La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 11 LA PRIMERA MENTIRA
Lucía caminó durante casi cuarenta minutos antes de llegar al antiguo taller de Mateo.
No había avisado a nadie.
Ni a su madre.
Ni a su padre.
Ni a la policía.
Ni siquiera a Valentina.
Había tomado esa decisión mientras avanzaba por las calles, con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos escondidas en los bolsillos.
Sabía que podía estar cometiendo un error.
Después de todo lo que había ocurrido, cualquier persona sensata habría pedido ayuda.
Pero Lucía sentía que ya no podía confiar completamente en nadie.
La policía tenía algunos documentos.
Valentina tenía secretos.
Su familia estaba aterrada.
Y Mateo estaba muerto.
Solo quedaban las cosas que él había dejado atrás.
Tal vez allí estuviera la verdad.
El taller estaba ubicado en una calle antigua, en una zona donde los pequeños negocios habían ido cerrando con los años.
Mateo lo había alquilado varios años atrás para guardar herramientas, algunas piezas de vehículos y objetos que no podía tener en su casa.
Lucía había estado allí cuatro o cinco veces.
Nunca le había gustado demasiado.
Era oscuro.
Olía a aceite y metal.
Había cajas por todas partes.
Una puerta metálica que se atascaba.
Una pequeña oficina al fondo.
Y un viejo armario donde Mateo guardaba documentos.
Cuando llegó, la puerta estaba cerrada.
Lucía sacó una llave que todavía conservaba.
La había tenido durante años.
Nunca había pensado que algún día utilizaría aquella llave para entrar en un lugar buscando respuestas sobre su esposo muerto antes de convertirse realmente en su esposo.
La introdujo en la cerradura.
La puerta cedió con un sonido metálico.
Lucía entró.
El silencio era extraño.
Encendió una luz.
Una bombilla amarilla iluminó el lugar.
Todo parecía estar igual.
Una caja de herramientas.
Un neumático viejo.
Dos estanterías.
Una mesa.
Un calendario de hacía varios meses.
Lucía avanzó lentamente.
Miró alrededor.
No sabía exactamente qué estaba buscando.
Solo sabía que tenía que observar.
Empezó por las cosas más sencillas.
Cajones.
Cajas.
Papeles.
Nada.
Entonces recordó las palabras de Mateo:
“Si algún día necesitas encontrar algo mío, busca donde guardo las cosas que nadie usa.”
Lucía miró alrededor.
Cosas que nadie usa.
¿Qué significaba eso?
Caminó hacia una estantería.
Había varias cajas.
Una estaba llena de tornillos.
Otra tenía cables.
Otra estaba cubierta por una lona.
La levantó.
Había herramientas viejas.
Nada.
Continuó buscando.
Detrás del armario encontró una caja pequeña.
La tomó.
Estaba vacía.
Se agachó.
Revisó debajo de la mesa.
Nada.
Abrió otro cajón.
Facturas.
Recibos.
Papeles viejos.
Entonces encontró algo.
Una fotografía.
No era reciente.
Mostraba a Mateo varios años atrás.
Estaba junto a dos hombres.
Uno de ellos era Esteban Ferrer.
Lucía sintió un escalofrío.
La fecha de la fotografía era anterior a su relación con Mateo.
Eso significaba que Mateo había conocido a Esteban mucho antes de lo que le había dicho.
Volvió a mirar.
Había otro detalle.
En el fondo aparecía una empresa.
Ferrer Logística.
Lucía guardó la fotografía.
Siguió buscando.
Encontró un pequeño cuaderno.
Lo abrió.
Había anotaciones de Mateo.
Fechas.
Cantidades.
Nombres.
Al principio no entendía nada.
Pero luego encontró una frase que la hizo detenerse.
“Lucía no debe saberlo.”
El corazón le dio un golpe.
Pasó la página.
Otra frase.
“No utilizar su nombre otra vez.”
Lucía sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Otra página.
“Si me descubren, ella también queda involucrada.”
Se sentó en el suelo.
No podía respirar correctamente.
Su nombre aparecía allí.
No era una casualidad.
No era una amenaza aislada.
No era un simple problema de infidelidad.
Mateo había escrito sobre ella.
Y había utilizado su nombre.
Lucía continuó leyendo.
Cada página parecía abrir una herida diferente.
Había referencias a pagos.
A cuentas.
A reuniones.
A nombres que no reconocía.
Y una serie de iniciales.
