ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL RECUERDO QUE ME CONDENA
La fotografía temblaba entre los dedos de Sebastián.
No porque tuviera frío. No porque el accidente lo hubiera dejado débil.
Temblaba porque, por primera vez desde que lo conocía, no tenía ninguna respuesta.
Lo había visto enfrentarse a hombres que lo doblaban en tamaño, conducir como si la muerte no existiera y sonreír cuando todos esperaban que tuviera miedo. Había visto su arrogancia, su rabia y esa manera suya de fingir que nada podía lastimarlo.
Pero nunca lo había visto así.
Miraba la fotografía como si estuviera contemplando a un desconocido capaz de cometer el peor crimen imaginable.
—Dime que es falsa —susurró.
Alejandro Ferrer no respondió inmediatamente.
—No lo sé.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Cómo que no lo sabes? ¡Tú estabas allí!
—Estaba allí, sí. Pero no vi quién disparó.
—¡Acabas de decir que yo tenía el arma!
—Tener un arma no significa haber disparado.
—¡Entonces explícame por qué llevo seis meses sin recordar aquella noche!
Alejandro abrió la boca, pero no encontró palabras.
Sebastián arrojó la fotografía contra su pecho.
—¡Me dejaste creer que mi padre había muerto y ahora apareces con una historia en la que yo podría ser el responsable!
—¡Yo no he dicho que seas culpable!
—No hace falta que lo digas. ¡Mírame! ¡Todos me miran como si supieran algo que yo no sé!
Sentí que algo se me rompía por dentro.
Me acerqué a Sebastián, pero él retrocedió.
—No —dijo—. Ahora no.
Me detuve.
No iba a obligarlo a aceptar mi consuelo. Si necesitaba espacio, se lo daría. Pero tampoco iba a dejar que se enfrentara solo a aquella oscuridad.
—Está bien —respondí—. No voy a tocarte. Pero tampoco voy a irme.
Sus ojos encontraron los míos.
Durante un instante, pareció que iba a pedirme que me quedara. Sin embargo, volvió a mirar la fotografía y apretó los labios.
—Necesito saber qué pasó.
—Entonces iremos a esa casa —dije.
Alejandro negó con la cabeza.
—No es tan sencillo. Si alguien les está enviando esas fotografías, sabe que estamos investigando. Puede que esté esperando que Sebastián vuelva al sótano.
—¿Y qué propones? ¿Que nos quedemos sentados esperando a que nos llegue otra amenaza?
—Propongo que pensemos antes de actuar.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Qué curioso. Eso mismo debiste pensar antes de ocultarme la verdad durante seis meses.
Alejandro bajó la mirada.
Mi madre, que hasta entonces había permanecido junto a la pared, se acercó lentamente.
—Sebastián, hay algo que nunca te conté sobre aquella noche.
Él se volvió hacia ella.
—Empiezo a pensar que todos tienen una colección de secretos sobre mí.
Clara recibió sus palabras sin defenderse.
—Tu padre me pidió que te protegiera. No quería que recordaras lo ocurrido hasta que estuvieras preparado.
—¿Preparado para qué?
Mi madre tragó saliva.
—Para descubrir que tu padre tampoco era el hombre que tú creías.
Sebastián se quedó en silencio.
Clara respiró hondo y continuó:
—Alejandro Montenegro llevaba años investigando la muerte de tu madre. Había encontrado documentos que demostraban que el accidente que acabó con su vida podía no haber sido accidental. La noche en que desapareció, tenía intención de entregárselos a alguien de confianza.
—¿A quién? —pregunté.
Mi madre me miró.
—A mí.
El rostro de Sebastián se endureció.
—¿Por qué a ti?
—Porque yo conocía a tu madre. Éramos amigas antes de que ella se casara con Alejandro. Cuando empezó a sospechar que alguien la seguía, me pidió ayuda.
—¿Y nunca pensaste que debías contármelo?
—Tu padre me hizo prometer que no lo haría.
Sebastián soltó una carcajada sin alegría.
—Mi padre, mi madre, Alejandro, tú… Todos decidieron qué podía saber y qué no. ¿Hay algo en mi vida que no haya sido decidido por otra persona?
Nadie contestó.
Porque tenía razón.
Durante años, todos habían tratado de protegerlo a su manera, pero aquella protección se había convertido en una prisión construida con mentiras.
