuó Estrella.
Lucio contuvo el aliento. Sus dedos se tensaron levemente contra su rostro, como si temiera que ella se arrepintiera de lo dicho.
- “¿En serio?”, preguntó él y su voz era un hilo tenso, cargado de algo que Estrella no podía nombrar. Esperanza, quizá. O miedo a que ella cambiara de opinión.
Ella asintió, lenta, pero firme.
- “No puedo prometerte que recordaré todo. O que… (hizo una pausa, buscando las palabras) que lo que sienta sea suficiente. Pero quiero intentarlo. Porque esto (sus labios se curvaron en una sonrisa) esto que hacemos cada vez que estamos juntos no es solo sexo, Lucio. Y ambos lo sabemos”, expresó Estrella.
Él no respondió con palabras. En lugar de eso, la atrajo hacia sí, pero esta vez no fue un movimiento urgente y desesperado, fue lento y consciente.
Sus labios rozaron los de ella, apenas un suspiro, antes de separarse de nuevo. Como si supiera que, si la besaba ahora, todo se convertiría en eso otra vez en manos ávidas, en pieles resbaladizas, en gemidos ahogados contra la pared. Y esta vez, eso no era lo que ella estaba pidiendo.
- “Está bien, pero con una condición”, aceptó Lucio, finalmente. Su voz sonó áspera, como si llevara años sin usarla.
Estrella arqueó una ceja, aunque no se apartó.
- “Si algo te asusta, o te confunde, o te hace dudar me lo dices. Y yo haré lo mismo”, dijo Lucio.
Ella exhaló, sintiendo el peso de esa promesa. Porque era fácil decirlo ahora, cuando sus cuerpos aún estaban calientes y el mundo fuera de ese baño parecía lejano. Pero sabían, ambos, que la realidad siempre terminaba colándose.
- “Trato hecho”, murmuró Estrella.
La noche llegó envuelta en un silencio inesperado. Después de secarse con toallas gruesas, Lucio insistió en envolverla a ella primero, sus manos moviéndose con una ternura que contrastaba con la rudeza de antes, se vieron frente a la cama de la habitación.
- “¿Estás segura?”, preguntó él, deteniéndose junto al borde del colchón. No era una pregunta sobre el sexo. Lo sabía por cómo sus ojos buscaban los de ella, serios, sin ese brillo oscuro de la lujuria que los había dominado antes.
Estrella asintió. Se quitó la toalla, dejando que cayera al suelo, y no hubo vergüenza en el gesto. No después de cómo se habían tocado. No después de cómo él la había visto venir, temblando, bajo sus dedos. Pero esta vez, cuando se deslizó entre las sábanas, no fue para abrir las piernas y pedir más. Fue para tenderse de lado, apoyando la cabeza en la almohada, y esperar.