¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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La exhumación de los defectos.
Capítulo 11: La exhumación de los defectos. [Presente]
Me despierto con el sol dándome de lleno en la cara, y por primera vez en semanas no siento el peso de la tristeza como una losa sobre el pecho. No me duele la cabeza por haber llorado ayer; al contrario, me siento extrañamente ligera, como si alguien hubiera abierto una ventana en medio de la noche y me hubiera quitado una mochila llena de piedras. El aire entra fresco, casi insolente, y me recuerda que sigo viva.Me preparo un café —cargado, como a mí me gusta y como a él le horrorizaba— y decido que hoy no voy a ser una mártir. Hoy voy a ser una jueza. El vapor de la cafetera me acaricia la cara, y mientras la espuma de leche se derrama sobre mis dedos, le doy al play. La guitarra eléctrica entra como una bofetada de realidad, como un grito que no pide permiso.Track 11.[Pasado]
—¿Otra vez esa canción, Alba? Es un poco… agresiva, ¿no crees? —Mateo la llamó “agresiva” mientras bajaba el volumen del coche con ese aire de superioridad intelectual que tanto le gustaba fingir.Él prefería el jazz suave o las bandas indies que sonaban todas iguales, como si la música fuera un fondo decorativo y no un latido. Decía que mi música era “demasiado emocional”, que me dejaba llevar por melodías que no tenían “estructura”. Esa tarde íbamos a una cena con sus amigos del máster, y yo me pasé todo el camino en silencio, sintiéndome pequeña, sintiendo que mis gritos internos molestaban su estética perfecta.Recuerdo mirarlo de reojo: su camisa perfectamente planchada, su obsesión por no dejar ni una migaja en el asiento, su forma de corregirme cuando pronunciaba mal un apellido francés. Dios, era agotador intentar estar a su altura. Mateo no quería una novia, quería un accesorio que no desafinara, alguien que encajara en su vitrina de logros.[Presente]
Canto a pleno pulmón en la cocina, usando la cuchara de madera como micrófono, y me río de mí misma. Me doy cuenta de que, durante años, edité mi propia personalidad para que él no se sintiera “abrumado”. Borré mis aristas para que él no se cortara al tocarme, y en ese proceso me convertí en una sombra de lo que era.Me río sola, con una carcajada que suena más fuerte que la guitarra. ¿Cómo pude estar tan triste por alguien que se quejaba de que yo usaba demasiados emoticonos en los mensajes? ¿Por alguien que odiaba el olor a tostadas quemadas? ¿Por alguien que pensaba que mi entusiasmo era “exagerado”?—Eras un pesado, Mateo —digo en voz alta, y la frase sabe a gloria, como un sorbo de café recién hecho.El desamor tiene una fase maravillosa: cuando el pedestal se rompe y te das cuenta de que el ídolo tenía los pies de barro, y además un gusto pésimo para los calcetines. Es liberador, casi cómico, descubrir que la persona que parecía inalcanzable era, en realidad, un cúmulo de defectos disfrazados de virtudes.Click.
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Confirmar.Quedan 31 canciones. El número aparece en la pantalla como un recordatorio de que el camino todavía es largo, pero ahora no me asusta. Por fin, me apetece desayunar. El pan cruje bajo el cuchillo, la mantequilla se derrite, y siento que cada gesto cotidiano es una victoria.Sin embargo, mientras mastico el primer bocado, me invade una certeza inquietante: borrar canciones no borra recuerdos. Y aunque hoy me siento fuerte, sé que en algún momento volverán los fantasmas. Quizás en la canción 20, quizás en la 25, habrá un acorde que me golpee más fuerte que cualquier guitarra eléctrica.El sol sigue entrando por la ventana, insolente, y yo lo dejo pasar. Porque aunque me haya prometido ser jueza, todavía no sé si estoy lista para dictar sentencia.
Respiro hondo, miro la lista de reproducción y sonrío con un desafío nuevo. No sé qué me espera en el próximo track, pero estoy segura de que no será él quien tenga la última palabra.