Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 20
Cap 20: Veneno y fuego
La noche olía a gasolina y perfume caro. Dante iba en el asiento trasero del auto de Vale, con la ventanilla abierta y el viento metiéndosele entre los dedos. Héctor manejaba. Vale iba de copiloto cambiando canciones cada tres segundos como si tuviera algún tipo de trastorno musical.
—Déjala en una y ya —dijo Dante.
—Es que ninguna le hace justicia a tu victoria, cabrón. Necesitamos algo épico.
—Pon lo que sea. Me da igual.
No le daba igual. Le daba igual todo menos el silencio de Sebastián, que iba sentado a su lado sin haber abierto la boca desde que subió al auto. Tenía el codo contra la puerta, la mandíbula apretada, los ojos fijos en algún punto de la calle que no existía. Dante lo había visto así antes: cuando calculaba algo. Cuando estaba furioso y no quería que nadie lo supiera.
"¿Sigue enojado por lo de la pista?"
Dante giró la cara hacia su propia ventanilla. Que se enojara. Él no le debía explicaciones a nadie.
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El bar se llamaba Lateral y estaba en una azotea de la Roma Norte. Luces ámbar, barra de concreto pulido, gente de la escena automovilística con tragos en la mano y egos del tamaño de sus camionetas. La ceremonia de premiación era más bien una excusa para emborracharse con estilo.
Dante ubicó a los organizadores al fondo. Los guantes firmados por Montoya estaban en una vitrina pequeña junto a un micrófono. Alguien iba a dar un discurso. Alguien iba a tomarle fotos. Él iba a sonreír, recoger su trofeo e irse.
Plan simple. Planes simples nunca le funcionaban.
—¡Dados! —Vale ya estaba en la barra con un vaso de mezcal y un juego de dados que alguien había sacado de quién sabe dónde—. Montero, ven. Juega conmigo.
Sebastián se sentó en el banco junto a Vale sin decir nada. Alguien le puso un whisky enfrente. Después otro. Después un tercero. Dante lo observaba de reojo desde el otro lado de la barra mientras saludaba gente que no le importaba. Sebastián perdía ronda tras ronda contra Vale, pagaba con tragos, se los tomaba todos, y no cambiaba. Ni los ojos vidriosos, ni la voz arrastrada, ni el más mínimo temblor en las manos.
Tres whiskys dobles. Nada.
Vale se rio nervioso.
—Güey, ¿tienes el hígado de titanio o qué?
Sebastián giró el vaso vacío sobre la barra.
—Tira los dados, Valentín.
Dante apartó la mirada. "Claro. Como si pudiera emborracharse un tipo que cenó con narcotraficantes a los veinte años."
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El momento llegó cuarenta minutos después. El presentador dijo su nombre, la gente aplaudió, y Dante subió a recoger la vitrina. Los guantes de Montoya eran de piel negra con costuras doradas, firmados en plata sobre el dorso izquierdo. Pesaban más de lo que esperaba. Los alzó con una mano y la gente silbó y aplaudió.
Entonces Gonzalo apareció a su lado.
Llevaba camisa blanca, sonrisa amplia y dos copas de champán en las manos. La multitud murmuró. Todos sabían lo que había pasado en la pista. Todos esperaban sangre o hielo.
Gonzalo eligió miel.
—Felicidades, Dante —dijo, lo suficientemente fuerte para que la gente de alrededor escuchara—. Corriste mejor que yo. Así de simple.
Dante no contestó. Sostuvo los guantes contra su pecho y lo miró.
—Mira —Gonzalo bajó la voz, pero no tanto—. Sé que la cagué allá afuera. Fui un imbécil. Quiero que hagamos las paces, ¿sí? Sin rencores. —Extendió una de las copas hacia Dante—. Un brindis. Tú y yo. Página nueva.
La copa brillaba bajo las luces ámbar. Las burbujas subían rápidas, ordenadas.
Dante miró la copa. Después miró a Gonzalo. Los ojos del tipo estaban demasiado atentos, demasiado fijos en sus manos, como si esperara el momento exacto en que la copa tocara sus labios.
"Algo no está bien."
Fue un instinto. No una razón. Algo en la sonrisa de Gonzalo que no llegaba a los ojos. Algo en la manera en que sostenía la segunda copa sin beber de ella. Algo en la urgencia disfrazada de calma.
Dante no tomó la copa. Pero tampoco la rechazó. Se quedó ahí, con la mano a medio camino, y esa fracción de segundo fue suficiente.
