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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

Flor de azahar

A las cuatro cincuenta y siete, Sebastián salió de su oficina.

No dijo nada sobre el café. No tenía que hacerlo. Su sola presencia frente al escritorio de Emilio ya era una objeción con traje.

—El reporte de clínicas comunitarias está terminado —dijo Emilio antes de que pudiera preguntar.

—No pregunté.

—Iba a hacerlo.

Sebastián miró la pantalla, luego el reloj.

—Garza habla demasiado.

—Lo noté.

—No aceptes nada que te ofrezca sin leerlo tres veces.

Emilio guardó su libreta.

—¿Incluye café?

—Especialmente café.

Había algo casi infantil en esa advertencia, pero la cara de Sebastián seguía siendo la de un hombre capaz de arruinar mercados antes del desayuno. Emilio decidió no sonreír.

—Volveré en media hora.

—Veinte minutos.

—Treinta.

—Veinticinco.

Emilio levantó la vista.

—¿Está negociando mi descanso?

Sebastián pareció darse cuenta de lo absurdo medio segundo tarde.

—Estoy administrando recursos.

—Claro.

Andrés, desde su escritorio, bajó la mirada a la tableta con una velocidad sospechosa.

La cafetería del piso cuarenta y nueve era más pequeña que la del lobby y mucho más silenciosa. Tenía ventanales hacia la ciudad, mesas de madera clara y empleados que fingían no mirar a Valentín Garza sentado en una esquina con dos tazas intactas.

Valentín no estaba usando el celular. Solo esperaba.

Eso, por alguna razón, hacía más pesada su presencia.

—Llegas puntual —dijo.

—Trabajo para Sebastián Luján.

—Entonces llegas entrenado para sobrevivir.

Emilio se sentó frente a él.

Valentín empujó una de las tazas hacia su lado.

—Café sin azúcar. Pedí leche aparte porque pareces de los que no confían en decisiones ajenas.

—No está equivocado.

—Rara vez.

El aroma a flor de azahar era más suave en la cafetería, pero seguía allí, alrededor de Valentín como una advertencia bonita. Emilio sintió la glándula palpitar una vez. Apretó la taza para no llevarse la mano al cuello.

Valentín lo vio.

—No voy a preguntarte qué tienes en la nuca.

Emilio se quedó quieto.

—Eso suena a que ya lo preguntó en su cabeza.

—Varias veces. Soy discreto, no ciego.

—Mi expediente dice Beta.

—No dije lo contrario.

El silencio entre ambos fue distinto al de Sebastián. Con Sebastián, el silencio empujaba. Con Valentín, abría espacio y esperaba a ver si uno era lo bastante tonto para llenarlo con información útil.

Emilio tomó café.

—¿Quería hablar de mi cuello?

—No. Quería hablar de tu dinero.

La frase lo descolocó más que cualquier pregunta médica.

—¿Mi dinero?

—Tu análisis de Corporativo Garza incluyó exposición hospitalaria, riesgo reputacional y litigios sellados. Nadie hace eso por salario mínimo emocional.

—No sé cuánto cree que gano.

—Sé cuánto no ganas.

Emilio dejó la taza sobre la mesa.

Valentín no sonaba compasivo. Eso ayudó.

—No acepto regalos.

—Qué bueno. No vine a regalarte nada.

Sacó una carpeta delgada de piel verde oscuro y la deslizó hacia él.

—Tengo un fondo privado para inversiones tempranas en empresas medianas con contratos médicos o logísticos. Normalmente no acepto aportaciones pequeñas porque me da flojera explicar el mundo a gente que confunde suerte con inteligencia.

—Qué encantador.

—Pero tú no eres tonto. Y tampoco eres de los que quieren vivir de la cartera de un Alfa con complejo de dios.

Emilio abrió la carpeta.

No había lujo innecesario. Había cifras, porcentajes, periodos de bloqueo, riesgos, historial de rendimientos y una página completa de pérdidas posibles escrita sin maquillaje.

Eso le gustó.

—¿Por qué me ofrece esto?

—Porque viste el punto débil del supresor antes que dos abogados y un financiero. Porque Sebastián te mira como si fueras problema suyo y eso puede volverse peligroso si tú no tienes piso propio. Y porque me caes bien.

