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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

...Valentina...

No sé en qué momento dejé de fingir que no era una cita.

Fue idea mía. Bueno, técnicamente fue una sugerencia:

—Profesor, ¿ha visto la película que están pasando en el cine del centro? La de los poetas de la Generación del 27.

Él levantó la vista de su computadora.

—No voy mucho al cine.

—Es un documental. Sobre poesía. —Jugué mi carta más fuerte—. Dicen que el tratamiento visual de los manuscritos originales es extraordinario.

Silencio. Lo vi calibrar la información como un ajedrecista evaluando una jugada.

—¿A qué hora es la función?

Sonreí como una idiota. La sonrisa me duró todo el camino al cine.

El lugar era pequeño, de esos cines independientes que huelen a palomitas de verdad y no a palomitas de microondas. Había quizá treinta asientos y una pantalla que parecía grande solo porque la sala era diminuta.

Martín compró palomitas. Sin preguntar. Y una botella de agua extra que me pasó sin comentario cuando me vio mezclar el refresco con agua «porque los refrescos del cine son demasiado dulces».

—¿Cómo sabe que los mezclo? —pregunté.

—Lo mencionaste en el evento de la agencia. Segundo vaso.

Segundo vaso. De un evento hace tres semanas. Un detalle que yo misma no recordaba haber dicho en voz alta.

Nos sentamos en la fila de atrás. No por estrategia romántica —la sala estaba casi vacía y las mejores butacas estaban ahí.

Las luces se apagaron.

El documental era hermoso. Imágenes de manuscritos en sepia, voces en off leyendo versos, paisajes del sur de España bañados en una luz que parecía hecha de miel. Pero yo no pude concentrarme en los primeros veinte minutos porque su brazo estaba a tres centímetros del mío en el reposabrazos compartido.

Tres centímetros.

Lo miré de reojo. Él miraba la pantalla con esa atención absoluta que le dedicaba a todo: a los libros, a la cocina, a las conversaciones. Como si el mundo mereciera ser observado con cuidado.

En la pantalla, un actor recitaba a Lorca. La imagen cambió a un paisaje nocturno con luna llena.

Su brazo se movió. Un centímetro más cerca.

Mi brazo se movió. Un centímetro más cerca.

Ahora estábamos a un centímetro. Podía sentir el calor de su piel sin que nos tocáramos. Era la distancia más corta y más larga del mundo.

Y entonces, la escena del beso.

En el documental, una pareja de la posguerra se reencontraba en un andén de tren. Música de cuerda. Luz dorada. Él la tomaba de la cara con ambas manos y la besaba con la desesperación de alguien que ha esperado demasiado tiempo.

Me quedé muy quieta.

Martín se inclinó hacia mí.

Mi corazón dejó de latir.

Su mano pasó por encima de la mía —rozándome los nudillos en el proceso— y tomó un puñado de palomitas del bote que estaba en mi regazo.

—Perdón —dijo, en un susurro que me erizó la piel del cuello.

—No… no hay problema.

Me miré las manos en la oscuridad. Temblaban. Levanté la vista hacia él y vi algo que no esperaba: la punta de sus orejas estaba roja.

Roja.

Martín Herrera Solís, el hombre que daba conferencias ante cien personas sin cambiar el tono de voz, tenía las orejas rojas en un cine oscuro porque su mano le había rozado la mía al tomar palomitas.

Cuando la película terminó y las luces se encendieron, él comentó la escena del beso con la distancia crítica de un académico:

—El ángulo de contraluz estuvo bien logrado. La composición del encuadre recordaba a Buñuel.

No pude evitar reírme.

—¿De verdad está analizando la cinematografía del beso?

—Es un documental sobre poetas. El análisis visual es relevante.

—Profesor.

—¿Sí?

—Tenía las orejas rojas.

Silencio.

—Es la calefacción del cine —dijo, con una dignidad que no le creí.

Salimos a la calle. El sol de la tarde teñía todo de naranja. Caminamos uno al lado del otro, con las sombras largas a nuestros pies, y yo pensaba: esto fue una cita. No me importa cómo lo llamemos. Fue una cita.

Entonces él dijo algo que me detuvo en seco:

—Hay cosas que no se tienen que hacer en un cine.

Lo miré.

—¿Qué?

—Dije que hay cosas que no se tienen que hacer en un cine. —Me sostuvo la mirada. Los ojos castaños, cálidos, serios—. Que merecen un lugar mejor.

Mi cerebro procesó la frase. La reprocesó. La analizó con la precisión de una alumna de cuatro años de literatura que sabe exactamente cómo funciona un subtexto.

Él no estaba hablando de la cinematografía de Buñuel.

—Ah —dije.

Solo «Ah». Porque mi vocabulario completo se había reducido a una sola sílaba.

Él retomó el paso. Yo lo seguí, con el corazón golpeándome las costillas y la certeza de que esa frase iba a mantenerme despierta las próximas tres noches.

Cenamos en el 302. Sobras del guisado del viernes, recalentadas con una habilidad que convertía las sobras en un plato nuevo. Comimos en la barra, hombro con hombro, con la ventana abierta y el sonido de los grillos llenando el silencio.

—Gracias por la película —dije.

—Gracias por invitarme.

—¿Le gustó?

—Me gustó la compañía.

Otra frase que me robó el aire. Este hombre lanzaba frases como un francotirador de la poesía: preciso, letal, sin previo aviso.

Esa noche, ya en mi cuarto, le escribí a Mariana:

«Fuimos al cine.»

Su respuesta fue inmediata:

«DETALLES. TODOS. AHORA.»

Le conté lo de las palomitas. Lo del centímetro. Lo de las orejas rojas. Lo de la frase.

Mariana envió un audio de cuarenta y cinco segundos que consistía enteramente en gritos ahogados.

Después escribió:

«Valentina Torres Medina. Ese hombre te va a besar. Y no va a ser en un cine. Y cuando pase, quiero que me llames EN EL ACTO.»

Me reí. Abracé la almohada. Y pensé en su frase:

«Hay cosas que merecen un lugar mejor.»

¿Qué lugar? ¿Cuándo?

No lo sabía. Pero por primera vez, la espera no me daba miedo. Me daba mariposas.

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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