n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 11
Capítulo 11. La acompañante de su tío
—Ella…
Adrián estaba pensando cómo presentarla.
—Señor Valdés, se olvidó de entrar conmigo. Soy su acompañante —dijo Lucía desde donde la habían detenido, con una expresión de fingida tristeza.
Adrián alzó una ceja.
¿Su acompañante?
—Déjenla pasar —ordenó Augusto.
Sus ojos, algo nublados por la edad pero todavía penetrantes, examinaron a Lucía. En todos esos años no había visto a ninguna mujer al lado de su hijo. ¿Sería ella la excepción?
Una vez que la dejaron entrar, Lucía se armó de valor y se acercó con una sonrisa, procurando mostrarse tranquila y segura.
—Buenas noches, señor presidente.
Lo saludó con educación. La insistencia con que él la estudiaba la ponía nerviosa.
Al volver los ojos, encontró la mirada helada de Adrián clavada en ella. El corazón le dio un salto. Apartó la vista enseguida, sin atreverse a sostenerle la mirada.
¿Se habría enojado?
—Adrián, ¿ella es tu acompañante? —preguntó Augusto, mirando a su hijo, que seguía en silencio.
Adrián no dejaba de observarla. No respondió. El aire entre los tres pareció volverse más denso, opresivo.
A Lucía se le subió el corazón a la garganta. La mirada de él le ponía los nervios de punta.
¿Y si lo negaba? ¿Sería mejor olvidarse de todo y entrar al hotel por la fuerza?
No. Si hacía eso, la tomarían por una alborotadora y la echarían enseguida.
Solo le quedaba aferrarse a Adrián. Tenía que conseguir ser su acompañante.
Se atrevió a enlazar su brazo con el de él y sonrió con dulzura.
—Me llamo Lucía Herrera. El señor Valdés me pidió que lo acompañara esta noche.
El corazón le retumbaba. Ni ella misma sabía de dónde había sacado el valor para decirle aquello a Augusto.
Al terminar, alzó la vista y se encontró con la mirada intensa de Adrián. Se sintió al descubierto.
No tenía ninguna certeza. Si él la apartaba, el problema sería mucho peor que pasar vergüenza.
Adrián entrecerró los ojos con interés, contemplando aquella sonrisa radiante.
¿Qué se traía entre manos?
En ese momento, Nicolás salió a recibir a los invitados. Al verlos, se acercó a grandes pasos.
—Abuelo, ya llegaste.
Se volvió hacia su tío y vio a la mujer a su lado.
¡Lucía!
Las pupilas se le contrajeron.
Se quedó mirando la mano de ella enlazada al brazo de Adrián.
Maldita fuera. ¿Cuándo había conseguido enredarse con su tío?
—Tío, ¿qué hace ella aquí? —preguntó, mirando a Lucía con frialdad.
Augusto se adelantó, desconcertado.
—¿Tú también conoces a la acompañante de tu tío?
—¿Acompañante? —Nicolás alzó la voz.
¿Por qué su tío la habría elegido a ella?
¡Seguro que aquella descarada había usado sus artimañas para engañarlo!
—Señor Nicolás, me enteré de que hoy celebra su aniversario de bodas. Vine a felicitarlo.
Lucía sonreía, pero tenía los ojos helados.
Las palabras del doctor Cárdenas le cruzaron la mente. Nicolás había ordenado que dejaran de atender a su padre.
Sin darse cuenta, apretó el brazo de Adrián. La furia le afloró en los ojos, imposible de contener.
Él notó el cambio. Al bajar la mirada, alcanzó a ver aquella expresión de rabia fría. Empezó a preguntarse si lo que ella sentía por su sobrino era algo más que simple odio.
—Ja… Pues muchas gracias —respondió Nicolás, casi entre dientes.
—¿Ya podemos entrar?
Lucía contuvo enseguida la rabia. Sonrió y se arrimó a Adrián, sin apartar los ojos de Nicolás.
Él cerró los puños. No era el lugar para armar un escándalo, mucho menos delante de su abuelo.
Se tragó la furia, apartó la mirada y se dirigió a Augusto.
—Abuelo, te acompaño adentro.
Cuando los vio entrar, Lucía soltó el aire en silencio. Por suerte, Augusto no había sospechado.
Pero Adrián seguía mirándola. Ella se obligó a mantener la sonrisa.
—Señor Valdés, ¿no entramos?
Él entornó los ojos y se inclinó hacia su oído. Su voz sonó grave y profunda.
—¿Qué pretendes, eh?
Ya no podía retroceder. Tendría que jugárselo todo.
Parpadeó y lo miró.
—No le voy a mentir: soy la exnovia de su sobrino. Hoy solo vine a felicitarlo.
La mirada de él se volvió tan afilada que Lucía se tensó por dentro.
No se lo habría creído, ¿verdad?
Cuando ya pensaba que iba a llamar a los guardias para echarla, Adrián le levantó el mentón con los dedos. Le sostuvo la mirada como si pudiera leerle todos los pensamientos.
—¿Así de sencillo? —Una sonrisa burlona le curvó los labios.
Por un instante, Lucía sintió que podía perderse en aquella mirada. Por suerte, consiguió dominarse.
Reprimió el nerviosismo y le dedicó una sonrisa discreta.
—Así de sencillo.
Adrián la observó unos segundos más antes de responder, sin ninguna prisa:
—Entonces espero que esta noche cumplas bien tu papel de acompañante.
—Por supuesto —contestó ella de inmediato.
Un destello de interés apareció en los ojos de Adrián. Sabía que mentía, pero quería descubrir qué pensaba hacer.
Así que permitió que siguiera tomada de su brazo y entró con ella.
Lucía respiró aliviada para sus adentros. Fuera lo que fuera lo que él pensara, al menos había conseguido entrar.
El salón resplandecía, lujoso hasta el último detalle. Entre vestidos elegantes y perfumes se movían numerosos invitados.
—Papá, vaya despacio.
Beatriz Molina se acercó con una sonrisa para recibir a Augusto. Después se volvió hacia su hijo.
—Nicolás, ve con Natalia. Ahora que está embarazada, no debería estar sola.
—Abuelo.
Natalia se había acercado por su cuenta. Llevaba un vestido de alta costura que le daba un aire de gran dama.
—¿También vino el tío Adrián?
Había visto al hombre de expresión fría que entraba unos pasos detrás.
Pero entonces reparó en la mujer que iba a su lado. La sonrisa se le quedó congelada.
¿Esa era… Lucía?