Las muñecas fueron creadas para obedecer, no para sentir.
En un mundo donde las mujeres biológicas no existen, los hombres conviven con muñecas creadas para obedecer… incapaces de sentir.
Ethan jamás imaginó que conocer a Cereza y Cidra cambiaría su vida para siempre. Mientras el vínculo entre ellos desafía todo lo que la ciencia creía posible, una guerra entre seis naciones se intensifica y un antiguo secreto, oculto durante siglos, convierte a las dos muñecas en el objetivo más codiciado del continente.
Ahora, Ethan deberá proteger un secreto capaz de cambiar el destino de la humanidad… antes de que caiga en las manos equivocadas.
Porque hay corazones que nunca debieron despertar… y otros que harían cualquier cosa por arrebatarlos.
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CAPÍTULO 11 – EL ORIGEN DE TADMOR
El vehículo se detuvo lentamente frente al edificio más imponente que Ethan había visto en toda su vida.
El Palacio Presidencial de Nueva Áurea.
Construido sobre una enorme plataforma elevada, el edificio parecía tocar el cielo. Sus muros blancos y plateados reflejaban la luz de los tres soles menores, mientras inmensos ventanales de cristal recorrían toda la fachada. Decenas de jardines perfectamente cuidados rodeaban el lugar, atravesados por canales de agua cristalina y esculturas metálicas que parecían desafiar la gravedad.
Varios aviones oficiales despegaban y aterrizaban sobre enormes plataformas suspendidas.
Todo transmitía poder, orden y una riqueza imposible de ocultar.
Ethan tragó saliva.
—... Es enorme.
Mauricio sonrió con orgullo.
—Verdad que sí? Siempre me ha parecido hermoso.
—¿Siempre?
—Claro. Mi padre suele venir por asuntos políticos. Yo lo acompañó varias veces.
Ethan lo miró de reojo.
—Presumido.
Mauricio tomó una mano al pecho.
—No presumo... Solo es quien soy…
Antes de que Ethan pudiera responder, Cereza prácticamente pegó la cara al cristal del vehículo.
—¡Miren eso!!
Señaló una enorme fuente donde el agua parecía flotar en el aire formando espirales luminosas.
—¡El agua está bailando!
Sin esperar respuesta salió prácticamente corriendo del vehículo.
—¡Cereza!
Ethan apenas alcanzó a llamarla. La muñeca giraba sobre sí misma observando cada rincón.
—¡Mi amo Ethan! ¡Hay árboles de cristal! ¡Y flores azules! ¡Y esas estatuas se mueven! ¡Y mira aquel puente! ¡Y...!
—Cereza...
La voz de Cidra sonó tranquila mientras descendía del vehículo.
—Procura conservar la calma.
—¡¿Cómo quieres que me calme?! ¡Todo es precioso!
Cidra levantó lentamente la vista. Incluso ella... Normalmente tan seria... No pudo ocultar el brillo de curiosidad que apareció en sus ojos. Sus pupilas recorrían lentamente las enormes columnas, las esculturas, los jardines suspendidos y las paredes cubiertas por delicados grabados metálicos.
Era la primera vez que contemplaba algo así y aunque no lo decía... Estaba maravillada. Tanto que seguí caminando sin apartar la vista del techo.
—Cidra.
Ella no respondió.
—Cidra...
Continuó avanzando sin mirar al frente.
Hasta que...
¡Bomba!
Chocó directamente contra una enorme columna, permaneció inmóvil unos segundos y después dio un paso hacia atrás, miró la columna y luego levantó lentamente la cabeza.
—... No estaba aquí hace un momento.
Mauricio soltó una sonora carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¡La muñeca perfecta acaba de perder contra una columna!
Cidra lo miró con absoluta seriedad.
—La columna invadió mi trayectoria.
—¡Claro! ¡Fue un ataque sorpresa!
Cereza comenzó a reír con tanta fuerza que terminó sujetándose el estómago.
—¡Cidra perdió contra una pared!
—Era una columna.
Corrigió Cidra.
—¡Contra una columna! ¡Lo que sea!
Eso hizo que Cereza riera todavía más e incluso Ethan terminó sonriendo. Por un instante olvidó el enorme nerviosismo que llevaba encima.
—Vamos... Antes de que destruyan el Palacio.