E. F.
V. R.
M. S.
Y luego:
L. A.
Lucía sintió frío.
L. A.
Lucía Andrade.
No podía existir otra explicación.
Se llevó una mano a la boca.
Por un momento pensó en llamar a la policía.
Pero algo la detuvo.
No sabía qué.
Quizá miedo.
Quizá intuición.
Quizá el recuerdo de las amenazas.
Guardó el cuaderno en su bolso.
Entonces escuchó un ruido.
Se quedó inmóvil.
Algo había golpeado la puerta exterior.
Lucía apagó la luz.
Se quedó en silencio.
Escuchó pasos.
Lentos.
Uno.
Dos.
Tres.
Alguien entró.
Lucía contuvo la respiración.
Los pasos avanzaron.
Alguien encendió una luz.
Lucía estaba escondida detrás del viejo armario.
Vio una sombra.
Un hombre.
No podía distinguir su rostro.
El desconocido comenzó a revisar el lugar.
Abrió cajones.
Movió cajas.
Buscó algo.
Lucía apretó el bolso contra su cuerpo.
No sabía qué hacer.
No tenía experiencia.
No tenía un plan.
Solo podía quedarse quieta.
El hombre llegó hasta la mesa.
Revisó un cajón.
Después otro.
Luego se detuvo.
Parecía frustrado.
Sacó su teléfono.
—No está aquí.
Silencio.
—Sí.
Otra pausa.
—No sé.
Lucía reconoció la voz.
No sabía dónde la había escuchado antes.
El hombre continuó:
—Voy a revisar otra vez.
Se acercó a la estantería.
Lucía retrocedió lentamente.
El hombre levantó la lona.
Ella contuvo el aire.
Entonces escuchó un automóvil afuera.
El hombre se distrajo.
Fue hacia la puerta.
Lucía aprovechó.
Se deslizó hacia la salida trasera.
Había un pequeño espacio detrás del taller que conectaba con otra calle.
Corrió.
No sabía hacia dónde.
Solo corrió.
No se detuvo hasta llegar a una avenida.
Estaba sin aliento.
El corazón le latía violentamente.
Miró hacia atrás.
Nadie.
Pero sabía que no podía quedarse.
Sacó el teléfono.
Tenía seis llamadas perdidas.
Su madre.
Su hermano.
Su padre.
No contestó inmediatamente.
Primero respiró.
Después llamó a Diego.
Él contestó al segundo tono.
—¿Dónde estás?
—Estoy bien.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—¡Lucía!
—Baja la voz.
—Papá está desesperado.
—Dile que estoy bien.
—¿Estás segura?
Lucía miró alrededor.
—Sí.
—¿Qué estás haciendo?
Ella dudó.
—Encontré algo.
—¿Qué?
—Documentos.
—¿De qué?
—De Mateo.
Diego guardó silencio.
—¿Qué dicen?
Lucía respiró.
—Mi nombre aparece.
Hubo un silencio largo.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Entonces vuelve.
—No puedo.
—Lucía...
—Alguien vino al taller.
Diego dejó de hablar.
—¿Qué?
—Alguien estaba buscando algo.
—¿Te vio?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Dónde estás?
Lucía miró las calles.
No respondió.
—Lucía.
—Voy a regresar.
—Prométemelo.
—Sí.
Colgó.
Pero no regresó inmediatamente.
Se sentó en una banca.
Abrió el cuaderno.
Volvió a leer.
La frase seguía allí.
“Lucía no debe saberlo.”
Sintió ganas de llorar.
No por miedo.
Por rabia.
¿Por qué Mateo había utilizado su nombre?
¿Por qué había permitido que alguien la relacionara con asuntos que ella desconocía?
¿Por qué había mantenido una vida secreta mientras ella planeaba una boda?
Y, sobre todo:
¿Por qué había dejado que ella creyera que sus mayores problemas eran una infidelidad y una deuda?
Esa tarde, Lucía tomó una decisión.
No le contaría todo a su familia todavía.
No porque no los quisiera.
Precisamente porque los quería.
No quería que siguieran preguntando.
No quería que buscaran respuestas por su cuenta.
No quería que se expusieran.
Así que regresó a casa y ocultó el cuaderno.
Lo colocó debajo de una caja de ropa.
Después entró a la cocina.
Teresa estaba preparando sopa.
—Llegaste.
Lucía sonrió.
—Sí.
Teresa dejó la cuchara.
—¿Dónde estabas?
—Fui a caminar.
Teresa la miró.
—No me mientas.
