Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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EL MAGO NUMERO UNO
El sol comenzaba a ocultarse tras las copas de los árboles del Bosque Bajo, tiñendo el aire de un matiz dorado y pesado. Leónidas suspiró, ajustando su túnica de aprendiz. El silencio del lugar, usualmente reconfortante, hoy le parecía una burla a su impaciencia.
—Supongo que hoy el viejo no vendrá... —murmuró para sí mismo, pateando una rama seca.
—¿Quién dijo que no? —una voz rasposa y cargada de una extraña energía vibró justo detrás de su oreja.
Leónidas dio un salto violento, su corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Se giró jadeando, encontrándose con la figura encorvada y pintoresca del Anciano, quien sostenía su bastón con una naturalidad exasperante.
—¡Ahg! ¿Cómo fue que llegaste así? —exclamó el joven, intentando recuperar el aliento.
El anciano ladeó la cabeza, sus ojos brillando bajo el ala de su sombrero desgastado.
—¿A qué te refieres? —preguntó con una inocencia que Leónidas sabía falsa.
—Apareciste de la nada. Ni un paso, ni el crujir de una hoja... nada.
El viejo soltó una risita seca, acomodándose los harapos que le servían de vestimenta.
—Ohh, no es nada, solo un viejo truco... —respondió con desdén, restándole importancia a lo que claramente era una técnica de ocultamiento de alto nivel.
Leónidas no lo dudó un segundo. Sus ojos se iluminaron con la ambición propia de un estudiante de la Academia.
—Enséñame —sentenció con firmeza.
El anciano lo miró de arriba abajo, soltando un bufido de desprecio que hizo que Leónidas se tensara.
—¿Por qué debería enseñarle a un mocoso como tú? —soltó el viejo.
—¿Entonces qué haces aquí? —replicó Leónidas, cruzándose de brazos—. No me digas que vienes a pasear.
—Ya te lo dije, vengo por manzanas —el anciano señaló un árbol cercano con su bastón nudoso.
—Mentiroso —siseó el joven, sabiendo que nadie con tal poder se arriesgaría en el Bosque Bajo solo por fruta.
Se produjo un silencio tenso. El anciano sostuvo la mirada del muchacho durante lo que pareció una eternidad, hasta que finalmente, el rigor de su expresión se suavizó en una mueca de resignación.
—De acuerdo, te enseñaré ese truco —cedió finalmente.
Una sonrisa triunfal iluminó el rostro de Leónidas. Sin embargo, la lección no sería tan sencilla como esperaba.
—Primero, debes saber que para ocultar tu presencia tienes que saber dominar tu núcleo mágico —explicó el anciano, adoptando un tono magisterial que no encajaba con su apariencia de mendigo.
Leónidas parpadeó, confundido.
—¿Mi núcleo mágico? —preguntó.
El anciano se llevó una mano a la frente, como si le doliera físicamente la ignorancia del chico.
—Estás en la academia más prestigiosa del reino y ¿no sabes qué es el núcleo mágico? —preguntó con incredulidad.
—Es mi primer año... —balbuceó Leónidas, sintiendo el calor de la vergüenza subir por su cuello.
—Qué vergonzoso —sentenció el viejo, dejando al joven en un silencio humillante antes de continuar—. Escucha bien. El núcleo mágico es algo así como la base de la energía del poder mágico de cada mago.
El anciano hizo una pausa, dibujando círculos invisibles en el aire con su dedo.
—No todos tienen el núcleo —continuó.
—¿No todos? —interrumpió Leónidas.
—Así es. A excepción de la raza de bestias, demonios y enanos. Estos no poseen núcleo; ellos ya nacen con la magia integrada en su ser —el anciano observó la comprensión amanecer en el rostro del chico.
—Eso quiere decir que la profesora Jill... —comenzó Leónidas.
—Estás en lo correcto —asintió el maestro—. Ella no posee un núcleo mágico; su magia es su fuerza natural. Es parte de su biología, no un reservorio que deba canalizar.
Leónidas procesó la información. Si para otras razas era natural, para él era una herramienta que debía forjar.
—Eso quiere decir... ¿que para los humanos dominar el núcleo es difícil? —preguntó con un rastro de duda.
—Otra vez estás en lo cierto —respondió el viejo con una sombra de seriedad—. Aunque no es imposible.
—Tengo que dominar mi núcleo antes de un mes... —declaró Leónidas, su voz cargada de una urgencia que no pasó desapercibida para el anciano.
—¿Lo dices por el torneo? —preguntó el viejo con perspicacia.
—Sí. Es en un mes y no estoy dentro del top... —la voz del joven se apagó, consciente de su posición actual en la jerarquía de la Academia.
El anciano guardó silencio por un momento, observando la determinación desesperada del muchacho.
—Tranquilo, haré que puedas dominarlo antes del torneo —prometió finalmente.
—¿De verdad? —los ojos de Leónidas brillaron con esperanza renovada.
—Así es. Después de todo, eres mi mejor cliente, ja, ja, ja... —el viejo soltó una carcajada ronca que rompió la tensión.
—De acuerdo, ¿por dónde empiezo? —preguntó el aprendiz, ansioso por comenzar.
El anciano se puso serio de nuevo, su voz bajando a un susurro casi reverente.
—El secreto para dominar tu núcleo mágico es... meditar.
Leónidas lo miró con escepticismo. ¿Tanto misterio para algo tan básico?
—¿Meditar? —repitió decepcionado.
—Así es. La base de tu energía mágica está en la concentración y la respiración —explicó el viejo, ignorando el desdén del chico—. Pero ten cuidado. Si fallas en la concentración, podrías crear una explosión de energía mágica...