—Eso último suena poco profesional.

—Lo es. Lo compenso siendo muy bueno en lo demás.

Emilio leyó la primera página otra vez.

El monto mínimo era alto, pero no imposible. Dolería. Lo obligaría a ajustar comida, transporte, quizá posponer estabilizadores más caros. Pero por primera vez la palabra inversión no sonaba a fantasía de gente con apellidos dobles. Sonaba a una puerta pequeña.

La aportación inicial era de $5,000 MXN y después depósitos mensuales flexibles. Emilio hizo el cálculo sin sacar el celular: renta, transporte, comida, estabilizadores, una reserva mínima para emergencias de Lucía. Si aceptaba, tendría que dejar de comprar café fuera, volver a desayunar bolillos más seguido y estirar cada peso sin cometer tonterías.

No era el tipo de oportunidad que cambiaba una vida en una noche.

Precisamente por eso le creyó.

Los ricos vendían milagros cuando querían atrapar a alguien. Valentín le estaba vendiendo riesgo, paciencia y una salida que no dependía de gustarle a ningún Alfa.

—Necesito leerlo completo.

—Tres veces, si quieres obedecer a Sebastián.

Valentín señaló la segunda página con una uña impecable.

—Y una condición personal: no inviertas dinero de medicina. Ni estabilizadores, ni consultas, ni emergencias de tu hermana. Si para entrar tienes que jugar con tu salud, no estás invirtiendo; estás apostando contra ti mismo.

Emilio cerró los dedos sobre la carpeta.

—No le dije que tomara estabilizadores.

—No. Pero traes el blíster en el saco y caminas como si el cuello te cobrara renta.

Emilio levantó la mirada.

Valentín sonrió.

—Lo conozco desde antes de que aprendiera a fingir que no le importa nadie.

—¿Eran amigos?

—Somos algo más resistente que eso. Sobrevivientes del mismo tipo de salones, familias y cenas donde todos sonríen con feromonas bajo la mesa.

Valentín tomó su taza, pero no bebió.

—Sebastián no es fácil.

—No me había dado cuenta.

—No seas encantador conmigo, Emilio. Tengo mejores armas.

Emilio bajó la vista a la carpeta para ocultar la risa.

—No dije que fuera fácil —continuó Valentín—. Dije que hay cosas que no vas a entender si solo lo miras como jefe.

La glándula de Emilio latió otra vez. Esta vez no por el aroma de azahar.

—No lo miro como otra cosa.

Valentín lo observó con una paciencia cruel.

—Ajá.

Emilio tomó café para no responder.

—¿Qué cosas? —preguntó al fin.

Valentín miró hacia los ventanales. Desde ahí se veía la torre de Ciudad Arcoíris reflejando la tarde naranja.

—¿Sabes que Sebastián no soporta a los Omegas, verdad?

La taza se quedó a medio camino de la mesa.

Emilio pensó en Bolita metido en su bolsillo. En la forma en que Sebastián había preguntado si se sentía mal. En la manera en que el frío de escarcha se volvía espacio alrededor de él.

—No lo parece contigo.

—Porque yo no necesito que me soporte. Le conviene respetarme.

Valentín dejó la taza.

—Pero sí. Hay algo ahí. Algo que pasó cuando era niño. No es chisme mío para contar completo, y él nunca le ha contado a nadie toda la historia.

Emilio sintió que el café se le volvía pesado en el estómago.

—¿Por qué me lo dice?

—Porque si algún día te acercas lo suficiente para ver esa parte, no quiero que confundas miedo con desprecio.

La frase quedó entre ellos, limpia y peligrosa.

Valentín cerró la carpeta con dos dedos y la empujó de vuelta hacia Emilio.

—Lee el contrato. Cuida tu cuello. Y si Sebastián te gruñe por haber hablado conmigo, dile que yo empecé.

Emilio tomó la carpeta.

—¿Y si me pregunta qué me dijo?

Valentín sonrió sin alegría.

—Dile la verdad. Que los Omegas también sabemos guardar secretos, pero no siempre por bondad.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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