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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14 - El susurro del vacío. Sobrevivir sin consuelo.

El frío recorría su piel, uno afilado, punzante que se enredaba en sus huesos. Se había quedado dormida bajo el cobijo de la noche, envuelta en la penumbra distante de la luna y las estrellas.

La piel erizada. Los músculos entumecidos.

Pero después de tanto tiempo atrapada entre paredes y luces artificiales, el viento helado que golpeaba su cuerpo no le dolía. Al contrario, le provocaba un alivio extraño. No quiso moverse. No quiso refugiarse.

Cuando abrió los ojos, el sol apenas comenzaba a elevarse. Sus primeros destellos teñían el cielo. Había visto muchos amaneceres, pero este era distinto. Más cercano. Más real. A pesar de seguir en la isla, se sentía… bien.

La arena fría le acariciaba la piel mientras se incorporaba. Miró el mar. La brisa salada. El vaivén de las olas.

Y entonces, un deseo hondo y punzante: estar en casa.

Por un instante se vio a sí misma sentada, con una taza de café entre las manos. Sus niños se acercaban, con sus manitas tibias y besos suaves. Fue tan real que el corazón le dio un vuelco. Pero la imagen se desvaneció, y las lágrimas brotaron sin permiso. Otra vez, la certeza de no poder abrazarlos. De no poder cuidarlos.

Reflexionó un momento. Llorar no solucionaría nada. Se secó las lágrimas y volvió a observar el lugar.

Ahora podía recorrer la isla con libertad, con la esperanza de encontrar algo. Lo que fuera.

Otra vez el mismo trayecto. Los mismos rincones. Las mismas sombras. Algo tenía que estar ahí. Entre la ira y la desesperación, cada espacio se volvía indispensable.

Desarmó escritorios. Revolvió cajones. Derribó estantes. Buscó en cada grieta, en cada rincón. Nada. Todo era en vano.

Las provisiones se agotaban. El agua dulce, un lujo.

Colgó plásticos para recolectar el rocío; apenas unas gotas cada día. Iliana aún tenía fuerzas. Pocas. Él, en cambio… ya no era más que un cuerpo vencido. Temblaba. Caía a pedazos.

Su rostro morado, hinchado, irreconocible. Ojeras profundas, labios partidos. Ella no se apuró. Cada gesto suyo lo desarmaba. Lento. Preciso.

Las manos. Primero los dedos, uno a uno. Carne desgarrada, hueso expuesto, piel ennegrecida. Luego los pies. Gritos que se ahogaban en el aire. Pataleos inútiles. Solo quedaron los tobillos.

Las orejas colgaban, mutiladas. Los dientes, arrancados, dejaban encías abiertas y sangrantes.

Y lo peor… estaba entre sus piernas. Nada quedaba. Solo un muñón calcinado, costras secas, tejido muerto. Ella lo había arrancado. Sin piedad. Con deliberada calma.

Atado a la camilla. Desnudo. Consumido por el frío, por el hambre, por el dolor. No quedaba nada de él. Solo agonía pura.

Iliana volvía, una y otra vez. Buscaba respuestas: el submarino. Una salida. Una esperanza.

Él permanecía en silencio. Resistía. Quizá su venganza final era no hablar. Su castigo hacia ella. Mantenerla atrapada en la desesperación que él también conocía.

Cada visita lo vaciaba más.

Al principio, solo temblaba: labios apretados, mirada esquiva. Con el tiempo, el terror se incrustó en su piel, en sus músculos, en sus huesos. Respiraba con dificultad. Sus pupilas, enormes, la seguían sin parpadear. Entre súplica, horror y desesperación.

Hasta que un día el cuerpo dijo basta. Un paro cardíaco puso fin al tormento. El desgraciado se había salvado.

El olor en todo el lugar era insoportable. Penetrante. Agrio. Una mezcla de sangre seca y podredumbre.

Leyó cada libro, cada documento, cada trozo de papel que encontrara. Cualquier cosa que contuviera letras. Incluso en idiomas que al principio no entendía, pero que aprendió con una facilidad inquietante.

Los días seguían pasando, arrastrándose como sombras interminables. Se estaba dando por vencida.

El mar y la arena eran su único consuelo. Sentirlos bajo sus pies le daba un respiro, un recordatorio de que aún existía, de que su cuerpo seguía ahí, aunque su mente comenzaba a desvanecerse.

Pero pronto, la soledad se volvió un tormento. Un peso insoportable. Estar allí, completamente sola, dejó de ser refugio y se convirtió en castigo.

Aprendió a pescar y cazar animales marinos a base de prueba y error. No había un manual de supervivencia, solo la urgencia de no morir de hambre. Al principio, atrapaba lo que podía con las manos, pequeños peces atrapados en charcos entre las rocas. Luego, improvisó con palos afilados.

Encender fuego fue otro desafío. Durante el día, usaba unos lentes para concentrar la luz del sol sobre hierbas secas. Funcionaba, pero tomaba tiempo y paciencia. Por la noche, todo era distinto. Era imposible. Sus manos, debilitadas, no resistían el esfuerzo de frotar madera contra madera, quedaban en carne viva, los músculos ardiendo de agotamiento.

Aprendió, a la fuerza, con el instinto, la necesidad.

Cada día se sentía más agotada, más pesada, como si el tiempo mismo la estuviera desgastando. Su mente era un caos, nublada por el hambre, el cansancio y la soledad.

Ya no podía pensar con claridad. No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquella noche, desde el accidente. Los días y las noches se mezclaban en una espiral borrosa, difusa, sin fin.

No le quedaba ningún otro lugar para revisar. Había recorrido cada rincón de la isla, hurgado entre las rocas, explorando cada grieta, cada sombra. Pero la solución no aparecía.

La situación era desesperada. Cada noche, quemaba los cuerpos con el poco combustible que le quedaba. Veía las llamas elevarse, consumiendo la carne y los huesos, y se aferraba a la esperanza de que, algún día, un barco pasara cerca y notara el fuego, el humo.

Eso creía. O quería creer.

Se adentraba en el agua y nadaba hasta que sus fuerzas flaqueaban. Probó con los botes y los salvavidas, pero el resultado siempre era el mismo: terminaba arrastrada de vuelta a la orilla o, peor aún, golpeada contra las rocas.

Lo intentó una y otra vez, bordeando la isla en busca de un punto de escape. Pero no importaba cuántas veces lo hiciera, siempre volvía al mismo destino.

Era como si el lugar la atrapara, como si se negara a dejarla ir. Como si la isla misma tuviera voluntad y no estuviera dispuesta a soltarla.

El bebé estaba muy débil, su fragilidad era alarmante.

Ella tampoco estaba mejor. Su cuerpo exhausto, drenado. Ya no le quedaban fuerzas para seguir alimentándolo con su sangre. Cada gota que le daba era un sacrificio.

Sabía cómo terminaría, si continuaba. Igual que el doctor al que le extrajo tanta sangre para alimentar al pequeño. Desangrado, consumido hasta el último aliento.

Por más que doliera, debía dejarlo partir. Dejarlo escapar de este mundo cruel al que nunca debió llegar.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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