Leónidas tragó saliva. La idea de estallar desde dentro no era precisamente lo que tenía en mente.
—¿Podría matarme? —preguntó con temor.
—Claro que no, no seas tonto —el anciano volvió a reír—. Pero te dolerá, ja, ja, ja...
Antes de que Leónidas pudiera replicar, el ambiente en el bosque cambió. El aire se volvió gélido y las aves callaron de golpe. Cerca del bosque, una figura se acercaba, emanando una intención asesina que erizó la piel del joven.
—¿Qué ocurre, anciano? —susurró Leónidas, buscando instintivamente su vara.
—Mantente detrás de mí... —ordenó el viejo, su voz ya no sonaba rasposa, sino autoritaria y profunda.
De las sombras emergieron dos figuras. Una mujer de mirada gélida y un hombre rodeado de una mística oscura. Sus nombres, aunque Leónidas no lo sabía aún, eran Lilith y Noir.
—Pero qué sorpresa... —siseó Noir, observándolos con desprecio.
—El niño está solo. Qué buena oportunidad —añadió Lilith, ignorando por completo al anciano.
El viejo, manteniendo su fachada de vendedor de frutas, dio un paso al frente.
—¿Les puedo ofrecer algo? Mis manzanas son las más deliciosas del reino —dijo con una calma sobrenatural.
—Si nos das al niño, te dejaremos ir con vida —sentenció Noir, sus manos brillando con una energía violenta.
El anciano soltó un suspiro de decepción.
—¿Y dejar a mi alumno con dos vándalos? —preguntó con ironía.
—¿Alumno? —Lilith soltó una carcajada burlona antes de que su rostro se ensombreciera—. Escuche anciano, si no nos da al niño tendremos que sacarte del camino...
—Ya estoy viejo para esto... —murmuró el hombre, cerrando los ojos por un segundo.
Sin previo aviso, Lilith se lanzó al ataque. Su espada cortó el aire con una velocidad cegadora, dirigida directamente al cuello del anciano. Leónidas estaba a punto de gritar cuando ocurrió lo imposible.
Con un movimiento casi perezoso de su bastón, el anciano bloqueó la hoja de acero.
—¿Qué? —exclamó Lilith, sintiendo que su espada golpeaba una montaña inamovible.
—Arde... —susurró el viejo.
De repente, la espada y los brazos de Lilith estallaron en llamas blancas y puras. La mujer retrocedió gritando de dolor mientras el fuego devoraba su voluntad.
—¡AHHHHGGGGGG! —gritaba ella, revolcándose—. ¡Maldito viejo!
Noir observaba la escena con los ojos desorbitados.
—Bloqueó el ataque de Lilith y la hirió... —pensó, dándose cuenta de que el "viejo de las manzanas" era un depredador oculto.
Lilith, consumida por la rabia y el dolor, invocó lo último de su fuerza.
—¡Toma esto! Magia de oscuridad... ¡Vacío oscuro! —una esfera de negrura absoluta se formó entre sus manos y fue lanzada contra el anciano.
El viejo ni siquiera se inmutó. Simplemente tomó aire y... sopló.
Una ráfaga de viento cargada de maná puro impactó contra la esfera oscura.
—¿Qué? —exclamó Noir.
El ataque fue devuelto con el doble de fuerza, impactando de lleno en Lilith, quien salió volando contra los árboles.
—¡AHHHHGG! —el grito de la mujer se extinguió en un gemido débil.
Noir se apresuró a llegar al lado de su compañera, mirando al anciano con un terror genuino.
—Lilith, aléjate. Ese viejo no es un mago cualquiera... —advirtió Noir, su voz temblando—. De todos los magos que existen... teníamos que toparnos con... Merlín.
Leónidas sintió que el mundo se detenía.
—¿Merlín? —repitió, incrédulo.
Lilith, muy mal herida, apenas podía mantener la cabeza en alto.
—El mago número uno de la corte... —balbuceó ella.
—Y el hermano del rey mago —añadió Noir, mientras una sombra lo envolvía para facilitar su huida.
Leónidas se quedó paralizado mientras veía a los agresores desaparecer en una neblina de desesperación.
—Es imposible... —susurró el chico.
—Magia de oscuridad... ¡Envoltura de Hades! —gritó Noir en un último esfuerzo antes de que él y Lilith lograran escapar por completo con su magia de sombras.
El silencio regresó al bosque, pero esta vez era un silencio de reverencia. Leónidas miró al hombre frente a él, el humilde vendedor de manzanas que acababa de humillar a dos magos oscuros con un soplido.
—Oiga, anciano... —comenzó Leónidas, con mil preguntas agolpándose en su garganta.
El hombre se giró, su mirada volviendo a ser la del viejo cansado, aunque el brillo de poder en sus ojos seguía ahí.
—Sé que tienes preguntas, pero es mejor que vuelvas a casa por hoy... —interrumpió Merlín suavemente.
—Anciano... —insistió el chico.
—Nos veremos mañana —sentenció el maestro, dejando claro que la lección del día había terminado.
Leónidas asintió, todavía en shock.
—Claro, señor —respondió con un respeto que nunca antes había sentido por nadie.
Mientras el joven se alejaba del bosque, Merlín se quedó solo entre los árboles, observando las manzanas que aún colgaban de las ramas.
—Los rumores eran ciertos... —susurró para sí mismo, mientras la sombra de un misterio mucho más grande se proyectaba sobre el reino.
La identidad del anciano había sido revelada. Leónidas ahora era el discípulo del mago más poderoso de la historia, y su camino apenas comenzaba.