Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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La fortaleza de San Marcos
El amanecer llegó demasiado pronto.
Aurora despertó junto al fuego casi apagado y observó la fortaleza de San Marcos a lo lejos.
Las enormes murallas se levantaban sobre la colina, rodeadas de árboles y niebla.
—Ahí está —dijo Diego.
Todos se acercaron.
Daniel apareció detrás de ellos acompañado por sus soldados.
—La fortaleza lleva años abandonada —explicó—. Pero si Ricardo está utilizando ese lugar, debemos entrar sin alertar a sus hombres.
Aurora observó las murallas.
—¿Cuántos soldados tienes?
—Doce.
Ella negó con la cabeza.
—Demasiados.
Daniel la miró sorprendido.
—¿Demasiados?
—Si entramos con doce soldados, sabrán inmediatamente que estamos aquí.
Mateo señaló un camino estrecho que rodeaba la colina.
—Hay una entrada secundaria.
Daniel se acercó al mapa.
—La antigua puerta de servicio.
Aurora sonrió.
—Entonces por ahí entraremos.
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Dejaron a la mayoría de los soldados escondidos en el bosque.
Daniel eligió solamente a cuatro hombres para acompañarlos.
Aurora avanzó por el sendero junto a él.
—¿Siempre haces esto? —preguntó Daniel.
—¿Qué cosa?
—Entrar en lugares peligrosos como si fuera lo más normal del mundo.
Aurora sonrió.
—Tú tampoco pareces muy preocupado.
—Estoy preocupado.
—No lo parece.
Daniel la miró.
—Tal vez porque estás conmigo.
Aurora se quedó callada durante unos segundos.
—Eso sonó demasiado bonito para un príncipe.
Daniel soltó una risa.
—Puedo ser encantador cuando quiero.
—No te acostumbres.
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Llegaron hasta la antigua puerta.
Diego examinó la cerradura.
—Está cerrada.
Aurora sacó unas pequeñas herramientas de su bolsillo.
—Déjame.
En pocos segundos, la cerradura cedió.
Pablo sonrió.
—Nunca deja de sorprenderme.
—Por eso me pagan —respondió Aurora.
Daniel la miró divertido.
—¿También cobras por abrir puertas?
—Todo depende del cliente.
—Entonces tendré que llevar más monedas.
Aurora soltó una pequeña carcajada.
Entraron.
El interior de la fortaleza estaba oscuro y silencioso.
Las paredes estaban cubiertas de polvo, pero había algo que llamó inmediatamente la atención de Aurora.
Huellas recientes.
—No está abandonada —susurró.
Daniel asintió.
Sacó su espada.
—Manténganse atentos.
Avanzaron lentamente por un corredor.
Al llegar a una habitación encontraron varias cajas vacías.
Mateo abrió una.
—Aquí guardaron algo.
Aurora observó el suelo.
—Miren las marcas.
Las cajas habían sido arrastradas recientemente.
—¿Y si ya se llevaron los documentos? —preguntó Lili.
Aurora negó.
—No.
Señaló una pared.
—Cuando alguien quiere ocultar algo, normalmente lo hace donde nadie piensa buscar.
Daniel siguió su mirada.
Había una enorme estantería de madera.
Entre los libros había un espacio ligeramente más oscuro.
Daniel empujó uno de ellos.
La estantería se movió.
Detrás apareció una pequeña habitación secreta.
Todos se quedaron sorprendidos.
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Dentro había varios cofres.
Aurora abrió el primero.
No había oro.
Había documentos.
—Los encontramos.
Daniel tomó uno de los registros.
Comenzó a leer.
—Fechas... cantidades... nombres.
Aurora se acercó.
—¿Qué nombres?
Daniel recorrió las páginas.
Su expresión cambió.
—Hay nobles.
—¿Cuáles?
Daniel comenzó a leerlos en voz baja.
Aurora reconoció algunos.
Eran hombres que formaban parte del consejo del rey.
—Ricardo no está actuando solo —dijo ella.
Daniel cerró el documento.
—No.
Entonces encontraron un segundo cofre.
Dentro había cartas.
Una de ellas llevaba un sello diferente.
Daniel rompió la cera.
Leyó las primeras líneas.
Su rostro palideció.
—¿Qué dice? —preguntó Aurora.
Daniel levantó lentamente la mirada.
—La invasión está prevista para dentro de tres semanas.
Todos quedaron en silencio.
—¿Estás seguro? —preguntó Mateo.
Daniel asintió.
—Y hay algo más.
Le entregó la carta a Aurora.
Ella comenzó a leer.
Después levantó la mirada.
—Hay alguien dentro del palacio ayudándolos.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Quién?
Aurora negó lentamente.
—No aparece el nombre.
De repente escucharon un ruido en el corredor.
Pasos.
Muchos pasos.
Diego apagó la antorcha.
Todos quedaron inmóviles.
Las voces se acercaban.
—Revisen las habitaciones.
—Alguien entró en la fortaleza.
Daniel miró a Aurora.
Ella señaló una pequeña puerta al fondo de la habitación.
Todos se dirigieron hacia ella.
Pero antes de entrar, Aurora sintió que alguien tomaba suavemente su mano.
Era Daniel.
—No te separes de mí.
Aurora lo miró.
—¿Eso es una orden?
—Una petición.
Ella sonrió.
—Entonces está bien.
Los dos entraron juntos.
La puerta se cerró justo cuando los hombres irrumpieron en la habitación secreta.
Aurora y Daniel quedaron atrapados en un estrecho pasadizo, rodeados de oscuridad.
Sus manos seguían unidas.
Ninguno parecía tener prisa por soltarlas.