Los cuatro comenzaron a caminar hacia la enorme escalinata principal.
En cuanto llegaron... Una fila de soldados abrió paso al mismo tiempo. Todos llevaban armaduras blancas con detalles dorados, sus lanzas metálicas brillaban bajo la luz.
Cuando Ethan llegó frente a ellos... Los soldados hicieron una profunda reverencia.
—Bienvenido, ciudadano Ethan Barralaga. La Presidencia de Nova Áurea los estaba esperando.
Ethan dio un pequeño salto del susto.
—¿A... a mí?
El comandante suena levemente.
—Por supuesto. El Presidente ya fue informado de su llegada. Por favor... Sígannos.
Mientras caminaban por los inmensos pasillos...
Cereza parecía incapaz de decidir hacia dónde mirar, cada pocos pasos se detenía.
—¡Miren eso!
Corría hacia una enorme pintura.
Cinco segundos después...
—¡Ahora miren aquello!
Se acercaba a una escultura, luego descubriría otra cosa y otra y otra más. Mauricio terminó sujetándola suavemente por el hombro.
—Cereza.
Ella giró.
-¿Si?
—Respira.
—¿Por qué?
—Porque vas a romper algo.
—¡No voy a romper nada!
Justo al terminar la frase estuvo a punto de tropezar con un enorme jarrón decorativo.
Mauricio la sujetó del brazo antes de que ocurriera.
—... Ups… lo siento.
—Lo sabía.
Siguieron caminando.
Unos pasos más atrás... Cidra volvió a contemplar el techo, las lámparas flotantes, los enormes vitrales, los delicados relieves de las paredes. Todo parecía cautivarla.
Hasta que... Mauricio volvió a hablar.
—¡Cidra!
Ella giró.
-¿Si?
—¡Mira hacia adelante!
—¿Por qué?
—¡Porque otra columna está planeando atacarte!
Cereza soltó otra carcajada. Incluso Ethan tuvo que contener la risa. Cidra permaneció unos segundos completamente seria y después respondió.
—Estaré preparada.
Mauricio negó lentamente con la cabeza.
— Definitivamente eres rara.
Finalmente llegaron hasta una elegante puerta doble, los soldados se detuvieron. Uno de ellos la abrió lentamente.
Al otro lado había una amplia sala de espera.
En el centro permanente inmóvil una muñeca de cabello rubio y uniforme blanco, su mirada estaba completamente vacía. En cuanto los detectó habló con una voz perfectamente mecánica.
—Visitantes identificados. Ciudadano Ethan Barralaga. Ciudadano Mauricio Echeverría. Bienvenidos. Por favor permanezcan en esta sala. El Presidente los recibirá en unos momentos. Gracias por su cooperación.
La muñeca volvió a quedarse inmóvil sin parpadear, sin moverse, sin expresión alguna.
Cereza la observar unos segundos, después caminó lentamente hasta quedar frente a ella y le suena.
—Hola.
La muñeca no respondió.
—¿Cómo te llamas?
Silencio.
—¿Quieres ser mi amiga?
Nada. Cereza inclinó un poco la cabeza.
—... Qué rara.
Cidra también observó a la guardiana y durante varios segundos permaneció callada. Finalmente murmuró.
—Así deben comportarse las muñecas...
Ethan bajó un poco la mirada.
—Sí... Así eran todas. Hasta que descubrieron ustedes dos.
El grupo comenzó a recorrer la sala. Era elegante y cómoda. Pero algo llamó inmediatamente la atención de Cereza.
Toda una pared estaba cubierta por retratos… docenas, quizás cientos. Todos se muestran exactamente al mismo hombre.
Aunque... Vestía diferente. En algunos era muy joven, en otros parecía tener cuarenta años, en otros llevaba uniforme militar, en otros ropa ceremonial y en los más recientes... El mismo traje presidencial.
Cereza frunció el fundido.
—Mi amo a Ethan...
-¿Si?
—¿Por qué todas esas fotos son iguales?
Él levantó la vista.
—¿Iguales?
-Si.
Se acercó a los cuadros.
—Es el mismo señor. En todos. ¿Por qué hay tantas fotos de él?
Cidra también se acercó y observó detenidamente cada retrato.
—... Tiene razón. Parecen ser la misma persona. ¿Acaso aquí viven muchos hombres iguales?