Lucía bajó la cabeza.
—Tenía que hacer algo.
—¿Qué?
—Nada importante.
Teresa respiró profundamente.
—Hija, después de todo lo que ocurrió, no puedes irte sola sin decirnos.
—Lo sé.
—Tu padre está furioso.
—Lo siento.
—No está furioso contigo.
Lucía levantó la mirada.
—¿Entonces?
—Está asustado.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Yo también.
Teresa se acercó.
—Ven.
La abrazó.
Lucía cerró los ojos.
Por unos segundos quiso contárselo.
Quiso decirle que alguien había entrado al taller.
Que había encontrado un cuaderno.
Que su nombre estaba escrito allí.
Pero recordó el hombre.
La voz.
La búsqueda.
Y se quedó callada.
Esa noche, la policía llamó.
Querían que Lucía acudiera al día siguiente para revisar algunas pertenencias de Mateo.
Ella aceptó.
Después de colgar, abrió el cuaderno.
Comparó las anotaciones con los documentos que recordaba haber visto en la fotografía de la caja azul.
Algo no coincidía.
Faltaba una página.
Había un espacio entre dos hojas.
Como si alguien hubiera arrancado una.
Lucía pasó los dedos por el borde.
La página había sido retirada recientemente.
No años atrás.
Recientemente.
Eso significaba que alguien había tenido el cuaderno después de la muerte de Mateo.
O quizá antes.
Lucía sintió un escalofrío.
Entonces recordó al hombre del taller.
No había estado buscando cualquier cosa.
Había estado buscando precisamente aquello.
Al día siguiente, Lucía llegó a la comisaría.
La recibió el mismo agente que había hablado con ella el día de la boda.
—Señorita Andrade.
—Buenos días.
—Necesitamos enseñarle algo.
Entraron en una sala.
Sobre una mesa había varias pertenencias.
El teléfono de Mateo.
Su cartera.
Un reloj.
Algunas llaves.
Lucía los observó.
Verlos le provocó una sensación difícil de explicar.
Mateo había muerto.
Esas cosas eran lo que quedaba de él.
El agente señaló el teléfono.
—Hay información que todavía estamos recuperando.
—¿Puedo verlo?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Necesitamos preservar los datos.
Lucía asintió.
Entonces vio algo.
Una fotografía.
Estaba dentro de una carpeta transparente.
La tomó.
Era una fotografía de Mateo y Valentina.
Pero no era la misma que había visto antes.
Esta fotografía era más antigua.
Ambos estaban frente a un edificio.
Detrás podía verse una dirección.
Lucía reconoció el lugar.
Era una oficina.
Pero lo que más le llamó la atención fue la fecha.
Dos años antes de que ella conociera a Mateo.
—¿Qué es esto?
El agente se acercó.
—La encontramos entre sus cosas.
—¿Por qué no me la habían mostrado?
—Porque no habíamos identificado a la mujer.
Lucía sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—Es Valentina.
—Eso creemos.
Lucía dejó la fotografía.
—Ellos se conocían desde antes.
—Sí.
—¿Y por qué me dijo que no?
El agente la observó.
—Eso es algo que deberá explicarnos usted si llega a descubrirlo.
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué yo?
—Porque usted era su pareja.
La frase le dolió.
Ella ya no era su pareja.
Era la mujer que iba a casarse con él.
La mujer que había sido engañada.
La mujer que ahora tenía que explicar la vida secreta de un muerto.
El agente abrió una carpeta.
—Hay otro asunto.
Lucía levantó la mirada.
—¿Qué?
—Su nombre aparece en varios documentos.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
Lucía se quedó inmóvil.
Había hablado demasiado.
—Encontré algo.
—¿Dónde?
—En el taller.
El agente la miró fijamente.
—¿Fue al taller de Mateo?
Lucía asintió.
—¿Quién le permitió entrar?
—Yo tenía una llave.
—¿Encontró a alguien allí?
Lucía dudó.
—Sí.
El agente se incorporó.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Cómo era?
—No pude verlo bien.
—¿Qué hacía?
—Buscaba algo.
—¿Qué?
—No lo sé.
El agente tomó nota.
—¿Y usted encontró algo?
Lucía dudó.
—Sí.
—¿Qué?
Pensó en el cuaderno.
No dijo toda la verdad.
—Una fotografía.
El agente la observó unos segundos.
—¿Nada más?
Lucía sostuvo su mirada.
—Nada más.
La mentira salió de su boca.
