Valeria Cárdenas parecía tener una vida estable: un matrimonio envidiable, un hogar tranquilo y un esposo que, alguna vez, la amó de verdad. Pero con el tiempo, las palabras dejaron de ser cariño y empezaron a doler, y el silencio se volvió una forma de castigo que nunca supo cómo enfrentar.
Día tras día, Valeria se fue apagando entre reproches, desprecios, monotonía y culpas que no eran suyas. Sin darse cuenta, dejó de ser ella misma para convertirse en alguien sin alma, solo para no molestar.
Cuando finalmente toma una decisión de la que no hay vuelta atrás convencida de que su ausencia hará todo más fácil para quienes la rodean, entiende demasiado tarde cuánto se había perdido en el camino. Porque a veces el amor no se acaba… solo cambia hasta volverse irreconocible.
Esta es una historia donde el dolor se guarda, donde nadie ve lo que pasa puertas adentro. Y donde comprender lo que ocurrió llega cuando ya no se puede reparar.
NovelToon tiene autorización de A.Gaby para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Promesas en silencio
La cena había sido tranquila, incluso cálida. Para Valeria, sentarse en esa mesa había sido algo nuevo. No recordaba la última vez que comió rodeada de personas que hablaban sin gritar, sin reproches, sin hacerla sentir incómoda e inservible. Había risas, preguntas sencillas, miradas sinceras.Pero todo tenía un final.
Valeria miró el reloj con discreción.
El día siguiente la esperaba con demasiadas cosas: su primer día en la universidad, su nuevo trabajo y el momento más difícil de todos, ver a Andrés para cerrar definitivamente ese capítulo de su vida.
Tomó aire y habló:
—Señora Elena, Susana, creo que ya debo irme. Mañana tengo un día bastante largo y quiero descansar un poco.
Doña Elena asintió con comprensión.
—Claro, hija, es normal. Has tenido día lleno de emociones junto a mi Susanita.
Valeria dudó un momento antes de preguntar:
—¿Por aquí… pasan taxi a esta hora?
No terminó de hablar cuando Susana reaccionó de inmediato.
—¿Cómo que taxi? —dijo, abriendo los ojos con dramatismo—. Mi dulce hermanito te va a dejar sana y salva hasta tu departamento, ¿verdad, Víctor?
Víctor, que estaba recostado en su silla observando en silencio, levantó la mirada.
—Claro que sí, hermanita —respondió con naturalidad—. Yo la llevo.
Susana sonrió satisfecha, como si ya lo tuviera todo resuelto.
—¿Ves? Problema solucionado —añadió, mirando a Valeria—. Tu jefe te va a llevar.
Valeria se sintió un poco incómoda.
—No es necesario, de verdad puedo tomar un taxi. No quiero causar molestias...
Susana negó de inmediato.
—No digas eso. Las calles no son seguras, y menos a esta hora. Yo no me voy a quedar tranquila sabiendo que te fuiste sola.
Luego, sin que Valeria lo notara demasiado, le guiñó el ojo a su madre.
Doña Elena entendió al instante.
—Hija —intervino con voz suave—, deja que Víctor te lleve. Así Susanita se queda tranquila y yo también.
Valeria miró a ambas mujeres. No había forma de negarse sin parecer descortés.
—Está bien —aceptó finalmente—. Muchas gracias.
Susana sonrió con satisfacción.
—Así me gusta.
Valeria se levantó de la mesa. Tomó su bolso y se acercó primero a doña Elena.
—Gracias por la cena, señora Elena de verdad me sentí muy bien aquí.
Doña Elena la abrazó con cariño.
—Esta es tu casa cuando quieras, hija.
Luego Valeria se acercó a Susana. La abrazó con más confianza.
—Gracias por todo..
—No me agradezcas tanto —respondió Susana con una sonrisa—. Mejor acostúmbrate, porque no me voy a deshacer de ti tan fácil.
Ambas rieron suavemente.
—Descansa —añadió Susana—. Mañana será un día importante.
—Lo sé...
Valeria se despidió con una última mirada y salió junto a Víctor.
La puerta se cerró.
Doña Elena observó a su hija unos segundos antes de hablar.
—A ver—dijo con calma—. ¿Qué te traes en manos, hija?
Susana soltó una pequeña risa.
—¿Fui tan obvia?
—Demasiado.
Susana se acomodó en la silla, cruzando las piernas.
—Quiero que Víctor y Valeria se casen —dijo sin rodeos—. Que formen una familia bonita.
Doña Elena la miró con sorpresa.
—¿Así de rápido piensas las cosas?
—No es rápido, mamá —respondió. Es que lo tengo claro.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Te voy a dejar una nuera cuando yo falte... para que no te quedes sola.
Doña Elena bajó la mirada.
—Susana...
Pero ella continuó, como si necesitara decirlo todo.
—Mi hermano necesita una buena mujer y Valeria necesita una familia. Ella ha estado sola toda su vida. Nadie la ha cuidado de verdad nadie le ha enseñado que merece algo mejor.
Su voz se suavizó.
—Yo quiero que deje de sentirse así.
Doña Elena la observaba en silencio.
—Además —añadió Susana— he estado pensando en dejarle mi empresa. Todo lo que tengo.
—¿Qué dices?
—Es en serio, mamá. Ella puede hacer crecer DeSux. Tiene sensibilidad, solo necesita creer en ella misma de lo que es capaz.
Se quedó en silencio unos segundos antes de continuar.