Antes de que Ethan pudiera responder... Mauricio soltó una exagerada exclamación.
—¡¡¿Qué?!!
Los tres lo miraron.
El joven abrió mucho los ojos.
—¿No saben eso?
Cereza negó con entusiasmo.
-¡No!
Cidra también negó.
—Desconozco esa información.
Mauricio llevó una mano a la frente.
—No puedo creerlo... ¿Acaso vivieron debajo de una roca toda su vida?
Cereza sonreír.
-No. Vivimos en un apartamento junto a mi amo Ethan.
Ethan no pudo evitar reír.
Mauricio indicó a Cereza.
—¡No era una pregunta literal!
Después suspiro dramáticamente.
—Esto es cultura general… Es la primera lección de historia que recibe cualquier niño en Tadmor.
Cereza levantó inmediatamente la mano.
—¡Pues enséñanos!
-Si.
Añadió Cidra.
—También deseo conocer el origen de este planeta.
Mauricio sonriente con orgullo, se acomodó la chaqueta y comenzó a caminar lentamente frente a los enormes retratos, como si fuera un profesor frente a su clase.
—Muy bien... Entonces escuchen con atención. Porque esta... Es la historia del nacimiento de Tadmor.
Incluso Ethan guardó silencio, aunque conocía la historia desde niño... Nunca estaba de más volver a escucharla.
Mauricio levantó un dedo.
—Hace aproximadamente tres mil años... No existía Nova Áurea, no existía Garlant… ni ninguna de las demás naciones. Solo existía una enorme nave espacial que viajaba por el vacío. Una nave llamada... TERRA DOS.
Las expresiones de Cereza y Cidra se volvieron completamente serias.
—Aquella nave transportaba a cientos de científicos y colonos que buscaban un nuevo hogar para la humanidad. Pero... Jamás llegaron a su destino. Una lluvia de meteoritos atravesó el casco de la nave, los motores fallaron, los sistemas colapsaron y la TERRA DOS terminó precipitándose sobre un planeta desconocido. Un planeta al que, siglos después... Llamaríamos como Tadmor.
Mauricio hizo una pausa y su voz perdió parte de su tono bromista.
—Cuando todo terminó... Solo seis personas seguían con vida. Seis hombres, nadie más.
Cereza abrió lentamente los ojos.
—... ¿Solo seis?
Mauricio.
—El resto murió durante el impacto. Durante semanas, aquellos seis sobrevivientes lucharon simplemente por seguir respirando. Construyeron refugios con los restos de la nave, aprendieron qué plantas podían comerse, qué animales eran peligrosos y dónde encontrar agua. Cada amanecer era una victoria. Cada noche... Podía ser la última.
Cidra escuchaba sin apartar la vista de Mauricio.
Él continuó.
—Pero pronto comprendió algo mucho peor que el hambre. Mucho peor que el frío, mucho peor que la soledad… Todos eran hombres. Y cuando ellos murieran... La humanidad desaparecería para siempre.
El silencio se apoderó de la sala. Hasta Cereza dejó de sonreír.
—Sin embargo... Entre los restos de la TERRA DOS sobrevivieron algunos laboratorios. Reactores de energía, bancos de ADN y cámaras de clonación experimentales. No era suficiente para reconstruir una civilización... Pero sí... Para intentarlo. Así, aquellos seis hombres tomaron una decisión que cambiaría la historia para siempre. Cada uno fundaría un territorio. Cada uno protegería una parte distinta del conocimiento y cada uno utilizaría su propio ADN para garantizar la supervivencia de su pueblo.
Mauricio levantó nuevamente la mano y comenzó a señalar los retratos.
—El primero fue Aurelius Barron, un ingeniero y estratega excepcional. Él fundó nuestra nación… Nova Áurea, dedicada a la investigación científica, la medicina, la robótica y el desarrollo tecnológico. Con el paso de los siglos, todos los hombres nacidos allí serían clones genéticos de Aurelius. El hombre que hoy gobierna Nova Áurea, el Presidente Aurelius, es el heredero directo de esa línea genética y el único que puede llevar ese nombre.
Se desplazó unos pasos.