Y ahora Sebastián estaba atrapado dentro de ella, sin saber qué parte de sus recuerdos podía creer.
—¿Dónde está esa casa? —pregunté.
Alejandro Ferrer se pasó una mano por el rostro.
—En las afueras de la ciudad. La propiedad fue vendida después de la desaparición de su padre, pero el sótano sigue intacto. El acceso está oculto detrás de lo que antes era el garaje.
—Entonces iremos —dijo Sebastián.
—Voy contigo —respondí.
—Valentina…
—No me pidas que me quede en casa mientras tú vas a un lugar donde alguien podría estar esperándote.
—No quiero que te pase nada.
—Y yo no quiero que te pase nada a ti. Pero no puedes protegerme tomando todas las decisiones por los dos.
Sebastián me sostuvo la mirada.
Después de unos segundos, asintió.
—De acuerdo. Iremos juntos.
Alejandro dio un paso hacia nosotros.
—Yo también voy.
Sebastián lo miró con desprecio.
—No.
—Sé cómo entrar en el sótano. Sé qué buscar y conozco parte de lo que ocurrió aquella noche.
—Precisamente por eso no confío en ti.
—No te pido que confíes en mí. Te pido que me dejes ayudarte a descubrir la verdad.
Sebastián guardó silencio.
Finalmente, miró a mi madre.
—¿Tú qué opinas?
Clara parecía agotada.
—Creo que Alejandro debe acompañarlos. Pero hay algo que quiero que recuerden: descubrir la verdad no siempre significa encontrar a alguien a quien culpar. A veces significa aceptar que las personas que amamos también pueden equivocarse.
Sebastián recogió la fotografía del suelo.
—Entonces espero que todos estén preparados para lo que encontremos.
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Salimos del circuito cuando el cielo comenzaba a aclararse.
Mi madre se quedó en un lugar seguro mientras nosotros nos dirigíamos a las afueras de la ciudad. Sebastián conducía en silencio. Alejandro iba detrás, en otro automóvil, y yo observaba el paisaje intentando imaginar cómo sería el hombre que Sebastián había sido a los dieciséis años.
¿Era tan arrogante como ahora?
¿Sonreía de la misma manera?
¿Había vivido siempre con aquella rabia o algo había cambiado después de aquella noche?
—¿Qué estás pensando? —preguntó Sebastián.
Me sobresalté.
—Nada.
—Mientes fatal.
—Estoy pensando en ti.
Sus manos se tensaron ligeramente sobre el volante.
—Eso puede ser peligroso.
—No estoy hablando de esa manera.
—Qué decepción.
Lo miré, sorprendida por su intento de bromear. Parecía agotado, pero aquella pequeña chispa seguía allí.
—Estoy intentando imaginar cómo eras antes de todo esto —admití.
Sebastián mantuvo los ojos en la carretera.
—Era un idiota.
—Eso no ha cambiado demasiado.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
—También era feliz.
La respuesta me borró la sonrisa.
—¿Y cuándo dejaste de serlo?
Tardó en contestar.
—La noche en que mi padre desapareció.
Se hizo un silencio largo.
—No recuerdo lo que pasó, Valentina. Pero hay algo que sí recuerdo: despertarme en un hospital y escuchar a mi padre en mi cabeza, gritándome que corriera.
Lo miré.
—¿Lo escuchabas de verdad?
—No. Era un recuerdo. O una pesadilla. No lo sé. Durante mucho tiempo pensé que era una consecuencia del golpe. Después dejé de preguntarme qué significaba.
—¿Por qué?
Sebastián soltó el aire lentamente.
—Porque tenía miedo de encontrar la respuesta.
Extendí la mano y la apoyé sobre la suya.
Él entrelazó sus dedos con los míos sin apartar la vista de la carretera.
—No tienes que pasar por esto solo —le dije.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Esta vez sí me miró.
—Sí. Porque estás aquí.
No hizo falta decir nada más.
Aquella pequeña confesión me llegó más profundamente que cualquiera de sus declaraciones atrevidas. Sebastián no me estaba pidiendo que lo salvara. Solo estaba reconociendo que mi presencia le importaba.
Y yo empezaba a comprender que eso podía ser mucho más peligroso que cualquier carrera.
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La casa apareció detrás de una hilera de árboles.
