Un matrimonio por contrato. Dos años. Cero sentimientos. Esa era la cláusula.
Elvira Vasconcelos dirige urgencias de madrugada, ignora su propia anemia y tiene un apellido que ya no abre puertas, solo pesa. Su abuela, desde lejos, no la deja en paz con una promesa antigua entre dos viejas amigas: que la nieta de una se casara con el nieto de la otra.
Ramiro Junqueira lleva solo un imperio de soya, ganado y café, habla lo estrictamente necesario y no sabe cómo llenar el hueco que ve en el dibujo de su hija de seis años: en la hoja de Sancha, la familia siempre está incompleta.
Ella necesita que su abuela deje de recibir pretendientes. Él necesita una esposa que no quiera quedarse con su vida. Se citan en un café, sin ilusiones, y salen con un acuerdo firmado: separación total de bienes, cuartos separados, discreción absoluta y una sola regla de honestidad: si alguno siente algo, avisa.
Pero Sancha no se deja engañar con facilidad. La fiebre de una madrugada, un yogur de fresa con letrero de advertencia y un poni llamado Biju empiezan a desordenar un contrato que parecía impecable. Y la doctora que nunca monta, nunca canta y nunca habla de su pasado esconde una caja con cinta reforzada, un nombre de caballo que no pronuncia y una vida entera que el hacendado apenas empieza a descubrir.
Entre cenas de gala que se vuelven emergencias, ex que regresan, suegras que miden de arriba abajo y una familia que se elige poco a poco, Elvira y Ramiro tendrán que decidir qué hacer con la cláusula que nadie quiso escribir.
¿Puede un matrimonio firmado para no sentir nada convertirse en el único lugar donde dos personas cansadas de cargar solas por fin se quedan?
Romance de contrato, corazones que aprenden despacio y una familia que nadie planeó… pero que nadie quiere perder.
NovelToon tiene autorización de Autora Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Capítulo 24
POV de Elvira
Contesté en la terraza, lejos de Sancha, con la puerta cerrada a mis espaldas.
—¿Elvira? Soy Marina. Ramiro me pasó tu número, espero que no haya problema.
—No. Hola, Marina.
—Voy a Brasil la semana que viene. Tengo que arreglar un documento de Sancha, y hace tiempo que no la veo en persona. Quería acordar un almuerzo.
—A Sancha le va a gustar. Pregunta por ti.
—¿Pregunta? —Hubo una pausa corta—. Qué bueno. Y, mira, yo también quería conocerte. Ya que eres tú quien está con mi hija todos los días.
No había veneno en la frase. Había otra cosa, más difícil de responder que el veneno.
—Claro. Lo acordamos. Tú eliges el lugar, yo me organizo con la guardia.
—Hecho. Gracias, Elvira. De verdad.
El almuerzo fue en un restaurante de mantel blanco que escogió Marina. En persona es más hermosa y más fría que en la pantalla. Llegó puntual, con un regalo caro envuelto en un listón perfecto. Sancha lo abrió, agradeció a medias y olvidó el juguete en la silla en diez minutos.
—¿No te gustó? —preguntó Marina.
—Sí me gustó. —Sancha ya miraba el menú de postres—. ¿Hay helado aquí?
—Hay. Después de la comida.
—Listo. —Sancha cerró el tema del regalo, y Marina se lo tragó con elegancia, como quien ya lo esperaba.
—Creciste —le dijo Marina a la niña—. Ya me llegas a la cintura.
—Ahora monto en poni. Y en el caballo grande ya se subió la tía Elvira, ella vuela. Cero faltas, dijo Cláudio.
—¿Qué es eso de cero faltas?
—Es de caballos. Tú no sabes. —Sancha volvió a su dibujo, sin maldad, como los niños desechan lo que no les interesa.
Marina me miró y, mientras Sancha dibujaba en la servilleta, fue directo al punto.
—Eres médica de urgencias. Rutina pesada para cuidar a una niña.
—Nos organizamos. Yo cambio guardias, Ramiro sostiene lo demás, está la hacienda.
—Yo no logré organizarme. Por eso no lo intenté. —Lo dijo sin culpa, como quien informa un hecho—. Me pareció más honesto no empezar que empezar y dejar. No juzgo a quien puede.
—Yo no juzgo a quien no quiso. Cada una sabe lo que aguanta.
—La mayoría juzga.
—La mayoría no trabaja donde yo trabajo. He visto todo tipo de madres. Quedarse no es virtud automática.
Me estuvo midiendo un rato, con el tenedor detenido, y al final asintió, como quien cierra una cuenta que estaba abierta.
—¿Cómo te llama Sancha?
—Tía. Ella sabe quién es su madre. Eso nunca te lo quitaría.
—Podrías. Estando aquí todos los días, podrías.
—Podría. Pero no es mío para quitarlo. —Bebí un trago de agua—. Ella tiene derecho a saber de dónde viene. Yo no voy a borrar eso para que quepa en una historia que me resulte más fácil.
—Eres directa.
—Soy médica. No tenemos tiempo para rodeos.
—Yo también. —Marina ladeó la cabeza, estudiándome de nuevo—. Quizá nos entendamos mejor de lo que esperaba. Vine preparada para que no me cayeras bien.
—¿Y?
—Y no va a funcionar. No me diste motivo.
Marina no respondió de inmediato. Pasado un rato, cambió de tema y preguntó por la escuela, por las calificaciones, si Sancha dormía bien, si comía bien. Preguntas de quien quiere el boletín, no de quien quiere a la hija. Preguntas desde lejos.
—Duerme bien —respondí—. Come mal, pero eso es de familia, parece.
—De la mía no. —Marina casi sonrió—. Yo como de todo.
—Entonces es del lado de Ramiro.
Lo dejó pasar. Y Sancha, en medio del postre, sin pensar, sin elegir, se volvió hacia mí.
—Tía Elvira, ¿puedo comerme el postre entero?
A mí. Frente a su madre. No fue para herir a nadie, fue solo el reflejo de a quién busca cuando quiere algo. Marina lo vio. No cambió de cara. Pero lo vio, y yo la vi verlo.
—Puedes comer la mitad —respondí bajito, y jalé el resto hacia mi plato, para no hacer una escena, para quitarle el peso a la mesa.
—¿Solo la mitad? ¿Mamá Marina me deja entero?
—Mamá Marina es visita hoy. Las visitas malcrían. Yo soy la que se queda con la cuenta del azúcar después.
Marina se rió de verdad esta vez, una risa corta.
—No te hace caso, la verdad.
—No. Es terca.
Al final del almuerzo, Marina se agachó para despedirse de su hija, le dio un beso medio torpe en la mejilla, y Sancha le correspondió igual, torcida, educada. Dos personas que se quieren y no saben practicarlo.
Cuando Sancha vio la pecera grande al fondo del restaurante y corrió hacia allá jalando a Ramiro de la mano, empecé a juntar mis cosas para ir tras ellos. Marina detuvo a Ramiro antes, con la mano en su brazo, y habló bajo, con una voz que yo no debía oír y oí porque todavía estaba cerca de la mesa.
—Ramiro. Tenemos que hablar. Sobre Sancha, hay papeles que firmar. —Una pausa corta, medida—. Y sobre nosotros dos.