Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 24: Días de Tormenta
Los días siguientes transcurrieron bajo un cielo que parecía nunca dejar de llover. Victoria y Damián trabajaban codo con codo, compartiendo descubrimientos, estrategias y silencios que cada vez pesaban más. La distancia entre ellos no era física: dormían bajo el mismo techo, comían a la misma mesa, se tocaban al pasar documentos… y sin embargo, algo invisible se interponía entre sus miradas. El proyecto llamado «Orquídea» era ahora el centro de todo: el nombre en clave de una operación secreta que sus padres habían ideado juntos, y que Rodrigo había manipulado hasta convertirla en su propia red de poder y muerte.
—Esto es lo único que queda —dijo Damián una tarde, extendiendo sobre la mesa un plano parcialmente quemado que había rescatado de un archivo abandonado—. Tres iniciales por cada nombre. Tres familias fundadoras, no dos. Los Laurent, los Blackwood… y los de la Cruz. Pero hay un cuarto nombre borrado deliberadamente. Aquí está el hueco, ¿lo ves?
Victoria se inclinó sobre el papel. El espacio era evidente: cuatro espacios para firmas, solo tres ocupados.
—¿Quién más estaba? —susurró, sintiendo que la respuesta estaba más cerca y a la vez más lejos que nunca.
—Eso intento averiguar —respondió él, frotándose los ojos cansados—. Pero cada pista se enfría en cuanto la tocamos. Registros desaparecidos, testigos mudos, archivos que se desvanecen como humo. Es como si alguien hubiera estado borrando rastro durante treinta años.
La tensión estalló una noche, tras recibir un sobre anónimo en el que solo había una fotografía vieja: sus padres jóvenes, juntos, riendo, y entre ellos… una mujer cuyo rostro había sido rasgado con una navaja.
—¿La conoces? —preguntó Victoria con voz tensa, sosteniendo la imagen con dedos temblorosos.
Damián la miró largo rato, y palideció.
—Es la hermana de mi padre —dijo con dificultad—. Mi tía Valeria. Murió cuando yo era pequeño. Nunca me contaron cómo. Solo dijeron enfermedad repentina.
Victoria sintió que el corazón se le detuvo. Valeria. El nombre que ella misma había elegido para esconderse. ¿Casualidad? ¿O destino? ¿O una señal que su subconsciente reconoció antes que su mente?
—¿Tu padre mencionó alguna vez que ella formara parte de los negocios? —preguntó con el aliento contenido.
—Nunca. Pero su nombre aparecía en las cuentas de aquel tiempo —confesó él, y esa admisión le costó cada palabra—. Figuraba como beneficiaria discreta hasta el día de su muerte. Luego todo se transfirió a Rodrigo.
El silencio cayó pesado como plomo. Una mujer borrada: rostro, nombre, existencia. Y la clave de todo quizás con ella.
—¿Por qué ocultarlo? —preguntó Victoria, acercándose un paso, con la voz quebrada por la sospecha—. ¿Por qué hay tantos secretos en tu propia familia, Damián? ¿Qué es lo que aún me guardas? ¿Acaso tu tía no murió de enfermedad? ¿Acaso la mataron como a los nuestros porque quiso detenerlos? ¿Y tú lo sabías?
Damián retrocedió como si cada palabra fuera un golpe, pero no se defendió con mentiras.
—No lo sé, Victoria. Me habría gustado saberlo antes que a ti también. He buscado respuestas desde que era un niño y nadie me dijo la verdad. Ni mi padre, ni Rodrigo, ni un solo familiar vivo. Pero te juro que si descubro que en mi sangre hay culpa… seré yo mismo quien ponga el primer ladrillo en la celda. Aunque me destroce.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas y miedo. Quería creerle. Cada célula de su ser anhelaba creerle. Pero el pasado era un laberinto sin salida, y cada esquina revelaba un nuevo fantasma.
—No sé si somos aliados o herederos de una deuda que no contrajimos —susurró ella, dándole la espalda para no ver el dolor en su rostro—. Pero hasta que no sepamos toda la verdad… hay un muro entre nosotros, Damián. Y no puedo derribarlo yo sola.
Él no respondió. Solo asintió en silencio, porque sabía que ella tenía razón. No podía exigir confianza absoluta cuando ni siquiera él confiaba plenamente en su propia sombra.
La noche transcurrió en vela para ambos, separados por pasillos estrechos y abismos profundos. Afuera la lluvia golpeaba sin descanso, lavando las paredes pero no las conciencias. Y en algún lugar, alguien observaba cada movimiento, complacido de ver cómo la desconfianza hacía su trabajo mucho mejor que cualquier cuchillo. La guerra ya no era solo contra Rodrigo. Ahora era también contra el silencio que ambos llevaban dentro.
En que quedamos