Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 17. EL ACERCAMIENTO PASIONAL
La noche se desplomó sobre las colinas del sur con una tormenta de verano que azotaba los inmensos ventanales de la mansión. Los relámpagos iluminaban de forma intermitente el gran salón de piedra blanca, proyectando destellos azulados sobre los muebles de madera noble y las alfombras de felpa. En mitad de la penumbra de la estancia, el crepitar de la leña en la chimenea era el único sonido que competía con el rugido del viento exterior, creando una atmósfera de un aislamiento absoluto.
Lucía permanecía sentada en el inmenso sofá de piel oscura, con las piernas encogidas y una manta de lana ligera cubriéndole los hombros. Vestía un camisón de seda fina en tono perla que se amoldaba con suavidad a la curva de sus caderas. Su elegancia natural y sofisticada, desprovista de los adornos de su antigua vida, lucía imponente bajo el resplandor del fuego. A pesar del vacío que seguía gobernando su mente, la agitación trémula que le recorría el pecho esa noche no se debía a la amnesia ni a los retazos borrosos de sus recuerdos. Se debía a la presencia del hombre que caminaba hacia ella.
Dante cruzó el salón con su habitual paso firme, pausado e imponente. Se había quitado la chaqueta sastre; vestía únicamente un pantalón oscuro y una camisa negra con los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto la firmeza de su torso robusto y la complexión musculosa de sus hombros anchos. Su magnetismo salvaje absoluto y su estampa, de una frialdad analítica que se derretía únicamente al mirarla, dominaban todo el espacio cerrado.
Se detuvo justo frente al sofá, depositando su vaso de cristal sobre la mesa, y clavó sus ojos oscuros en las pupilas claras de la joven con una fijeza de lo más posesiva y exigente.
—La tormenta está empeorando en las afueras, pero aquí dentro estás a salvo, preciosa —susurró Dante con una voz profunda, nítida y de una seguridad aplastante que le recorrió las entrañas a la joven como un calor abrasador.
Lucía levantó la mirada, sosteniéndole la vista con una determinación que delataba que el afecto real e inmanente que había crecido entre ambos durante las últimas semanas ya había roto cualquier barrera.
—No tengo miedo de la tormenta, Dante... —confesó ella en un hilo de voz pastoso, quebrado y de lo más ardiente—. Tengo miedo de lo mucho que te busco con la mirada cada vez que te alejas de este salón. No recuerdo quién soy, pero sé perfectamente que mi cuerpo solo encuentra la paz cuando estás cerca.
Esas palabras, cargadas de una entrega desarmada y pasional, terminaron por destrozar la gélida fachada del mafioso. Dante ahogó un gemido ronco entre los dientes, se inclinó sobre el sofá y la tomó por las caderas con un agarre grande, firme y posesivo, atrayéndola hacia su cuerpo musculoso. Su boca descendió sin contemplaciones, atrapando los labios de Lucía en un beso salvaje, caliente y espeso que les cortó la respiración de golpe, devorándose en mitad de la penumbra del salón.
Con un movimiento pausado pero cargado de un desespero indomable, Dante la alzó estilo nupcial del sofá, trasladándola con una soltura pasmosa hacia la inmensa alfombra que se extendía frente al fuego de la chimenea. La depositó sobre la felpa mullida con una delicadeza extrema, colocándose de inmediato entre sus piernas, acorralando su silueta con sus hombros anchos.
Sus manos grandes se deslizaron por la suavidad de la seda perla, apartando el tejido con una urgencia que hizo jadear a la joven de puro deseo. Dante clavó sus ojos oscuros en la pureza de sus facciones, fascinado por la sumisión instintiva con la que ella abría los brazos para recibirlo. Sus palmas recorrieron sus muslos firmes y ascendieron por su vientre plano, provocándole a Lucía un chispazo eléctrico de alto voltaje que le hizo arquear la espalda contra el suelo, enterrando las uñas en los músculos de los antebrazos del mafioso.
El encuentro se transformó de inmediato en una coreografía de satén, fuego y gemidos ahogados que inundó la estancia de un erotismo insoportable. Dante la reclamaba con una fuerza protectora inmensa y exigente, poseyendo su cuerpo con una cadencia salvaje y profunda en mitad de las sombras, fundiendo sus respiraciones en un compás acelerado que borraba cualquier rastro del mundo exterior. Ella era suya en mitad de la noche, tanto como suyo era él para ella en ese pacto silencioso de deseo desmedido. El clímax los alcanzó en una explosión perfecta de placer, dejando a Lucía temblando por completo entre sus brazos, mientras Dante se hundía en su cuello con un último suspiro ronco, sellando una lealtad indestructible que las leyes de la ciudad jamás podrían deshacer.
Mientras el amor real y una pasión sin límites se consolidaban en la intimidad de la mansión de las colinas, a muchos kilómetros de allí, el desespero se adueñaba por completo de la gran sala de estar de la casa familiar. La tormenta de verano golpeaba con fuerza los ventanales del porche principal, arrojando fogonazos de luz blanca sobre una escena de absoluta devastación humana. El ambiente respiraba una pesadez plomiza; la lona del luto silencioso parecía haberse instalado sobre cada rincón del hogar tras meses de una ceguera legal estéril que no ofrecía ninguna respuesta.
Brandon Atelier permanecía sentado en el centro del sofá principal, con la mirada perdida en el vacío y una rigidez de piedra en sus facciones. Mantenía sus brazos fuertes y robustos cerrados alrededor de su esposa Monique, quien se encontraba completamente desconsolada, hundiendo el rostro bañado en lágrimas contra el pecho de su marido. Los sollozos reprimidos de la madre rompían el silencio de la estancia de la forma más desgarradora; el paso de las semanas había quebrado su fe por completo, sumiéndola en un pánico sordo al contemplar el bolso de mano que seguía descansando sobre el mueble del recibidor como el único cabo suelto de la tragedia. A sus lados Luke y Katerine visiblemente afectados los acompañaban en completo silencio.
A pocos metros, Marcos Atelier aparecía completamente derrumbado en una de las butacas de piel, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos frías. Su estampa robusta lucía exhausta, vencida por el remordimiento de no haber podido proteger a su hermana pequeña. A su lado, Sara permanecía arrodillada en la alfombra, sosteniéndole la mano grande con un agarre firme, dulce, intentando infundirle un hilo de fortaleza mientras sus propios ojos color miel se empañaban por la impotencia.
El resto de la familia completaba el círculo del dolor en mitad del salón. Sasha permanecía unida en una esquina junto a su esposo Ethan, quien observaba el suelo con una seriedad aplastante y los puños cerrados dentro de los bolsillos. Los primos Alexander y Daniel mantenían las cabezas bajas, asimilando junto al detective García la crudeza del informe de los terminales de urgencias. Tras haber removido el mercado, registrar cada centro sanitario de la capital y agotar todos los recursos del bufete contable sin obtener una sola pista de la mancha de sangre de la carretera, el clan se encontraba destruido. Se veían obligados por primera vez en la vida a enfrentarse a la dolorosa realidad de tener que firmar el cese definitivo de la búsqueda oficial, dándola por perdida para siempre ante la nada de las sombras, derrotados por el misterio de una ausencia que les desgarraba el alma.