Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 11. TOGAS NEGRAS Y DISTANCIAS INSALVABLES
Parte 1: La perspectiva de José
El auditorio de la universidad estaba abarrotado de familiares, profesores y graduados, creando un murmullo ensordecedor que a mí, por primera vez en la vida, me resultaba completamente ajeno. Llevaba puesto uno de mis mejores trajes, manteniendo la espalda recta y una postura impecable que denotaba mi posición como CEO de TechCore Solutions, pero por dentro los nervios me estaban carcomiendo el sistema de una forma que ningún algoritmo habría podido predecir. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, apretando los puños cada vez que el ujier anunciaba el inicio del desfile de los alumnos.
Hoy era el gran día. Laura y Estela se graduaban.
Mis padres estaban sentados a mi lado, visiblemente emocionados, comentando el orgullo que sentían al ver a la pequeña de la casa terminar sus estudios de Administración y Dirección de Empresas. Yo asentía de forma mecánica, pero mi mirada escaneaba la marea de togas negras y birretes, buscando desesperadamente un rostro en particular. Y entonces la vi aparecer por el pasillo central.
Se me congeló el aire en los pulmones. Estela estaba radiante, increíblemente hermosa. La toga negra, lejos de restarle presencia, estilizaba su figura y realzaba el brillo de su cabello castaño, que caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Caminaba con una seguridad aplastante, una elegancia innata que hacía que el resto de los graduados parecieran desdibujarse a su alrededor. Ya no quedaba absolutamente nada de la vecina ruidosa; era una abogada hecha y derecha, imponente, una mujer que derrochaba éxito por cada poro de su piel. El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas y sentí una punzada de orgullo mezclada con una imperiosa necesidad de acercarme a ella, de romper la distancia de ese año largo en el que apenas habíamos cruzado un par de llamadas formales por mediación de mi hermana.
Sin embargo, en cuanto terminó la ceremonia de entrega de títulos y la multitud se dispersó por los jardines del campus para las fotografías, mi burbuja de ilusión estalló en mil pedazos. Me acerqué al grupo donde Laura y Estela se abrazaban con sus diplomas en la mano, forzando mi mejor sonrisa de suficiencia empresarial para camuflar el temblor de mis manos.
—Felicidades a las graduadas —dije, plantándome frente a ellas y ofreciéndole a Estela una mirada profunda, cargada de todo lo que me había guardado durante doce meses—. Parece que el pueblo por fin tiene profesionales de verdad.
Laura me dio un abrazo efusivo, riéndose, pero cuando busqué la reacción de Estela, el golpe fue seco y frío. Ella me sostuvo la mirada apenas una fracción de segundo, con unos ojos desapasionados que me helaron la sangre. Estaba extrañamente esquiva, distante, manteniendo un espacio de cortesía física que me dolió más que cualquiera de sus antiguos insultos adolescentes.
—Gracias, José. Me alegro de que hayas podido venir —respondió con una voz suave, perfectamente educada, pero completamente vacía de la chispa desafiante que siempre nos había unido.
Apenas tuvimos tiempo de cruzar palabra. Se limitó a sonreír de forma general a mis padres y a disculparse con una soltura que me dejó totalmente descolocado, alegando que tenía un compromiso ineludible y que debía marcharse de inmediato. La vi alejarse a paso rápido entre la multitud, dejándome allí plantado con la felicitación atragantada en la garganta y una frustración ardiente subiéndome por el cuello. Mi orgullo de ejecutivo de éxito se fue directo al suelo. Había levantado un imperio tecnológico para estar a su altura, pero Estela parecía haber construido una vida entera en la capital donde yo ya no formaba parte del mapa.
Parte 2: La perspectiva de Estela
Ajusté el birrete sobre mi cabeza mientras miraba el diploma oficial que acreditaba mi graduación en Derecho, sintiendo que una oleada de felicidad legítima me recorría el cuerpo. El año de prácticas en la prestigiosa firma de abogados de la capital había sido durísimo, con jornadas extenuantes y una exigencia profesional extrema, pero el balance final había sido infinitamente mejor de lo que jamás me atrevía a soñar. No solo me había consolidado como una de las mentes más prometedoras del bufete, sino que el distanciamiento obligatorio del pueblo me había servido para sanar.
Había cumplido mi promesa. Dejé de perseguir el fantasma de José, renuncié a las murallas de indiferencia fingida y me obligué a disfrutar de la vida como una mujer libre. Y en mitad de ese proceso de liberación, el destino me sorprendió. Encontré a alguien. Un hombre maduro, atento, que me valoraba por lo que era y con el que, después de muchos meses de estabilidad, me sentía genuinamente feliz. José seguía ocupando un rincón inalterable en mis recuerdos más profundos —el primer amor nunca se borra del todo—, pero la realidad era que me sentía muy bien, protegida y valorada al lado de mi novio.
Por eso, el día de la graduación, me sentía radiante. No tenía necesidad de esconderme detrás de ninguna máscara.
Cuando vi a José acercarse entre la marea de familias con su impecable traje de diseño, luciendo ridículamente guapo y con ese aire de CEO tecnológico que manejaba el mundo, el pulso se me aceleró por pura inercia, pero me mantuve firme. Noté la tensión en su mandíbula y la fijeza casi dolorosa con la que me miraba, buscando desesperadamente la habitual provocación para iniciar nuestra clásica guerra de palabras. Pero yo ya no era esa chica. Me mostré esquiva, cortante pero educada, limitando nuestro contacto al mínimo indispensable para no desestabilizar la paz mental que tanto me había costado construir.
—Familia, de verdad que lo siento muchísimo, pero me tengo que marchar ya —dije, interrumpiendo las felicitaciones de los padres de Laura con mi mejor sonrisa de disculpa—. He organizado una celebración privada y se me hace un poco tarde. Disfrutad mucho de la tarde, os quiero.
No añadí más detalles. No hacía falta explicarle a todo el mundo que me iba a celebrar mi éxito a solas con mi novio en un restaurante reservado del centro. Laura, que estaba a mi lado, me lanzó una mirada cómplice y un ligero apretón en el brazo. Ella era la única que sabía toda la verdad sobre mi relación y sobre los planes de esa noche, pero se mantuvo en absoluto silencio, respetando mi espacio. Sabía perfectamente que no era su lugar dar explicaciones que me correspondían a mí.
Me di la vuelta sin mirar atrás, caminando hacia la salida del campus con paso firme sobre mis tacones. Sintiéndome dueña de mi presente. Mientras me alejaba, pude percibir, como una corriente eléctrica en la espalda, la mirada confusa, frustrada y herida de José clavada en mí desde la distancia. Sonreí con una pizca de melancolía. El gran ingeniero del país acababa de descubrir que el tiempo no se detiene para nadie, y que la niña que lloraba por sus desprecios en el porche del jardín por fin había aprendido a volar sola.