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En Todo Mi Esplendor

En Todo Mi Esplendor

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Venganza / Completas
Popularitas:6.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.

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capitulo 1: Lo que vales

El departamento olía a encierro, a café recalentado de hacía días y a ese vaho acre del alcohol barato que solo consumen los hombres que han decidido renunciar a sí mismos. Las persianas estaban bajas, sellando el mundo exterior como si la luz del sol fuera un insulto personal.

En medio de la penumbra, Eric permanecía tirado en un sillón raído, con la mirada fija en una grieta del techo. Tenía la barba descuidada de varias semanas, la camisa manchada y los ojos enrojecidos, hinchados por el insomnio y la rabia contenida. Hacía un año exacto que Patricia, la mujer a la que le había dedicado cada latido de su juventud, se había marchado con una maleta repleta de vestidos finos y un desprecio impecable.

«Nunca vas a ser nadie, Eric. No tienes ambición, no tienes dinero y me aburres», habían sido sus últimas palabras antes de subirse al descapotable de aquel empresario que le triplicaba la edad.

Desde entonces, el mundo de Eric se había reducido a esas cuatro paredes y al eco implacable de esa sentencia. Había dejado de asistir a las últimas materias de la facultad, había desatendido las pasantías y el timbre del teléfono sonaba en vano con llamadas preocupadas de su madre y de Julián. Para él, la vida se había detenido; simplemente aguardaba que el tiempo terminara de pasarle por encima.

El sonido rotundo de unos nudillos golpeando la puerta de madera quebró el silencio espeso. Eric ni pestañeó.

La puerta no tardó en abrirse. Había olvidado pasar la llave dos días atrás.

Un haz de luz clara y limpia cortó la oscuridad de la sala. Con él entró una ráfaga de aire fresco y el aroma inconfundible de jazmines y lluvia. Aurora cruzó el umbral cargando dos carpetas pesadas y una bolsa de tela. Llevaba el impermeable húmedo, el cabello oscuro atado en una coleta prolija y una determinación en el rostro que no admitía vacilaciones.

—Te dije que no vinieras más, Aurora —dijo Eric, con la voz rasposa, gastada de tanto silencio—. No hay nada que ver aquí. Déjame en paz.

Aurora no se detuvo a discutir. Caminó con paso firme hasta el ventanal y, de un solo tirón enérgico, abrió las persianas de par en par. La resolana del mediodía inundó la habitación, obligando a Eric a cubrirse el rostro con un quejido de queja infantil.

—Tienes tres semanas para rendir el examen final de Derecho Civil y presentar tu tesis de grado —afirmó ella, dejando las carpetas sobre la mesa ratona y apartando con la punta del pie dos botellas vacías de cerveza—. Los profesores no te van a esperar eternamente, y la universidad no regala títulos por pena.

—¡Que se vayan al demonio los profesores, el título y todo lo demás! —estalló Eric, incorporándose con torpeza, los puños crispados y la respiración agitada—. ¿No te entra en la cabeza? ¡No me importa nada! Patricia tenía razón: no sirvo para esto. Todo lo que planeé, todo lo que soñé… se fue con ella. No me queda nada por lo que valga la pena pelear. Si quiero hundirme, es asunto mío.

Aurora se detuvo frente a él. No había en sus ojos castaños ni un destello de compasión condescendiente, solo una entereza que desconcertaba. Lo miró de arriba abajo, sin retroceder un solo centímetro a pesar de la furia desbordada de Eric.

—¿De verdad crees que estás sufriendo por amor? —preguntó ella, con una calma gélida que caló más hondo que cualquier grito—. Estás sufriendo por orgullo herido, Eric. Y lo peor de todo es que le estás dando la razón. Cada día que pasas tirado en esta mugre, compadeciéndote y deseando desaparecer, le estás firmando a Patricia un certificado donde declaras que eres exactamente el perdedor que ella dijo que eras.

Eric abrió la boca para replicar, dolido hasta el tuétano, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—Ella siguió con su vida al día siguiente —continuó Aurora, dando un paso más hacia él y clavándole la mirada—. No está llorando en una habitación a oscuras. Está viviendo, comprando, riendo. ¿Y tú qué haces? ¿Morirte en vida? Morir y no demostrar lo que vales no tiene ningún sentido. No es romántico, Eric. Es cobarde.

El silencio que siguió fue atronador. Las palabras de Aurora no fueron un bálsamo suave, sino un corte certero que abrió la costra de su apatía. Eric apretó la mandíbula, sintiendo que los ojos le ardían de impotencia, pero por primera vez en un año no era dolor por Patricia: era vergüenza. Vergüenza ante esa mujer que estaba allí de pie, intacta, desafiándolo a ponerse a su altura.

—¿Por qué te importa tanto? —murmuró él, bajando los hombros en una derrota casi dócil—. Ni siquiera somos tan cercanos. Solo compartíamos un grupo de estudio.

—Porque conozco tu mente cuando estás lúcido. Porque sé el esfuerzo que hiciste para llegar hasta el último año, y porque detesto ver a alguien con talento arrodillarse ante quien no supo valorarlo —respondió ella, suavizando apenas el tono de su voz mientras sacaba un termo con sopa caliente y un cuaderno de notas de su bolsa—. Ve a darte una ducha decente. Tírate agua fría en la cabeza. Yo voy a preparar café y a ordenar los fallos que tienes que memorizar para el jueves.

Eric se quedó mirándola unos segundos, atónito. Había una fuerza luminosa en Aurora, una calidez práctica y terrenal que contrastaba brutalmente con los caprichos etéreos y demandantes que siempre habían definido su relación con Patricia. Por primera vez en meses, sintió que el aire no le pesaba en el pecho.

Esa tarde, el departamento de Eric volvió a ventilarse. Mientras el vapor de la cafetera llenaba la cocina y Aurora tachaba apuntes con un marcador fluorescente, Eric se sentó frente a ella con el cabello aún húmedo y las manos temblorosas sobre el papel. Cada vez que él flaqueaba, ella le devolvía el foco con una sonrisa tenue y una exigencia firme: «Otra vez. Lee el artículo completo».

Al caer la noche, exhausto pero con la mente finalmente despejada de fantasmas, Eric observó de reojo a Aurora mientras ella guardaba sus lápices en el bolso. Tenía la frente marcada por el cansancio, pero sus ojos brillaban con la satisfacción de haber arrancado a un hombre del fango con sus propias manos.

—Gracias, Aurora —dijo él, con una honestidad que le nació desde lo más profundo del pecho—. De verdad. Nadie se había quedado a soportar esto.

Ella le sonrió, colocándose el impermeable:

—Demuéstralo aprobando el examen. El agradecimiento se muestra viviendo, no dando las gracias.

Eric la vio marcharse por el pasillo iluminado. En ese instante, con el eco de sus pasos perdiéndose en la escalera, creyó sentir cómo su corazón volvía a latir después de un largo invierno. Creyó ver en Aurora a su salvación, a su refugio y a la mujer con la que reconstruiría su destino.

No imaginaba que, años más tarde, las mismas palabras implacables que ella usó para salvarlo de las sombras serían el arma con la que Aurora firmaría su propia sentencia cuando él decidiera traicionarla.

1
Wendy Borges
verdugo no pide clemencia
Wendy Borges
que hombre tan patético
Lilito_lili
Impecable..
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