Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 15
Tú decides, Camila
Camila llegó a Aurelle con el vestido del día anterior y sin celular.
Había dormido tres horas mal contadas. Despertar en el coche de Max, con la mejilla marcada por la costura del asiento y el edificio de Iztapalapa al otro lado del vidrio, ya había sido bastante vergüenza para una vida entera; subir a su cuarto de puntitas, a las tantas de la noche, para que la vecina no la oyera, había sido el segundo acto. No tuvo cabeza para lavar el vestido ni ganas de ponerse otra cosa. Se bañó con agua tibia peleada con el boiler, se recogió el pelo, y se lo volvió a poner porque era lo único decente que tenía colgado.
El vestido era el problema menor y el más visible. Era el que Maximiliano le había hecho comprar para entrar a Montealto, uno de esos que cuestan lo que ella ganaba en un mes, de corte tan limpio que no había forma de disimularlo entre las blusas de outlet del resto del departamento. En cuanto cruzó la puerta de vidrio, las cabezas se voltearon.
—No manches, ¿y ese vestidazo? —Daniela se le acercó con los ojos redondos, entre la admiración y el chisme—. Camila, eso no es de tianguis.
—Es imitación —dijo Camila, y se sorprendió de lo rápido que le salió la mentira—. Lo vi en un puesto de Tepito. Trescientos pesos. Buena copia, ¿verdad?
—Pues muy buena copia. —Daniela no le creyó del todo, pero lo dejó pasar.
Brenda no lo dejó pasar. Se levantó de su lugar con esa sonrisa de quien lleva horas afilando algo, y habló lo bastante fuerte para que la oyera medio departamento.
—Ay, sí, de Tepito. —Se cruzó de brazos—. A mí me late que a alguien ya le salió un patrocinador. Vestidos, celulares… Se ve que hay quien no llega a las cosas trabajando, ¿verdad, Camila?
Un par de risitas por lo bajo. Camila apretó la carpeta contra el pecho y no le dio el gusto de contestar. No valía la pena. Se sentó, prendió la computadora y fingió revisar correos que no podía revisar bien porque tenía la cabeza en otra parte: en la parada de anoche, en el hombro contra el que se había quedado dormida, en la vergüenza de haberse despertado en el coche de él sin acordarse de bajar.
Y sin el teléfono. Se había ido y lo había dejado. Ahora no tenía cómo hablarle a Fernanda, ni cómo comprobar la hora sin voltear al reloj de la pared.
Brenda no había terminado. Volvió a la carga a media mañana, esta vez apoyada en el borde de su escritorio, saboreando cada palabra.
—Por cierto. El licenciado Beltrán ya decidió quién lo acompaña hoy al Camino Imperial a cerrar con Green. —Ladeó la cabeza—. Voy yo. Sola. Así que la comisión y la plaza de planta… pues ya sabes. Se quedan donde se tienen que quedar. No es nada personal, Camila. Es que unas sabemos movernos.
Camila levantó la vista de la pantalla.
El trato con Green lo había armado ella. Las noches de traducir fichas técnicas en su cuartito, con el diccionario abierto y el celular pegado a la oreja; las llamadas en inglés a deshoras por la diferencia de horario; el acercamiento con Kendra, que había pedido trabajar con ella y con nadie más. Todo eso lo había cargado ella, sin cobrar una hora extra, con la promesa de que si el trato salía bien la pasaban a planta. Que ahora se lo entregaran en bandeja a Brenda, con comisión y plaza fija incluidas, mientras a ella la corrían a berrinches, le revolvió algo por dentro que ya no supo callar.
—No le hagas caso —le murmuró Daniela, apretándole el brazo por debajo del escritorio—. Todos sabemos de quién es ese proyecto. Todos.
Pero "todos" no firmaban nóminas. El que firmaba era Beltrán.
Se levantó y caminó a la oficina de Beltrán.
Tocó y entró sin esperar el pase. El gerente estaba reclinado en su silla, con la corbata floja y el celular en la mano, y al verla entrar algo se le acomodó en la cara, una satisfacción aceitosa que ella tardó un segundo de más en reconocer.
—Señorita Fuentes. —Dejó el teléfono boca abajo—. Qué bueno que viene. Justo iba a mandarla llamar.
—Licenciado, el trato con Green lo trabajé yo —dijo Camila, de pie, sin rodeos—. Las fichas, las traducciones, el contacto con la representante. Todo. Y ahora resulta que va Brenda a firmar y se lleva la comisión. Eso no es justo y usted lo sabe.
—Justo. —Beltrán saboreó la palabra como si le hiciera gracia. Se levantó, rodeó el escritorio sin prisa—. Mire, en esta empresa lo justo no es lo que uno hace. Es lo que uno está dispuesto a dar. Brenda entendió eso rapidito.
—No entiendo.
—Sí entiende. —Se acercó un paso. El perfume dulzón lo precedía—. Usted es lista, señorita Fuentes. Lista y bonita, mala combinación para quedarse pobre. ¿Sabe cuántas muchachas como usted entran a prueba cada año y salen a los tres meses sin nada? Docenas. Y no salen porque no sirvan. Salen porque no entienden cómo funciona esto. —Sonrió—. Brenda sí entendió. Anoche me acompañó a cenar. Nada del otro mundo. Fue amable conmigo. Y por eso hoy va ella, con su comisión y su plancita. —Bajó la voz, la hizo íntima, y a Camila se le heló la sangre—. Pero mire, yo soy un hombre generoso. Usted también puede ir. La comisión, la planta, todo se le puede acomodar igualito. Nada más… acompáñeme usted esta noche. Sea amable conmigo. Y mañana la que firma con Green es usted.
Le puso una mano en la cintura.
Camila se apartó de un giro, tan brusco que golpeó la esquina del escritorio con la cadera y ni lo sintió. El corazón le latía en la garganta, entre el asco y una furia que le temblaba en las manos.
—No —dijo, y la voz le salió firme aunque por dentro fuera un temblor—. No voy a acompañarlo a ningún lado. Ni esta noche ni ninguna. Prefiero quedarme sin comisión y sin planta que… que eso.
La cara de Beltrán se descompuso. La generosidad aceitosa se le cayó de golpe y debajo quedó otra cosa, más fea.
—¿Que eso? —Repitió despacio—. Óigame bien, señorita dignidad. Aquí ni siquiera es de planta. Está a prueba. Una firma mía y mañana no tiene ni escritorio. —Volvió a acercarse, arrinconándola contra el mueble, y le habló pegado, envenenado de paciencia—. Así que piénselo bien. La comisión, la plaza, el sueldo de todo un año… o la calle. Yo se lo pongo facilito.
Alargó otra vez la mano hacia ella, sin prisa, como quien ya se sabe dueño de la respuesta.
—Tú decides, Camila.