"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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El nido de la víbora
La mañana siguiente al encuentro con Damián amaneció con un cielo nublado, como si la ciudad misma estuviera conteniendo el aliento antes de la tormenta. Me desperté con el cuerpo entumecido, pero la mente afilada como un bisturí. Sabía que el primer movimiento de Julián tras perder la licitación sería esconderse, pero el de Mónica sería muy diferente: ella vendría por mí.
A las nueve de la mañana, mientras intentaba beber un café que me sabía a ceniza, escuché el sonido de unos tacones resonando en el mármol del vestíbulo. No era el paso firme de Rosa. Era un paso rítmico, pretencioso y cargado de veneno.
Mónica entró en el comedor sin llamar. No llevaba el vestido de gala de anoche; vestía un traje sastre gris acero que la hacía parecer una ejecutiva impecable, si no fuera por la mirada de odio puro que destellaban sus ojos.
—Valeria, querida. Qué paz respiras para ser la mujer de un hombre que está a punto de ser procesado —dijo, sentándose frente a mí sin invitación.
—Buenos días para ti también, Mónica —respondí, dejando la taza de café con una lentitud deliberada—. Julián es un hombre fuerte. Estoy segura de que sus abogados encontrarán una salida. ¿No es eso lo que tú haces? Limpiar sus desastres legales.
Mónica se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos delgadas sobre la mesa de caoba. Sus uñas, pintadas de un rojo violento, parecían garras.
—He estado pensando mucho en lo que pasó anoche en la biblioteca. Y en cómo Julián milagrosamente recuperó la carpeta azul gracias a ti. Pero hay algo que no me cuadra, primita.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —pregunté, sosteniendo su mirada. Internamente, mis sentidos estaban en alerta máxima.
—Esa carpeta siempre ha estado bajo siete llaves. Julián confía en ti, sí, pero tú nunca habías mostrado interés por sus archivos. Y de repente, el mismo día que Damian Blackwood lo humilla públicamente, tú apareces con los documentos "justo a tiempo" para que él escape. —Mónica entrecerró los ojos—. Parece casi como si alguien te hubiera dado un guion para actuar.
—Estás paranoica, Mónica. El estrés te está afectando —dije, forzando una sonrisa de lástima—. Julián me pidió ayuda y yo se la di. Si tienes dudas sobre mi lealtad, deberías decírselo a él. Aunque, después del fracaso de ayer, no creo que esté de humor para escuchar tus teorías de conspiración.
Mónica soltó una risa seca que no llegó a sus ojos. De repente, su expresión cambió. Dejó de lado la agresividad y adoptó un tono falsamente melancólico, ese que usaba cuando éramos niñas para manipularme.
—¿Recuerdas cuando murió tu padre, Valeria? Fue en este mismo comedor donde nos sentamos a llorar. Tú estabas tan destrozada que ni siquiera podías leer el testamento. Menos mal que Julián y yo estuvimos aquí para encargarnos de todo. De la autopsia, de los papeles del entierro... de todo.
Sentí un pinchazo de dolor en el pecho, pero no permití que mis músculos se tensaran. Ella estaba lanzando un anzuelo. Quería ver si yo reaccionaba al mencionar la muerte de mi padre.
—Fue un momento difícil —dije, mi voz perfectamente plana—. Siempre estaré agradecida con ustedes por quitarme ese peso de encima.
—Sí... —murmuró ella, observándome con una intensidad aterradora—. Aunque a veces me pregunto si no deberías haberte involucrado más. Había cosas en los informes médicos que eran... complejas. Términos legales y médicos que tú no habrías entendido entonces. Pero ahora pareces tan cambiada, tan "despierta". Me pregunto si hoy entenderías esos informes de otra manera.
Se hizo un silencio espeso. Mónica estaba confirmando, de manera indirecta, que sabía que había algo oculto en esos papeles. Era una amenaza velada: "Si tú sabes algo, recuerda que yo fui quien lo ocultó".
—El pasado es pasado, Mónica. Mi padre murió de un corazón débil. Lo único que me importa ahora es el futuro —respondí, levantándome de la mesa—. Y ahora, si me disculpas, tengo una cita con el sastre. No puedo permitir que el escándalo de Julián afecte mi imagen pública.
