trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 2: El Heredero y la Rebelde
Habían pasado cinco años desde el funeral que marcó el fin de la infancia de Ethan Steelwood. A sus 17 años y medio, Ethan ya no era un joven; era un hombre atrapado en el cuerpo de un adolescente de élite. Había alcanzado su estatura final de 1.90 metros. Su cuerpo era puro músculo fibroso debido a un régimen espartano de entrenamiento y el estrés de dirigir, bajo las sombras, el Grupo Steelwood. Su rostro era una escultura de ángulos rectos: pómulos marcados, una mandíbula que parecía tallada en granito y esos ojos verdes que ahora siempre parecían estar calculando el siguiente movimiento de un adversario.
Vivía con un traje puesto. Su uniforme diario era el azul noche o el negro azabache. Se había convertido en un ser de hábitos gélidos y una eficiencia aterradora.
Elena Valerius, a sus 16 años y medio, era el huracán que azotaba su mundo ordenado. Había crecido hasta los 1.68 metros, con una figura que empezaba a atraer todas las miradas en los eventos sociales: curvas delicadas, una cintura pequeña y esa piel de porcelana que contrastaba con su espíritu de fuego. Su cabello rubio cenizo ahora le llegaba a la cintura, a menudo desordenado a propósito como un acto de rebeldía silenciosa.
El escenario era la inauguración de la nueva sede de Steelwood-Valerius Logistics. Elena estaba en una esquina del salón VIP, ignorando a los dignatarios y bebiendo una copa de champán que le había robado a un camarero distraído.
—Tienes dieciséis años, Elena. Deja esa copa antes de que pierda la paciencia —la voz de Ethan llegó antes que su presencia.
Elena no se inmutó. Bebió un sorbo lento, mirando a Ethan por encima del borde del cristal con sus ojos avellana desafiantes.
—Y tú tienes diecisiete, pero actúas como si tuvieras noventa, “Señor Director”. Además, técnicamente soy tu futura esposa, ¿no? Deberías estar acostumbrándote a mis caprichos.
Ethan se colocó frente a ella, bloqueando la vista de cualquier otra persona en el salón. Su fragancia —sándalo, cuero y un toque de tabaco— la envolvió. Le arrebató la copa de la mano con un movimiento tan rápido que ella ni siquiera pudo reaccionar, y se la entregó a un guardaespaldas que pasaba.
—Tu padre te está buscando para las fotos oficiales —dijo Ethan, su tono era una advertencia vibrante—. Y yo no tengo tiempo para jugar al gato y al ratón contigo hoy. He tenido tres reuniones de junta y un intento de sabotaje en el muelle. Pórtate bien.
Elena soltó una risa seca, cruzando los brazos sobre su vestido de seda color esmeralda.
—Oh, pobre Ethan. El mundo es tan pesado, ¿verdad? Tal vez si dejaras de intentar controlarlo todo, podrías divertirte un poco. O tal vez tienes miedo de que, si me sueltas un segundo, me dé cuenta de que hay hombres mucho más interesantes que un robot de negocios.
Ethan dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal hasta que los pechos de ella rozaron la solapa de su traje. Su mirada bajó a los labios de Elena por un segundo antes de volver a sus ojos. La tensión era eléctrica, una mezcla de odio adolescente y una atracción física que empezaba a ser insoportable.
—No hay nadie más interesante para ti, Elena —susurró él, su voz era un gruñido bajo—. Porque nadie más te conoce como yo. Nadie más sabe que lloras cuando lees poesía a escondidas, o que odias el sabor del caviar aunque pretendas que te gusta. Eres mía desde que tenías cuatro años. Métetelo en la cabeza.
Elena sintió que el corazón le latía con fuerza en la garganta. Odiaba cómo él la desarmaba con una sola frase.
—Soy un contrato para ti, Ethan. Nada más.
—Si fueras solo un contrato, ya te habría vendido por una participación mayoritaria en el Consorcio —respondió él fríamente, aunque sus ojos decían lo contrario—. Ahora, camina. El fotógrafo espera.
Seis meses después, Ethan ya cursaba su primer año de Administración de Empresas en la universidad más prestigiosa de la ciudad, una institución privada donde solo los herederos de las 100 familias más ricas tenían acceso. Elena estaba en su último año de bachillerato internacional en el mismo campus.
Esa tarde, Elena estaba en la cafetería con sus amigas, riendo, cuando un estudiante de tercer año, Dante Ricci, conocido por su reputación de mujeriego y por ser el hijo de un rival menor de los Valerius, se acercó a ella.
—Elena, hermosa —dijo Dante, apoyándose en la mesa—. He organizado una fiesta en mi casa del lago este fin de semana. No acepto un no por respuesta. Necesitamos a la reina de los Valerius allí.
Elena, que ese día se sentía especialmente asfixiada por la vigilancia de Ethan, decidió jugar con fuego.
—Tal vez vaya, Dante. Me vendría bien un poco de aire fresco fuera de esta burbuja.
Dante sonrió, alargando la mano para acariciar un mechón de su cabello rubio.
—Excelente. Te recogeré a las ocho…
No terminó la frase. Una mano enguantada en cuero —Ethan siempre usaba guantes para conducir su deportivo— se cerró alrededor de la muñeca de Dante con la fuerza de una prensa hidráulica.
Ethan estaba allí. No llevaba traje esa vez, sino una chaqueta de cuero negra y jeans oscuros, viéndose peligrosamente atractivo y letal. Detrás de él, dos de sus guardaespaldas personales, Leo y Marco (dos hombres de casi dos metros con rostros de piedra), permanecían en posición de guardia.
—Suéltala, Ricci —dijo Ethan. Su voz no era alta, pero el comedor entero se quedó en silencio.
—Steelwood, relájate —balbuceó Dante, intentando soltarse—. Solo la estaba invitando a una fiesta. No eres su dueño… todavía.
Ethan torció la muñeca de Dante un poco más, obligándolo a inclinarse de dolor.
—Te equivocas. Soy su dueño desde antes de que tú aprendieras a mentir. Si vuelves a tocar un solo cabello de su cabeza, me aseguraré de que la empresa de tu padre sea liquidada antes del lunes por la mañana. ¿Fui claro?
Dante asintió frenéticamente, el sudor frío bajando por su frente. Ethan lo soltó como si fuera basura. El chico salió huyendo de la cafetería sin mirar atrás.
Elena se levantó, furiosa.
—¡¿Cómo te atreves?! ¡Me avergonzaste frente a todos! No soy una propiedad que puedas defender como si fuera un territorio.
Ethan se giró hacia ella. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre por la rabia contenida. Ignoró a las amigas de Elena y la tomó del brazo, arrastrándola hacia la salida.