Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 16
Inés seguía abrazando a Lucía como si hubiera encontrado una noticia buena en medio de una semana horrible.
Lucía, en cambio, no sabía dónde poner las manos.
Mateo estaba al lado, demasiado tranquilo para alguien que acababa de decir "mamá" y de convertir a una vieja conocida de Clara en su suegra.
—No puedo creerlo —dijo Lucía.
—Yo tampoco —Inés le tomó la cara con las dos manos—. Ayer te tuve al lado dos horas comprando suéteres para mi hijo y no me dijiste nada.
—No sabía que era su hijo.
—Eso te lo perdono.
Mateo dejó una taza sobre la mesa.
—Sentate.
—No me ordenes delante de tu mamá.
Inés soltó una risa.
—Ah, me gusta. Clara siempre decía que tenías carácter.
Lucía se sentó porque las piernas no le estaban ayudando. Marta dejó café, tostadas y fruta. Inés la miraba con una alegría que daba más vergüenza que una acusación.
—Tu mamá y yo hablábamos de ustedes cuando eran chicos —dijo Inés—. Ella decía que jamás te iba a entregar a un hombre aburrido. Yo le decía que mi hijo era aburrido, pero confiable.
—Mamá.
—¿Qué? Es verdad.
Lucía miró a Mateo de reojo.
—¿Vos sabías algo de esto?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Inés apoyó la taza.
—Yo sí te conocía bien, pero como hija de Clara. Nunca imaginé que mi hijo se iba a casar sin avisar y que la esposa ibas a ser vos. Si me preguntás, me encanta. Yo siempre pensé que ustedes dos podían llevarse bien.
—No nos llevamos tan bien —dijo Lucía.
Mateo la miró.
—Nos casamos.
—Eso no prueba nada. Hay gente que se casa muy confundida.
Inés se rio otra vez, feliz, casi cómoda con el caos.
—Bueno, confundidos o no, ya está. Y a mí me vas a decir Inés si te sale, mamá si te animás y señora jamás, porque me deprime.
Lucía bajó la mirada al mantel.
—Me va a costar.
—Tenés tiempo.
Eso, dicho por Inés, sonó distinto. No era una orden. No era una prueba. Era un lugar abierto.
Mateo no habló. Solo le acercó a Lucía la taza con leche caliente, como si supiera que ella necesitaba hacer algo con las manos.
Inés se quedó un rato más. Habló de Clara, de los veranos en que Lucía practicaba caligrafía hasta mancharse los dedos, de lo poco que Mateo contaba en casa y de lo rápido que Don Ernesto había avisado a medio mundo que por fin tenía nieta política.
—Tu abuelo no sabe guardar secretos —dijo Lucía.
—Nunca quiso —respondió Mateo.
—Peor.
Antes de irse, Inés le dejó una bufanda sobre las piernas.
—Para Seúl. Allá vas a necesitarla.
—Ya me compré una.
—Entonces tenés dos.
Lucía quiso discutir, pero Inés la besó en la frente y se fue como si esa casa ya la incluyera.
Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó raro.
Mateo levantó los platos.
—¿Estás bien?
—Tu mamá me conocía antes que vos.
—Parece.
—Y quería que termináramos juntos.
—Tiene buen gusto.
Lucía lo miró.
—No te agrandes.
Él no sonrió del todo, pero estuvo cerca.
Después del desayuno, Mateo subió con ella al cuarto. Las valijas estaban abiertas sobre la cama, ordenadas con una precisión casi ofensiva: abrigos, medias térmicas, documentos, medicación para el estómago, adaptadores, muestras pequeñas, cargadores. Hasta la ropa interior estaba contada.
Lucía agarró la lista.
—¿Vos revisaste mis bombachas?
—Cantidad.
—Eso no mejora la frase.
—No faltan.
—Mateo.
—Qué.
—Sos imposible.
Él cerró una valija y la dejó junto a la pared.
Lucía miró todo de nuevo. Nadie le había preparado nunca una valija así. Clara la había criado con amor, sí, pero también con una regla clara: una mujer tenía que saber arreglárselas sola porque el mundo no iba a esperar.
Mateo no le estaba quitando eso.
Le estaba evitando un problema.
Y eso le tocó un lugar sensible.
—Gracias —dijo, más bajo.
Mateo la miró.
—No hace falta.
—A mí sí.
Ella se dio vuelta antes de que se le notaran los ojos. No llegó lejos. Mateo la tomó de la muñeca con cuidado y la acercó.
—¿Qué hice?
—Nada.
—Lucía.
—No me pasa nada.
—Mentira.
Ella respiró hondo.
—Nadie me preparó una valija. Eso es todo.
Mateo aflojó la mano. Después la abrazó.
No dijo una frase enorme. No prometió cuidarla para siempre. Solo la sostuvo y le apoyó la boca en el pelo, apenas.
Lucía cerró los ojos.
—No te acostumbres a verme sensible.
—Tarde.
—Te odio un poco.
—Anotado.
Cuando ella se calmó, Mateo fue al tocador y abrió una caja de joyería.
Lucía se quedó quieta.
—¿Qué es?
—Un anillo.
—No puedo usar anillo en la oficina.
—Por eso.
Sacó una cadena fina con un anillo colgante. Sencillo, caro sin gritarlo. En la mano izquierda de Mateo había otro igual.
Lucía se acercó al espejo.
—Lo tenías preparado.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que decidí casarme con vos.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
Mateo le puso la cadena. Sus dedos rozaron la nuca de Lucía y ella sintió el escalofrío hasta la espalda. En el espejo vio algo peor: a él le temblaba la mano.
Muy poco.
Pero temblaba.
—Estás nervioso —dijo ella.
—Sí.
La honestidad le pegó más que cualquier discurso.
Lucía tocó el anillo bajo la blusa.
—¿Por qué insististe tanto conmigo?
Mateo apoyó las manos en el respaldo de la silla, una a cada lado de ella.
—Porque me importás. Porque pasó lo que pasó. Porque no me arrepentí.
—Eso no es muy romántico.
—No soy muy romántico.
—No, se nota.
Él bajó la mirada a su boca.
Lucía dejó de respirar.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
La pregunta fue tan directa que le dio vergüenza contestar.
—Me ponés nerviosa.
—Ya sé.
—No dije que no.
Mateo no se movió.
—Entonces espero.
Eso fue lo peor. Que esperara.
Lucía se levantó de golpe.
—Voy a buscar mis bocetos.
—Están en el estudio.
—Entonces voy al estudio.
Salió casi escapando.
Detrás de ella, Mateo se quedó frente al espejo, tocándose el anillo como si tampoco supiera qué hacer con todo eso.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