Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 14 — Entre verdades y secretos
La mañana comenzó tranquila en Ravenshire.
El cielo estaba despejado.
Las flores del invernadero brillaban bajo la luz dorada del sol.
Pero Ethan no lograba concentrarse.
Ya había tirado dos herramientas.
Había olvidado un encargo.
Y había regado la misma planta tres veces.
—Bien.
Clara se cruzó de brazos.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Mentira.
—No es mentira.
—Ethan.
—Clara.
Ella señaló una maceta.
—A esa flor le echaste agua tres veces.
Ethan miró la maceta.
Luego a la regadera que tenía en la mano.
—Ah.
—Exacto.
Clara entrecerró los ojos.
—Estás pensando en alguien.
—No estoy pensando en nadie.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
—Deberían formar un club.
—¿Qué club?
—El club de las personas que insisten en inventarme romances.
Clara sonrió de oreja a oreja.
—Entonces sí hay alguien.
—No hay nadie.
—Sí hay.
—No.
—Sí hay.
Ethan dejó de discutir.
Porque era evidente que aquella conversación no tendría fin.
En realidad, Clara no andaba del todo equivocada.
Había alguien ocupando sus pensamientos.
O por lo menos una idea.
Un nombre.
Una fantasía que debió haberse quedado en simple mentira.
Kang Min-Jae.
Cuantas más cartas escribía, más real le parecía.
Y eso era peligroso.
Porque Ethan sabía que se estaba apegando.
A alguien que no existía.
O al menos eso creía.
Esa tarde, mientras ordenaba documentos antiguos de la familia, encontró un pequeño álbum de fotografías.
Se sentó junto a la ventana.
Empezó a hojearlo despacio.
Había imágenes de sus padres.
De sus abuelos.
De cumpleaños.
Viajes.
Momentos felices.
Momentos sencillos.
Entonces encontró una fotografía suya.
Debía de tener unos ocho años.
Estaba cubierto de tierra.
Sosteniendo un esqueje de rosa.
Y sonriendo a la cámara.
Ethan empezó a reír.
—De verdad era raro.
Pero al mirar aquella fotografía, sintió algo distinto.
Nostalgia.
No solo de sus padres.
Sino de aquella época.
Cuando todo parecía más simple.
Cuando el futuro no parecía una prisión.
Cuando nadie hablaba de matrimonios.
Responsabilidades.
Expectativas.
Solo flores.
Libros.
Y sueños.
Esa noche se sentó frente al escritorio.
Como siempre.
Pero esta vez se quedó varios minutos mirando el papel.
Pensativo.
Luego empezó a escribir.
Querido capitán Kang Min-Jae,
La tinta corrió despacio.
Hoy encontré una fotografía mía de cuando era niño.
Contó lo del álbum.
Los recuerdos.
Sus padres.
Las flores.
Cuánto extrañaba la sencillez de aquella época.
La carta quedó más larga de lo normal.
Más personal.
Más sincera.
Ethan habló de cosas que nunca le había contado a nadie.
Sus miedos.
Sus inseguridades.
Sus sueños.
Incluso del deseo secreto de recorrer el mundo.
Quizá soy un cobarde.
Se detuvo.
Luego continuó.
Porque paso tanto tiempo soñando con lugares lejanos que a veces me olvido de vivir donde estoy.
El silencio llenó el cuarto.
Solo se movía la pluma.
Entonces escribió algo que le aceleró el corazón.
Si fueras real, creo que me gustaría hablar contigo.
Se puso rojo al instante.
—Cielos...
Pero no lo borró.
Dobló la carta a toda prisa.
Antes de que el valor se esfumara.
Dos semanas después...
En Corea del Sur.
Min-Jae recibió el sobre al final de su jornada.
Ya no ocultaba su expectativa.
Ni de sí mismo.
Ni de Ji-Ho.
Tomó la carta.
La llevó a casa.
Preparó café.
Se sentó junto a la ventana.
Y empezó a leer.
Con cada línea sentía a Ethan más cerca.
Más real.
Más presente.
Como si pudiera oírlo.
Como si estuviera sentado frente a él.
Contándole esas historias en persona.
Entonces llegó al final.
Si fueras real, creo que me gustaría hablar contigo.
Min-Jae se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
El corazón le latía con fuerza.
Con mucha fuerza.
Cerró los ojos despacio.
Porque no sabía qué hacer con aquello.
No sabía cómo lidiar con el hecho de que Ethan quisiera conocer a alguien que ya existía.
Alguien que estaba leyendo esas palabras en ese preciso instante.
Alguien que pensaba en él todos los días.
A la mañana siguiente, Min-Jae recibió otra noticia.
Los preparativos para la misión habían comenzado oficialmente.
Documentación.
Cronogramas.
Entrenamientos.
Todo avanzaba con rapidez.
El viaje había dejado de ser una posibilidad.
Ahora era una certeza.
Dentro de pocas semanas pisaría Britania.
La misma ciudad de Ethan.
Ji-Ho apareció casi de inmediato.
Como si tuviera algún tipo de radar para los acontecimientos importantes.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Cuándo piensas encontrarte con él?
—No pienso hacerlo.
Ji-Ho empezó a reír.
—Claro.
—Hablo en serio.
—Claro.
—Ji-Ho.
—Min-Jae.
—Quizá ni siquiera quiera conocerme.
El beta guardó silencio.
Luego respondió:
—Por la cantidad de cartas que me has obligado a escuchar, creo que ese es el menor de tus problemas.
Min-Jae no pudo evitar una sonrisa.
Pero cuando Ji-Ho se fue, volvió a mirar la carta.
A aquella última frase.
Y por primera vez empezó a imaginar algo.
No solo encontrar a Ethan.
Sino contarle la verdad.
Explicarlo todo.
Revelarle que el capitán imaginario siempre había sido real.
Era una idea aterradora.
Pero también imposible de abandonar.