—¿Sabes por qué la ayudé tanto? —preguntó.
Doña Elena negó lentamente.
—Porque la encontré en un puente a punto de lanzarse.
El rostro de la madre cambió por completo.
—¿Qué?
—Sí—susurró Susana—. Yo pasé por ahí de casualidad. Me gusta salir a caminar, sentir el aire en mi rostro , ver a la gente seguir con su vida.
Sus ojos se llenaron de una tristeza tranquila.
—Y la vi llorando, tan sola, tan destrozada..
Respiró hondo.
—Sentí que no era justo. Que la vida no podía tratarla así.
Doña Elena tomó su mano.
—Hija...
—Es muy frágil, mamá. Tiene el alma lastimada cree que no vale nada. Y yo quiero enseñarle que la vida sí vale la pena que mientras uno esté vivo, siempre hay algo que se puede hacer para cambiar el destino..
El silencio volvió a llenar la sala.
Doña Elena la miró con ternura.
—Cuando te escucho hablar—dijo lentamente— te pareces tanto a tu bisabuela Renata Montiel. Era igual a ti, hablaba sin filtro, y era leal con las personas que amaba.
Sonrió con nostalgia.
—Tuvo una docena de hijos imagínate.
Susana rió un poco.
—¿En serio?
—Sí —continuó—. Y tenía una amiga creo que se llamaba Sara. Siempre tu bisabuela le enseñaba a valerse por sí misma ya que su familia la despreciaba..
—Hija, tú eres un ángel.
Susana bajó la mirada.
—No, mamá..
—Sí lo eres —insistió—. Pero dime algo que hace tiempo no me quisistes responder ¿por qué no quisiste hacerte la quimioterapia?
Susana respiró despacio antes de responder.
—Porque no quería alargar mi sufrimiento, igual va a terminar pronto
Doña Elena apretó su mano.
—Pero podrías tener más tiempo...
—¿Para qué? —respondió con suavidad—. ¿Para pasar esos días débil, sin fuerzas,calva, toda huesuda, viendo cómo me apago poco a poco?
Negó lentamente.
—No quiero eso, mamá. No quiero verme así, no quiero que me recuerden así.
—Prefiero vivir lo que me queda bien con ustedes, con una sonrisa.
Su voz se quebró apenas.
—El cáncer ya está en todo mi cuerpo, no hay solución. Me dieron seis meses de vida mamá y el tiempo sigue pasando.
Doña Elena no pudo contener las lágrimas.
—No quiero que te vayas hija mia
Susana también lloraba, pero mantenía una calma extraña.
—Lo sé, pero ya lo acepté.
Se acercó y abrazó a su madre.
—No quiero irme triste quiero que tú también lo aceptes.
Doña Elena rompió en llanto.
—Hija mía, mi niña, la vida me arranca lo más sagrado que tengo, no hay dolor más grande que este..
—Ver cómo te apagas, cuando aún te quedaba tanto por vivir, me destroza el alma...
Susana cerró los ojos, aferrándose a ella.
—Cada lágrima que derramo es un grito que no logra detener esto.. —continuó la madre—. Me quedo con tu sonrisa, con tus sueños, con todo lo que no pudiste vivir...
Se separó un poco, mirándola.
—Si pudiera cambiar mi vida por la tuya, lo haría sin pensarlo dos veces, pero no puedo..
Susana acarició su rostro.
—Mamá…
—Los hijos deberían enterrar a los padres, no al revés...—dijo entre sollozos—. Esto no es justo...
Susana respiró hondo.
—Mamá… escúchame…
Tomó sus manos.
—No sé cómo pedirte que no llores porque sé que esto te duele... pero a mí me duele más verte así...
Sus lágrimas caían.
—Quisiera quedarme contigo, abrazarte siempre pero mi cuerpo ya no va a resistir mucho tiempo...
Se inclinó y apoyó su frente contra la de ella.
—Perdóname por irme tan pronto...
Doña Elena negó con la cabeza, incapaz de hablar.
—No olvides que todo lo que fui, fue gracias a ti—continuó Susana—. Cada sonrisa cada momento, todo nació de tu amor..
Su voz se volvió más suave.
—Cuando me recuerdes piensa que sigo contigo aunque no me veas...
La abrazó con fuerza.
—Te amo más allá de esta vida...
Hizo una pausa.
—Y aunque me vaya no me sueltes en tu corazón porque ahí nunca voy a desaparecer....
Luego Susana susurró:
—Mamá, cuida de Valeria cuando yo ya no esté, conviértete en una madre para ella y darle el amor maternal que nunca tuvo.. ¿me lo prometes?
Doña Elena la abrazó con más fuerza.
—Te lo juro hija... te lo juro...
Se quedaron así, en silencio.
Después de unos minutos, doña Elena habló de nuevo:
—¿Por qué no le dices a Valeria lo de tu enfermedad?
Susana negó suavemente.
—Porque recién está intentando salir de todo lo que vivió —respondió—. Si le digo esto se va a derrumbar otra vez.
—Ella ha estado sola toda su vida...no tiene a nadie y si siente que también me pierde, me temo que puede hacer algo impulsivo...
—No quiero eso mamá, no ahora...
—Primero quiero verla fuerte, segura de si misma, feliz...
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Después, si tengo tiempo se lo diré...
Doña Elena la observó con orgullo y dolor.
—Eres demasiado buena, hija mía...
Susana negó.
—Solo quiero dejar algo bonito antes de irme...