Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Donde el agua revela lo que el hielo esconde
El río apareció al amanecer, encajonado entre dos laderas cubiertas de pinos oscuros. El agua descendía rápida, clara, golpeando las piedras con un murmullo constante que parecía lavar el aire de la frontera. El destacamento se detuvo para reabastecerse. Habían marchado toda la noche para evitar caminos transitados y el cansancio pesaba en los cuerpos.
Rhydian fue el primero en acercarse al borde. Se agachó, metió las manos en el agua fría y dejó que el entumecimiento le recorriera los dedos. El dolor del costado había disminuido, pero la tensión en los hombros seguía ahí, anudada por noches sin descanso y palabras que no se decían.
—No te metas demasiado —advirtió uno de los soldados—. La corriente es traicionera.
Rhydian asintió, pero cuando vio que el perímetro estaba despejado, se alejó unos pasos del grupo, buscando un recodo donde el agua se remansaba. Necesitaba quitarse la sangre seca, el polvo del camino, la sensación de frontera pegada a la piel.
Se desató el abrigo, luego el cuero del pecho. El aire frío mordió su piel, erizándole los vellos de los brazos. Se quitó la camisa y la dejó sobre una roca. Respiró hondo. No lo hacía por exhibición. Lo hacía porque su cuerpo pedía agua.
No supo cuándo Severin lo observó.
El Enigma había ido a inspeccionar el perímetro del río. Al girar, lo vio: Rhydian de espaldas, la piel marcada por pequeñas cicatrices que no contaban historias heroicas, sino noches de huida y golpes mal esquivados. La luz de la mañana dibujaba los músculos tensos de su espalda, la línea firme de su cintura. No era una belleza pulida. Era una belleza viva.
Severin se detuvo.
No por deseo consciente. Por un tirón extraño en el pecho, como si algo se hubiera desacomodado en su orden interno. No estaba acostumbrado a ver cuerpos desde ese ángulo. No así. No sin armadura, no sin distancia.
Rhydian se arrodilló para mojarse el rostro. El agua le recorrió el cuello, el pecho. El frío le arrancó un suspiro breve. En ese gesto simple, había una vulnerabilidad que no solía permitirse.
Severin dio un paso atrás.
No por pudor. Por control.
Pero ya era tarde para desver.
Cuando Rhydian se incorporó, giró apenas la cabeza y lo encontró allí. Los ojos grises clavados en él. No había dureza en esa mirada. Tampoco indiferencia. Era una atención tensa, contenida, peligrosa.
—¿Te enseñaron que es de mala educación mirar así? —preguntó Rhydian, con una media sonrisa que ocultaba su propia sorpresa al sentir el pulso acelerarse.
Severin parpadeó, como si regresara de algún lugar lejano.
—No miraba —respondió—. Evaluaba el entorno.
Rhydian soltó una risa baja.
—Claro. El entorno.
Severin apartó la vista. El gesto fue mínimo, pero Rhydian lo notó. Y algo en su pecho se apretó con una satisfacción que no quería reconocer.
—No te metas solo al río —dijo Severin—. La corriente es traicionera.
—Eso ya me lo dijeron —replicó Rhydian—. No necesito una segunda advertencia.
Severin dudó. Luego, contra toda costumbre, se quitó los guantes y la capa. No se despojó de la túnica por completo, pero se acercó al agua para lavarse las manos. El reflejo del río devolvió una imagen fragmentada de ambos: el fuego del omega y el hielo del Enigma compartiendo el mismo borde de piedra.
Rhydian lo observó de reojo.
El cuello de Severin, pálido, marcado por la sombra del cabello plateado. La línea de su mandíbula, tensa incluso en reposo. Había una belleza contenida en él que parecía negarse a existir si alguien la miraba demasiado.
—No pensé que te acercaras —dijo Rhydian.
—No debería —respondió Severin.
—Y aun así, aquí estás.
El silencio entre ambos fue distinto al de otras veces. No era un choque. Era una pausa cargada. La corriente del río murmuraba, ajena a la tensión que se espesaba en el aire.
Rhydian se inclinó para mojarse los hombros. El agua resbaló por su piel. Al incorporarse, Severin volvió a mirarlo, esta vez sin disimulo. El impulso le cruzó el pecho como una descarga breve: una idea irracional, primitiva, que no tenía lugar en su forma de entender el mundo.
Mío.
La palabra no llegó a formarse en sus labios. Le resultó absurda. Peligrosa. No reclamaba. No poseía. Y, sin embargo, esa sensación emergió, terca, como un eco que no se dejaba acallar.
Rhydian percibió el cambio en la respiración del Enigma. No era evidente. Solo una variación mínima. Pero él estaba demasiado atento a Severin como para no notarla.
—¿Te incomoda? —preguntó en voz baja.
—No —respondió Severin demasiado rápido.
Rhydian dio un paso hacia la orilla, acortando la distancia. No lo tocó. No hizo falta.
—No tienes que mentir —dijo—. A veces las cosas incomodan porque importan.
Los ojos grises se oscurecieron apenas.
—No confundas cercanía con importancia.
—No confundas control con ausencia de deseo —replicó Rhydian.
El viento sopló entre los pinos. A lo lejos, el destacamento reía por algo trivial. El mundo seguía girando con normalidad mientras, entre el murmullo del agua, dos voluntades chocaban sin tocarse.
Severin fue el primero en apartarse.
—Vístete —dijo—. No es prudente.
Rhydian sonrió, una curva mínima en los labios.
—¿Prudente para quién?
Severin no respondió. Se dio la vuelta, retomando su ronda.
Rhydian se quedó un momento más junto al río, el agua fría bajándole el pulso, pero no apagándole la sensación en el pecho. Se vistió despacio, consciente de cada mirada que ya no estaba y de la que, aun así, parecía seguir pesándole en la piel.
Más tarde, cuando reanudaron la marcha, la tensión no se disipó. Se trasladó. En miradas que se encontraban y se esquivaban. En silencios que duraban un latido más de lo necesario. En una cercanía nueva, incómoda, inevitable.
No se dijeron “mío”.
Pero ambos lo pensaron.
Y ese pensamiento, por sí solo, ya era un campo de batalla.