Era una construcción antigua de dos plantas, con ventanas rotas y paredes cubiertas de humedad. El jardín estaba invadido por la maleza y una verja oxidada impedía el paso desde la carretera.
Sebastián estacionó frente a la entrada.
—Aquí vivía mi madre —murmuró.
Bajó del automóvil y permaneció mirando la fachada.
No intenté apresurarlo.
Después de unos segundos, se acercó a la verja y la empujó. El metal chirrió, abriéndose apenas lo suficiente para dejarnos pasar.
Alejandro llegó poco después.
—El garaje está por allí —dijo, señalando el costado de la casa.
Nos dirigimos hacia una construcción baja, casi oculta detrás de la vegetación. La puerta estaba cerrada con una cadena, pero Sebastián encontró una entrada lateral.
Dentro olía a humedad, aceite viejo y madera podrida.
Había estanterías vacías, herramientas oxidadas y una lona cubriendo lo que parecía un antiguo automóvil.
Sebastián se acercó a la lona y la retiró de un tirón.
Debajo apareció un coche deportivo gris.
Lo observó con una expresión extraña.
—Lo recuerdo.
Alejandro se acercó lentamente.
—Era el coche de tu madre.
Sebastián pasó una mano por el capó.
—Me llevaba aquí cuando era niño. Me sentaba en el asiento del copiloto y fingía que conducía.
Su voz se quebró ligeramente.
—Ella siempre decía que algún día tendría mi propio coche. Que podría ir a donde quisiera.
Me acerqué a él.
—Y todavía puedes hacerlo.
Sebastián me miró con una tristeza que no intentó ocultar.
—No sé si quiero ir a algún sitio. Ahora mismo solo quiero saber quién me robó tantos años de mi vida.
Alejandro señaló una puerta estrecha detrás de unas estanterías.
—El sótano está ahí.
Sebastián apartó las cajas que bloqueaban el acceso. La puerta se abrió con un crujido, revelando una escalera de cemento que descendía hacia la oscuridad.
Bajamos con las linternas de nuestros teléfonos encendidas.
El sótano era más grande de lo que esperaba. Había archivadores, cajas de documentos y una mesa metálica cubierta de polvo.
En la pared del fondo distinguí varias fotografías antiguas.
Sebastián se acercó.
Una mostraba a su madre sosteniéndolo cuando era pequeño. Otra lo retrataba junto a su padre, ambos sonriendo frente al mismo coche gris.
Pero la tercera fotografía me hizo detenerme.
En ella aparecían Clara, Alejandro Montenegro, Mateo y Alejandro Ferrer.
Todos parecían mucho más jóvenes.
Y, entre ellos, estaba una mujer que reconocí inmediatamente.
La madre de Sebastián.
—¿Por qué estaban todos juntos? —pregunté.
Alejandro Ferrer no contestó.
Sebastián tomó la fotografía y le dio la vuelta.
En la parte posterior había una fecha: 16 de abril.
La misma fecha que aparecía en la fotografía que habíamos encontrado al principio de nuestra investigación.
Debajo, alguien había escrito una frase:
«La verdad murió aquí, pero alguien se aseguró de que el culpable siguiera respirando».
Sebastián dejó la fotografía sobre la mesa.
—Tenemos que encontrar los documentos.
Empezamos a revisar los archivadores. Había facturas, contratos, fotografías y carpetas con nombres que no reconocíamos.
Finalmente, encontré una caja pequeña escondida detrás de un mueble. En su interior había una grabadora antigua y varios sobres.
Uno de ellos llevaba el nombre de Sebastián.
Se lo entregué.
—Creo que esto es para ti.
Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había una carta escrita por su madre.
Sebastián leyó las primeras líneas en silencio. Después, su respiración cambió.
—¿Qué dice? —pregunté.
Él tragó saliva.
—Dice que, si alguna vez encuentro esta carta, significa que mi padre no cumplió su promesa.
—¿Qué promesa?
Sebastián siguió leyendo.
—Que me mantendría alejado de todo lo que había hecho.
El silencio se volvió insoportable.
—Continúa —le pedí suavemente.
Sus ojos recorrieron las siguientes líneas.
De pronto, dejó caer la carta.
—No puede ser.
—Sebastián, ¿qué pasa?
Me miró con el rostro completamente pálido.
—Mi madre no murió por una enfermedad.
Alejandro Ferrer cerró los ojos.
No parecía sorprendido.