Una mano apareció entre los dos. Dedos largos, limpios, sin anillos. Tomó la copa directamente de la mano de Gonzalo con la misma naturalidad con la que alguien recoge su cambio en una tienda.
Sebastián olió la copa. Un solo movimiento, rápido. Después levantó la mirada hacia Gonzalo, y Dante vio algo que no había visto antes: los ojos de Sebastián completamente vacíos. Sin rabia. Sin frialdad. Sin nada. Como una pared de concreto detrás de la cual había algo que nadie quería conocer.
—Tómatelas tú —dijo Sebastián. Empujó la copa contra el pecho de Gonzalo con dos dedos. Después tomó la segunda copa de su otra mano y la colocó junto a la primera—. Las dos.
El silencio se extendió como una mancha de aceite. La gente alrededor dejó de hablar.
Gonzalo palideció. Fue instantáneo, como si alguien le hubiera drenado el color con una jeringa. Retrocedió medio paso. La copa tembló en su mano.
Y Dante entendió.
Lo entendió todo. La amabilidad falsa. La copa que Gonzalo no iba a beber. La manera en que había esperado a que estuviera rodeado de gente para que rechazar el brindis pareciera descortés.
Le había puesto algo a la copa.
La rabia no subió. Explotó. Le llenó el pecho como gasolina encendida. Dante soltó la vitrina con los guantes, que alguien atrapó antes de que cayera, y le metió un puñetazo a Gonzalo directo en la cara.
El golpe sonó húmedo y seco al mismo tiempo. Gonzalo se fue hacia atrás. Las copas se estrellaron contra el piso. La champán se derramó entre los vidrios rotos. La gente gritó. Alguien dijo "¡No mames!" y alguien más levantó su celular para grabar.
Dante fue por el segundo golpe. Gonzalo estaba en el suelo, con la mano en la nariz y sangre entre los dedos, y Dante quería más. Quería romperle la cara completa. Quería que cada hueso de su mano se estrellara contra esa mandíbula hasta que—
Un brazo le rodeó la cintura. Lo apretó. Lo jaló hacia arriba.
Sus pies se despegaron del piso.
—¡Suéltame! —Dante pataleó. El brazo no cedió. Era como una barra de acero forrada de tela—. ¡Sebastián, suéltame, carajo!
Sebastián no contestó. Lo cargó en el aire como si pesara lo mismo que una maleta, caminó tres pasos y lo depositó en los brazos de Vale, que apenas pudo sostenerlo.
—No lo sueltes —le dijo a Vale.
—¿Qué...? Sí, sí, órale —Vale agarró a Dante por los hombros con cara de pánico—. Tranquilo, güey, tranquilo...
—¡No estoy tranquilo! ¡Ese hijo de puta me drogó la copa!
La palabra "drogó" cruzó el bar como una bala. Los murmullos se convirtieron en exclamaciones. La gente se apartó de Gonzalo como si fuera contagioso.
Sebastián se agachó. Se puso en cuclillas frente a Gonzalo, que seguía en el suelo, sangrando por la nariz y temblando. Con la mano izquierda le agarró la mandíbula. Los dedos se le hundieron en las mejillas, forzándole la boca abierta. Con la derecha recogió una de las copas rotas del suelo. No estaba completamente vacía. Quedaba un fondo de champán con lo que fuera que Gonzalo le había echado.
Gonzalo intentó girarse. Sebastián le apretó más fuerte.
—Abre —dijo. Solo eso.
Y le vació el resto de la copa en la boca.
Gonzalo tosió, escupió, se ahogó. El líquido le escurrió por la barbilla, mezclado con sangre. Alguien gritó. Alguien más dejó caer su vaso. El bar entero se quedó inmóvil, como si alguien hubiera pausado la escena.
Sebastián se limpió la mano en el pantalón de Gonzalo. Se puso de pie.
Tres tipos se adelantaron desde la esquina del bar. Los amigos de Gonzalo. Uno era grande, otro tenía cara de querer pelear, el tercero ya estaba sacando el celular. Se plantaron a dos metros de Sebastián con la intención mal disimulada de intervenir.
Sebastián los miró. A los tres. Uno por uno. Sin prisa.
—Pregúntenle qué le puso a esa copa —dijo, con una voz tan tranquila que daba más miedo que cualquier grito—. Y después decidan si quieren estar de su lado cuando la gente se entere.