—¿El sastre? —Mónica se levantó también, caminando hacia mí hasta quedar a pocos centímetros—. ¿O vas a encontrarte con tu nuevo protector? Te vi mirando a Blackwood anoche, Valeria. No creas que soy tan estúpida como Julián. Él cree que te tiene en la palma de su mano, pero yo veo el fuego en tus ojos. Y déjame decirte algo: si intentas jugar a dos bandas, seré yo quien te corte la lengua.
En ese momento, Mónica hizo algo inesperado. Me tomó del brazo, justo donde Julián me había dejado la marca morada anoche. Apretó con saña, justo sobre el hematoma. El dolor fue agudo, pero no emití ni un sonido.
—Suéltame —dije, mi voz bajando a un registro que hizo que Mónica parpadeara por la sorpresa. No era la voz de la Valeria sumisa; era una orden cargada de autoridad—. No vuelvas a tocarme, Mónica. Ni a mí, ni a nada que pertenezca a esta casa. Recuerda que, legalmente, tú solo eres una invitada aquí. El apellido Rossi es mío. La mansión es mía. Y si decido que ya no eres bienvenida, estarás en la calle antes de que termine el día.
Mónica retrocedió un paso, su rostro deformado por una mezcla de rabia y miedo. Nunca le había hablado así.
—Te vas a arrepentir de esto —siseó, recuperando su compostura—. Julián vendrá por ti cuando se dé cuenta de que la carpeta que le diste no es suficiente para salvarlo.
—Que venga —respondí, dándole la espalda—. Estaré esperándolo.
Mónica salió furiosa del comedor. En cuanto escuché la puerta principal cerrarse, me dejé caer en la silla, respirando con dificultad. Mis manos temblaban violentamente. Ella lo sabía. Sabía que yo estaba cambiando y sospechaba que el secreto de mi padre estaba en peligro.
Saqué mi teléfono y le envié un mensaje a Damián. Necesitaba moverme rápido antes de que Mónica convenciera a Julián de que yo era la traidora.
"Mónica sospecha. Ha empezado a mencionar a mi padre. Necesito que aceleres la presión sobre el piso franco. No dejes que hablen a solas por mucho tiempo."
La respuesta de Damián llegó casi al instante:
"Mis hombres ya están allí. Julián está recibiendo notificaciones de embargo en este momento. Mónica llegará a un nido de avispas. ¿Estás a salvo?"
Dudé un segundo antes de responder. ¿Estaba a salvo? Físicamente, quizás. Pero psicológicamente, estaba viviendo en una película de terror donde los villanos dormían en la habitación de al lado.
"Estoy a salvo. Por ahora. Mantén el plan."
Subí a mi habitación y cerré la puerta con llave. Fui directo al espejo. Me bajé un poco la manga y vi la marca morada, ahora más oscura por el apretón de Mónica.
—Me dolió, Mónica —susurré al espejo—. Me dolió lo que le hiciste a mi padre. Me dolió que me mataras en mi otra vida. Pero este dolor es lo que me mantiene viva ahora.
Abrí mi caja fuerte secreta y saqué el informe médico. Lo leí una vez más, memorizando cada nombre de los sedantes, cada firma falsificada. Mónica pensaba que podía asustarme con el pasado, pero no sabía que yo ya venía del futuro. Y en ese futuro, ella no existía.
El juego doble en casa se había vuelto letal. Ya no se trataba solo de dinero o empresas; se trataba de quién sobreviviría a la próxima cena. Y yo estaba decidida a que mi plato fuera el único que no tuviera veneno.
Mientras tanto, en el piso franco, Julián recibía una llamada de su abogado principal.
—¿Cómo que no pueden detener el embargo? —gritaba Julián, lanzando su teléfono contra el sofá—. ¡Esa carpeta tenía los contratos originales! ¡Se supone que eso me protegía!
—Señor Julián... —la voz del abogado sonaba nerviosa a través del altavoz—, los documentos que recibimos hoy son... diferentes. Tienen errores técnicos básicos que parecen hechos a propósito para incriminarlo. Si usted entregó esos papeles pensando que eran los originales, alguien lo engañó.
Julián se quedó petrificado en medio de la sala. El eco de las palabras de Valeria de esa mañana resonó en su cabeza: "Vas a obtener exactamente lo que te mereces".
En ese momento, Mónica entró al piso franco, pálida y con los ojos inyectados en odio.
—Julián —dijo ella, su voz temblando de furia—, tenemos que hablar de Valeria. Y tenemos que hablar de lo que realmente encontró en esa caja fuerte.