Sebastián lo vio.
—Tú lo sabías.
—Sabía que había dudas sobre su muerte —respondió Alejandro—. No sabía quién había sido responsable.
—¡Pero nunca me lo dijiste!
—Tenía miedo de que intentaras investigar y terminaras en peligro.
—¡Estoy en peligro precisamente porque nadie me contó la verdad!
Sebastián agarró la grabadora y presionó el botón de reproducción.
Al principio solo se escuchó estática.
Después apareció una voz femenina.
La voz de su madre.
—Si estás escuchando esto, mi amor, significa que ya no he podido protegerte.
Sebastián se llevó una mano a la boca.
La grabación continuó.
—Quiero que sepas que tu padre te ama. Pero el amor no siempre convierte a una persona en alguien bueno. Hay cosas que ha hecho y que no puedo perdonar. Y hay secretos que, si salen a la luz, podrían destruir a nuestra familia.
Una pausa.
Después, la voz de su madre volvió a escucharse, esta vez más débil.
—Si algo me ocurre, no confíes en Mateo. Y, sobre todo, no dejes que Alejandro te haga creer que fue culpa tuya.
La grabación terminó.
Nadie se movió.
Sebastián miró lentamente a Alejandro Ferrer.
—¿Por qué dijo que no debía confiar en ti?
Alejandro tenía lágrimas en los ojos.
—Porque tu madre descubrió lo que yo había hecho.
—¿Qué hiciste?
Alejandro respiró hondo, como si aquellas palabras le costaran más que cualquier otra cosa que hubiera dicho en su vida.
—Yo fui quien entregó los documentos que tu padre quería proteger. No sabía que entre ellos había pruebas relacionadas con la muerte de tu madre. Pensé que solo eran papeles de negocios.
Sebastián lo miró con incredulidad.
—¿A quién se los entregaste?
Alejandro bajó la cabeza.
—A Mateo.
Sebastián se abalanzó sobre él y lo empujó contra la pared.
—¡Por tu culpa pudo haber muerto mi madre!
—¡Lo sé!
—¡Por tu culpa mi padre desapareció!
—¡Lo sé, Sebastián!
—¡Y aun así seguiste a mi lado, fingiendo que eras mi amigo!
Alejandro no intentó defenderse.
—Sí —susurró—. Y vivir con eso ha sido lo peor que he hecho.
Sebastián lo soltó con un empujón.
Se alejó unos pasos, respirando con dificultad. Yo me acerqué a él, pero antes de que pudiera hablar, algo llamó nuestra atención.
Un pequeño dispositivo oculto debajo de la mesa acababa de emitir un sonido.
Una luz roja parpadeaba en la oscuridad.
Alejandro palideció.
—Tenemos que salir.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Un detonador.
No esperé a que lo explicara.
Sebastián me tomó de la mano y corrimos hacia las escaleras. Alejandro venía detrás de nosotros.
Al llegar al garaje, escuchamos un estruendo que hizo temblar toda la casa.
El polvo cayó del techo. Una parte de la escalera se derrumbó y la puerta del sótano quedó bloqueada.
Habíamos conseguido salir por segundos.
Nos quedamos fuera, respirando con dificultad.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Lo abrí.
«Ahora ya sabes quién entregó los documentos. Pero todavía no sabes quién dio la orden de matar a tu madre».
Debajo había una fotografía reciente.
Sebastián aparecía en ella, saliendo de la mansión Montenegro esa misma mañana.
Alguien nos había estado siguiendo.
Levanté la mirada hacia la carretera.
Un automóvil negro estaba estacionado entre los árboles, con las luces apagadas.
La puerta del conductor se abrió.
Un hombre salió lentamente.
Sebastián se quedó inmóvil.
—No puede ser…
El hombre avanzó hacia nosotros, iluminado por los primeros rayos del amanecer.
Tenía el mismo rostro de la fotografía que Sebastián había visto en el teléfono de Mateo.
La misma cicatriz sobre la ceja.
Los mismos ojos.
Su padre.
Alejandro Montenegro estaba vivo.
Y cuando estuvo lo bastante cerca, miró a su hijo y pronunció las palabras que terminarían de destruir todo lo que Sebastián creía saber:
—Hijo, aléjate de esa chica. Su madre fue la razón por la que tuve que desaparecer… y Valentina es la razón por la que podría tener que hacerlo otra vez.