Ninguno se movió.
El grande bajó la mirada. El de la cara de pelea dio un paso atrás. El del celular lo guardó.
Sebastián pasó entre ellos como si no existieran. Caminó hasta donde Vale sostenía a un Dante que todavía forcejaba, se agachó, y se lo echó al hombro.
Así. Sin aviso. Se inclinó, le metió el hombro en el estómago y lo levantó como un costal.
—¡Bájame! —Dante le golpeó la espalda con los puños—. ¡Sebastián Montero, te juro que...!
—Deja de moverte o te dejo caer.
Sebastián caminó hacia la salida con Dante al hombro, pasando entre mesas, meseros, gente que se apartaba con los ojos abiertos y los celulares arriba. Docenas de miradas. El murmullo de voces que no podían creer lo que veían. El supuesto mantenido quebrado de Dante cargándolo como si fuera suyo, con una naturalidad que dejaba claro que no le importaba ni una sola de esas miradas.
Dante dejó de golpearlo. No porque se rindiera, sino porque la sangre se le estaba yendo a la cabeza y el calor de la espalda de Sebastián contra su estómago le estaba haciendo algo que no quería analizar.
En la entrada, una figura los observaba.
Adrián Herrera estaba recargado en el marco de la puerta con una cerveza en la mano. Tenía los ojos fijos en Sebastián, y su expresión era algo que Dante no pudo descifrar desde su posición invertida: una mezcla de sorpresa, admiración y algo oscuro que le tensaba la mandíbula.
Sebastián pasó junto a él sin mirarlo. Adrián levantó la cerveza medio centímetro, como un saludo silencioso que nadie devolvió.
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Dante aterrizó en el asiento del copiloto sin elegancia. Sebastián cerró la puerta, rodeó el auto y se sentó al volante. Arrancó sin ponerse el cinturón.
Silencio.
Un minuto.
Dos.
—Tienes veinticuatro años —dijo Sebastián, sin mirarlo, los ojos en la calle—. Y estuviste a punto de tomarte algo que un desconocido te puso en la mano.
—No es un desconocido, es—
—Es alguien que te odia. Es peor. —Sebastián giró en una esquina con más fuerza de la necesaria—. Y lo de la pista. La represalia contra Gonzalo. Pudiste haberte matado. Pudiste haberlo matado a él. ¿Y para qué? ¿Para demostrar que tienes razón? Tienes doce años, Dante.
—Tengo veinticuatro.
—Actúas como si tuvieras doce.
Dante apretó los dientes. La humillación le ardía más que el golpe que le había dado a Gonzalo. Que lo cargaran al hombro frente a cincuenta personas. Que lo regañaran como a un niño. Que todo eso lo hiciera él.
—¿Y qué si me la hubiera tomado? —soltó Dante, porque era un idiota y porque la rabia le ganaba a la prudencia—. ¿Qué es lo peor que pasa? Me da calentura. Le pago a alguien para que me lo resuelva y ya. No sería la primera vez que alguien cobra por eso.
El auto se detuvo en un semáforo. Sebastián no aceleró cuando la luz cambió a verde.
El claxon del auto de atrás sonó una vez. Dos veces. Sebastián no se movió.
Giró la cara hacia Dante. Lo miró directo. Sin expresión. Sin calor. Sin nada excepto esos ojos oscuros que parecían ver a través de cada capa de orgullo y estupidez que Dante usaba como armadura.
—No necesitas buscar —dijo Sebastián—. Tienes uno enfrente.
El claxon sonó por tercera vez. Sebastián sostuvo la mirada un segundo más.
—Pero... ¿te atreves?
Aceleró. El auto arrancó. Dante se quedó clavado en el asiento con el corazón latiéndole en la garganta y las palabras repitiéndosele en la cabeza como un eco que no sabía cómo apagar.
No contestó. No podía. Se recargó contra el respaldo y giró la cara hacia la ventanilla. Las luces de la calle cruzaban el parabrisas en intervalos regulares, iluminando y oscureciendo el interior del auto como un pulso. Cada destello le mostraba las manos de Sebastián sobre el volante. Las mismas manos que le habían rodeado la cintura. Las mismas que habían forzado la mandíbula de Gonzalo. Las mismas que lo habían cargado como si no pesara nada.
Dante cerró los ojos. Los abrió. Miró esas manos una vez más.
Y la esquina de su boca se curvó hacia arriba, sin permiso, sin razón, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.