Fue pequeña.
Pero fue la primera mentira que Lucía contó conscientemente para protegerse.
Y no sería la última.
Después de salir de la comisaría, Lucía caminó durante varias calles.
Se sentía culpable.
Nunca había sido una persona mentirosa.
No le gustaba ocultar cosas.
Siempre había preferido hablar claro.
Pero ahora acababa de descubrir una realidad distinta.
La sinceridad, en algunas situaciones, podía convertirse en peligro.
Y eso la asustaba.
Porque estaba cambiando.
No quería hacerlo.
Pero estaba ocurriendo.
Esa tarde llamó a Valentina.
—Necesito hablar contigo.
—¿Qué encontraste?
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabes que encontré algo?
Valentina permaneció en silencio.
—Valentina.
—¿Qué encontraste?
—Una fotografía.
—¿De qué?
—De ti y Mateo.
Silencio.
—Ustedes se conocían desde antes.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Porque no queríamos que supieras.
—¿Por qué?
Valentina respiró profundamente.
—Porque tú no debías estar involucrada.
—Pero ya estoy involucrada.
—Lo sé.
—Mi nombre aparece en documentos.
Valentina no respondió.
—¿Qué significa eso?
—Que Mateo cometió un error.
—¿Qué error?
—Usar tus datos.
Lucía sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—¿Para qué?
—No lo sé todo.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces dime.
—Hubo movimientos financieros.
Lucía cerró los ojos.
—¿Usó mi cuenta?
—En parte.
—¿Y mi nombre?
—También.
—¿Para ocultar qué?
Valentina tardó.
—Dinero.
Lucía sintió náuseas.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Quién lo tenía?
—Esteban.
La respuesta volvió a aparecer.
Esteban.
Lucía sintió que aquel nombre se transformaba en una sombra que empezaba a ocupar cada parte de su vida.
—¿Por qué Mateo aceptó?
—Porque estaba atrapado.
—¿Y tú?
Valentina se quedó callada.
—¿Tú también?
—Sí.
—¿Qué quieres decir?
—Que todos cometimos errores.
Lucía apretó el teléfono.
—Pero yo no.
—No.
—Entonces ¿por qué me involucraron?
Valentina respondió con una voz casi apagada:
—Porque eras la persona en la que Mateo más confiaba.
Lucía cerró los ojos.
Aquella frase le dolió.
La persona en la que Mateo más confiaba.
Su confianza.
Su identidad.
Su cuenta.
Su nombre.
Todo había sido utilizado.
Esa noche, Lucía volvió a casa.
Cenó con su familia.
Sonrió.
Habló de cosas pequeñas.
Preguntó por Diego.
Ayudó a Teresa.
Respondió a las preguntas de Roberto.
Pero una parte de ella estaba lejos.
Pensaba en el cuaderno.
En Mateo.
En Valentina.
En Esteban.
En el hombre del taller.
En la página arrancada.
Cuando todos se fueron a dormir, Lucía cerró la puerta de su habitación.
Sacó el cuaderno.
Volvió a leer.
Y encontró algo que antes no había notado.
Una fecha.
La fecha correspondía al día en que Mateo había ayudado a configurar su cuenta bancaria.
Lucía sintió una presión en el pecho.
Debajo aparecía:
“Primer movimiento — L. A.”
Luego otra línea:
“No despertar sospechas.”
Y una tercera:
“Todo debe quedar limpio antes de la boda.”
Lucía dejó caer el cuaderno.
La respiración se le volvió irregular.
Ahora entendía.
La boda no había sido solamente un acontecimiento romántico.
Había sido un plazo.
Un límite de tiempo.
Todo debía quedar limpio antes de casarse.
Y si los documentos eran auténticos, entonces Mateo había estado utilizando su identidad durante meses.
Mientras ella pagaba las cosas de la boda.
Mientras elegía un vestido.
Mientras soñaba con una casa.
Mientras decía que lo amaba.
Él había estado escondiendo dinero.
Lucía se sentó en el suelo.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¿Cómo pudiste hacerme esto?
No había nadie para responder.
Pero luego una idea apareció.
Quizá Mateo no había hecho todo solo.
Quizá alguien lo había obligado.
Quizá la relación con Valentina era parte del problema.
Quizá el dinero era parte del problema.
Quizá Esteban estaba detrás.
Y quizá Mateo realmente había intentado protegerla al final.
Eso no lo perdonaba.
Pero cambiaba la historia.
Mateo la había traicionado.
