Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LOS HEREDEROS.
Amir se inclinó, temblando de emoción, y besó la frente de Nalia, cubierta de sudor y de luz.
—¡Lo lograste, mi amor! ¡Nuestro hijo! ¡Es hermoso, es fuerte! —le decía, pero ella lo apretó de nuevo, porque el segundo bebé ya venía, más rápido, con más fuerza.
Y momentos después, otro grito, otro llanto, y Amara levantó a la segunda criatura, pequeña, perfecta, con el cabello plateado y ojos verdes como su madre.
—¡Una niña! —gritó Elena, con la voz rota por la felicidad—. ¡Una princesa! ¡Son perfectos! ¡Son maravillosos!
Amir se dejó caer de rodillas junto a la cama, llorando sin vergüenza, tomando las manos de Nalia, besándolas una y otra vez, mirando a sus dos hijos, que ya estaban limpios, brillantes y tranquilos, como si supieran que estaban a salvo.
—Son la cosa más hermosa que he visto en mi vida —susurró él, mirando a Nalia con adoración infinita—. Gracias, mi diosa. Gracias por darme el cielo entero.
Nalia sonrió, débil pero radiante, y levantó la mano para acariciar la cara de su esposo.
—Son tuyos... son nuestros... —murmuró ella, con la voz suave pero llena de poder—. Kian y Amaya. Así se llamarán. El príncipe de la Fuerza y la princesa de la Luz.
Pero en ese momento, el suelo tembló violentamente. Un ruido fuerte, como un trueno lejano pero que se acercaba, hizo que todos se pusieran en alerta al instante. La luz de las velas parpadeó y se volvió azul oscuro, y el escudo mágico que Caelan había levantado crujió, como si algo muy pesado y muy malo estuviera golpeándolo desde fuera.
—¡Nos atacan! —gritó Zayn desde la puerta, levantando su espada—. ¡Vienen por el norte, cientos de ellos! ¡Son sombras, son bestias, son magia negra!
Layla corrió hacia la ventana, miró hacia abajo y soltó una maldición entre dientes, girándose hacia todos con la cara tensa y furiosa.
—¡Es Darian! —exclamó ella—. ¡El muy cobarde ha vuelto! ¡Ha traído a todo lo que hay en el infierno con él! ¡Y ha elegido el momento exacto en que Nalia está débil, en que acabamos de traer vida al mundo! ¡Quieren matar a los niños! ¡Quieren destruir todo!
Amir se levantó de un salto, y en sus ojos ya no había rastro de lágrimas ni de dulzura. Ahora brillaba una furia fría, terrible, absoluta. Miró a sus hijos, pequeños e indefensos, miró a su esposa, que yacía en la cama agotada pero todavía llena de luz, y luego miró a su familia.
—Se equivocan si creen que estamos vulnerables —dijo Amir con una voz que no parecía humana, grave y pesada como el acero—. Se equivocan si creen que podrán tocar ni un solo pelo de mis hijos.
Se giró hacia Nalia, se inclinó para besarla en los labios con fuerza y pasión, y le susurró:
—Quédate aquí. Protege a nuestros pequeños. Yo iré. Yo iré con mi padre, con mis hermanos, con mi familia... y les demostraremos que el día que eligieron para atacar, fue el peor día de sus vidas. Porque hoy no solo hemos traído vida... hoy hemos traído la razón por la cual destruiremos a cualquiera que se nos oponga.
Se quitó la túnica ligera que llevaba, quedando totalmente desnudo ante todos, mostrando su cuerpo perfecto, fuerte, musculoso, marcado por la batalla y el amor. Y allí mismo, ante la mirada de todos, su piel comenzó a brillar, sus venas se iluminaron con luz dorada, y su espada, que estaba apoyada en la pared, voló hasta su mano, brillando con fuego blanco.
Karim se desnudó también, igual que él, mostrando su cuerpo inmenso y poderoso, y tomó su arma con una sonrisa feroz.
—¡Vamos, hermano! —gritó Karim—. ¡Enséñales lo que significa ser un Al-Jazair! ¡Hoy haremos un río de sangre oscura!
Zayn, aunque mayor, se quitó la túnica también, mostrando que todavía tenía el cuerpo de un dios guerrero, fuerte y duro como la roca.
—¡Por mi vida, por mis hijos, por mis nietos! —exclamó él, yendo al frente.
Layla no se quedó atrás; se quitó la ropa de batalla, quedando solo con sus prendas más ajustadas, mostrando su cuerpo ágil y fuerte, y Caelan, al verla, también se despojó de todo lo que estorbaba, listo para luchar con magia y con acero si era necesario.
Pero antes de salir, Nalia, aunque débil, se incorporó en la cama, con sus hijos en brazos, y levantó una mano. De ella salió una luz inmensa, dorada y verde, que envolvió a Amir, a Karim, a Zayn, a Layla y a Caelan. Esa luz entró en sus cuerpos, llenándolos de fuerza, de energía, de poder infinito.
—Llevan mi magia con ustedes —dijo ella con voz potente—. Llevan la fuerza de los nuevos príncipes con ustedes. Nada puede herirlos hoy. Nada puede detenerlos. Vayan... y destruyan esa oscuridad para siempre.
Amir la miró una última vez, la miró a ella y a los bebés, grabando esa imagen en su alma para siempre, y luego salió corriendo de la habitación, seguido por todos los hombres y guerreros de la familia, desnudos, brillantes, terribles y hermosos, dispuestos a matar o morir.
La batalla que se libró esa noche en los jardines y las puertas del palacio fue algo que jamás se olvidaría. Las bestias, cientos de ellas, grandes, horribles, con garras y dientes afilados, avanzaban rugiendo, pero se encontraron con un muro de carne, acero y luz que no se movía ni un milímetro.
Zaynluchaba como un dios antiguo, cortando bestias de un solo golpe, su espada brillando con la experiencia de mil batallas, protegiendo el paso como una montaña inamovible.
Karimera la fuerza bruta hecha hombre; con su cuerpo inmenso, empujaba, golpeaba, cortaba, destrozaba a todo lo que se acercaba, rugiendo más fuerte que los propios monstruos, llenando el campo de batalla de miedo y muerte.
Laylacorría entre las filas enemigas, ágil como un rayo, cortando cabezas y extremidades, riendo mientras luchaba, disfrutando de cada golpe, de cada victoria, siendo la pesadilla de las sombras.
Caelancontrolaba el entorno: hacía brotar raíces que atrapaban a los enemigos, llamaba al viento que los lanzaba lejos, quemaba con luz pura a los espectros que intentaban pasar, siendo el arma más letal de todas.
Pero Amir... Amir era lo más aterrador y hermoso de todo. No luchaba como un hombre, ni siquiera como un guerrero. Luchaba como un padre al que han amenazado lo más sagrado. Se movía rápido, muy rápido, casi invisible, su espada cortando el aire y la oscuridad, brillando con fuego blanco que desintegraba todo lo que tocaba. No gritaba, no rugía, estaba en silencio, con la cara seria, los ojos fijos en la destrucción, matando con una precisión y una furia que helaba la sangre incluso a sus propios aliados.