Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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Lo que nadie sabía
Estrella lo miró fijo, con los ojos brillantes de rabia contenida y dolor profundo, y alzó la voz por primera vez frente a él:
—Tú… tú no sabes nada de mi vida. No sabes quién soy realmente, ni lo que llevé dentro, ni lo que pude haber sido si las cosas hubieran sido distintas.
Serafín la miró con esa media sonrisa burlona que solía poner, como si nada de lo que ella decía pudiera sorprenderlo.
—Claro que lo sé —respondió con ligereza—. Eres una sacerdotisa engreída que se cree mejor que todos los demás, criada entre muros blancos, oraciones y reglas absurdas, en un templo lleno de fanáticos que te llenaron la cabeza de historias sin sentido. ¿Qué más hay que saber?
Estrella bajó la mirada un instante, apretando los labios hasta ponérselos blancos, y luego habló bajito pero con una firmeza que lo detuvo en seco:
—No… no es así. Soy huérfana desde que apenas aprendía a sostenerme en pie. Solo tuve a mi madre: una mujer sencilla, fuerte, todo lo que tenía en este mundo. Mi padre se fue el mismo día en que yo nací, sin mirar atrás siquiera. Vivíamos lejos de todo, en una casita pequeña entre los campos. Nunca sobró nada, muchas veces pasábamos hambre… pero me tenía a ella, y eso bastaba. Hasta que llegó la peste. Cayó sobre nuestro pueblo entero sin avisar. Mi madre enfermó y murió en mis brazos. Y yo… me quedé completamente sola. Mendigué por los caminos, me escondí de la gente, robaba un trozo de pan cuando no tenía otra opción… hacía cualquier cosa para no morir. Así anduve perdida un año entero, sin techo, sin nombre que recordar, sin nadie que me mirara siquiera. Hasta que aparecieron ellos: los del Templo. Repartían comida a los niños que quedaban solos. Uno me observó largo rato mientras devoraba un pedazo de pan como si fuera el último manjar de la tierra… y me dijo que veía en mí algo distinto, algo especial. Me invitó a irme con ellos. ¿Te parece difícil elegir? Entrar a un lugar donde al menos no pasaría hambre… o seguir tirada en el lodo esperando morir. No hubo elección difícil, Serafín. Solo había una opción.
Levantó entonces la cabeza, lo miró de frente a los ojos, sin miedo, sin bajar la mirada como hacía siempre:
—Yo no soy como tú. Tú eres hijo de emperadores, príncipe de todo lo que ves, nacido con todo servido en bandeja de oro. Puedes tomar lo que quieras, irte donde quieras, incluso venir y llevarte a una humilde novicia como si fuera una cosa más de tu colección…
Se secó bruscamente las lágrimas con el borde de su vestido, sin dejar que se quebrantara del todo, y terminó con una voz que le atravesó el pecho como una flecha:
—Pero hay algo que yo tengo… y tú nunca tendrás. Yo sí sé lo que es perderlo todo y ponerse de pie igual. Yo sí sé lo que es no tener nada y seguir adelante. Tú eres el niño mimado que nunca le faltó nada… ¿de dónde vas a sacar esa fuerza? ¿De tus títulos? ¿De tu oro? Eso no sirve cuando el mundo se te cae encima.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la habitación dejándolo solo. Serafín se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, la burla borrada por completo del rostro… y por primera vez en mucho tiempo, se quedó confundido, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Algo en su forma de verla acababa de cambiar para siempre.