Sin embargo, quizá su última decisión había sido intentar evitar que la destruyeran con él.
Lucía no sabía qué pensar.
Solo sabía que ya no podía quedarse quieta.
A las tres de la madrugada, escuchó un ruido afuera.
No se levantó.
Se quedó completamente inmóvil.
Esta vez no fue en la ventana.
Fue en la puerta principal.
Un pequeño golpe.
Después otro.
Lucía tomó su teléfono.
No llamó.
Escuchó.
Pasaron unos segundos.
Luego una voz baja:
—Lucía.
Ella se quedó congelada.
No reconoció la voz.
—Sé que estás despierta.
Silencio.
—Tenemos algo que era de Mateo.
Lucía no respondió.
—Solo queremos recuperar lo que él escondió.
Ella apretó el teléfono.
—No queremos hacerte daño.
La mentira era evidente.
Lucía no sabía cómo lo sabía.
Pero lo sabía.
La voz continuó:
—Sal y hablaremos.
Lucía permaneció en silencio.
Entonces escuchó los pasos alejándose.
Esperó.
Uno.
Dos.
Tres minutos.
Después oyó un automóvil.
Se marcharon.
Lucía se levantó lentamente.
Miró por la ventana.
No vio nada.
Pero supo que ya no podía quedarse allí.
Porque ahora entendía algo que antes no había comprendido.
El peligro no estaba solamente en las calles.
Ya había llegado a su casa.
A las siete de la mañana, Lucía se reunió con Teresa en la cocina.
—Mamá.
Teresa la miró.
—¿Qué pasa?
Lucía dudó.
—Tenemos que hablar.
Teresa dejó la taza.
—Dime.
Lucía la miró directamente.
—Creo que tenemos que salir de aquí.
Teresa palideció.
—¿Por qué?
—Porque ya saben dónde vivimos.
—¿Quiénes?
Lucía no respondió.
—Lucía.
—Los mismos que buscaban a Mateo.
Teresa se quedó inmóvil.
—¿Qué encontraron?
Lucía bajó la mirada.
—No lo sé todo.
—Entonces ¿por qué tenemos que irnos?
Lucía levantó la mirada.
—Porque ahora me están buscando a mí.
Ese mismo día, mientras Teresa comenzaba a guardar algunas cosas sin entender todavía la magnitud de lo que sucedía, Lucía recibió un último mensaje.
No tenía remitente.
Solo decía:
“Ahora sabes cuál fue la primera mentira.”
Lucía sintió un escalofrío.
Llegó otro.
“Pero todavía no sabes cuál fue la última.”
Y finalmente uno más:
“Busca a Mateo donde nadie lo buscaría.”
Lucía miró la pantalla.
No comprendía.
Hasta que recordó la frase escrita en el cuaderno:
“Si algún día necesitas encontrar algo mío, busca donde guardo las cosas que nadie usa.”
Entonces entendió.
El taller no era el único lugar.
Mateo había dejado algo más.
Algo que alguien había intentado encontrar.
Algo que probablemente explicaba por qué su nombre aparecía en aquellos documentos.
Y quizá también explicaba por qué había muerto.
Lucía guardó el teléfono.
Miró a su madre.
Luego a su hermano.
Y finalmente hacia la puerta.
La mujer que había vivido una vida sencilla y tranquila estaba desapareciendo poco a poco.
En su lugar estaba naciendo alguien que todavía tenía miedo, que todavía lloraba, que todavía amaba a un hombre muerto que la había traicionado.
Pero también estaba aprendiendo.
Aprendiendo que debía observar.
Aprendiendo que no podía contar todo.
Aprendiendo que algunas preguntas debían hacerse en silencio.
Aprendiendo que sobrevivir requería tomar decisiones que jamás había imaginado.
Y sobre todo, aprendiendo una verdad dolorosa:
La primera mentira de Mateo no había sido decirle que la amaba mientras la engañaba.
Había sido decirle, mucho tiempo atrás, que aquellos pequeños secretos no tenían nada que ver con ella.
Porque ahora Lucía sabía que sí tenían que ver con ella.
Desde el principio.
Y mientras recogía algunas cosas para abandonar la casa, todavía no sabía que la siguiente verdad sería mucho peor.
Mateo no solo había utilizado su nombre.
Había dejado algo escondido a nombre de ella.
Algo que podía destruir a Esteban Ferrer.
Y por eso, después de la muerte de Mateo, la persecución recién estaba comenzando.