—El segundo fue Fausto Draken, brillante, ambicioso y obsesionado con la fuerza. Fundó Garlant, una nación dedicada al desarrollo militar, la fabricación de armamento, vehículos de combate y estrategias de guerra. Todos sus habitantes son clones de Fausto.
Cereza murmuró.
—Por eso todos los hombres tienen cierto parecido...
—Exactamente.
Mauricio sonrió.
—El tercero fue Orión Vesta, quien creó Helios, una nación especializada en producir energía y mantener funcionando los enormes reactores que alimentan a todo el planeta.
—El cuarto fue Magnus Ferrel, fundador de Ferrum, donde se extraían minerales y se construían las gigantescas estructuras metálicas que necesitaban todas las demás naciones.
—El quinto fue Lucien Arkan, quien levantó Verdania, una nación agrícola dedicada a cultivar alimentos y preservar la biodiversidad de Tadmor.
—Y el sexto fue Silas Noctis, fundador de Aster, el mayor centro de exploración espacial y astronómica del planeta, encargado de estudiar el universo y mantener viva la esperanza de que algún día la humanidad pudiera volver a viajar entre las estrellas.
Mauricio se quedó unos segundos en silencio y después sonando con cierta nostalgia.
—Ninguna nación podía sobrevivir sola. Nova Áurea necesitaba alimentos. Verdania necesitaba energía. Helios necesitaba minerales. Ferrum necesitaba tecnología. Aster necesitaba los recursos de todos. Y Garlant... Necesitaba un motivo para no destruirlo todo.
Ethan soltó una pequeña risa.
—Eso último no te lo enseñaron en la escuela.
-No.
Respondió Mauricio con una sonrisa.
—Pero es bastante acertado.
Cereza levantó lentamente la mano.
—Entonces... ¿Todos los hombres de una misma nación son iguales?
Mauricio.
—Genéticamente, sí. Aunque con el paso de los siglos modificaron detalles físicos: altura, color de cabello, ojos, tez... para que no parecieran copias exactas. Pero en esencia, todos descienden del ADN de su fundador.
Cidra permanecía completamente inmóvil procesando cada palabra.
—¿Y las mujeres humanas?
Mauricio bajó lentamente la mirada.
—Ese fue el mayor fracaso de aquellos seis hombres. Hicieron millas de experimentos, décadas de investigaciones… Siglos enteros perfeccionando la clonación. Pero jamás lograron crear una mujer biológica.
La sala quedó en silencio.
—Así que decidió crear un sustituto.
Miró directamente a Cereza ya Cidra.
—Las muñecas… Inteligencias artificiales diseñadas para acompañar, asistir y ayudar a la humanidad. Maravillosas máquinas. Pero, al final... Solo son máquinas sin emociones, sin voluntad, sin sueños… nada.
Mauricio suena con cierta incredulidad mientras las señalaba a ambas.
—Al menos... Eso era lo que todos creíamos. Hasta que las conocí a ustedes dos. Porque ustedes ríen, discuten… Se ponen celosas, se enojan, se preocupan y por alguna razón quieren a Ethan… Como si fueran humanas.
Un profundo silencio envolvió la habitación.
Cereza y Cidra bajaron lentamente la mirada.
Entonces...
Un aplauso rompió el silencio.
Aplausos... aplausos... aplausos...
Todos giraron al mismo tiempo.
Un hombre de cabello plateado, elegante uniforme blanco con detalles dorados y una presencia imponente permanecía de pie junto a la puerta. Había escuchado cada una de las palabras.
Sonreía con serenidad.
—Excelente explicación, Mauricio.
Su voz era tranquila, cálida. Pero transmitía una autoridad imposible de ignorar.
—Se nota que fuiste un magnífico estudiante de historia.
Los cuatro permanecieron inmóviles.
Finalmente... Habían conocido al hombre cuyos retratos llenaban toda aquella pared.
Al Presidente de Nova Áurea: Aurelius…
muy buen capitulo
excelente
cada vez mejor 👏👏
muy buen capitulo 👏👏
Cereza y Cifra rescatando a la gente fue perfecto
Ya quiero saber que más va a pasar en esta novela tan interesante! ❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤
Todos los países están en alerta máxima por el ataque de Fausto!!! 😞😞😞😞😞😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱
Cereza y Cidra descubriendo el concepto de la muerte y relacionándolo con Ethan me conmovió mucho ❤❤❤❤❤❤