Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 9
En el bullicio del mercado de autos usados de Villa Crespo, Sofía se detuvo frente a un Fiat Siena plateado con el cartel de “oportunidad”. Estaba revisando el precio cuando, al girar, su hombro chocó contra alguien. Levantó la vista y se quedó helada: Matías estaba allí, a menos de un metro, mirándola fijamente. Parpadeó varias veces, frotándose los ojos como si la imagen fuera un espejismo. Pero no lo era. Él avanzaba hacia ella con paso tranquilo.
El pánico la atravesó como un rayo. Tiago. No podía permitir que Matías viera al niño, no ahora, no así. Con un movimiento rápido, lo empujó detrás de su cuerpo, intentando ocultarlo con su figura. “Quédate quieto, mi amor”, murmuró entre dientes.
Pero Tiago, que había visto fotos antiguas en el celular de su madre, reconoció al instante al hombre alto de ojos oscuros. Era el mismo de las imágenes que mamá a veces miraba en silencio. El niño empezó a asomarse por los lados, estirando el cuello con curiosidad, los ojos brillantes de emoción.
Matías vestía jeans oscuros y una camisa negra de algodón, sencilla pero impecable, con el corte que solo se consigue con prendas caras. La ropa casual no lograba disimular su porte natural. Se detuvo frente a Sofía y la observó con atención. “¿Por qué tan nerviosa? ¿Qué hiciste que te da culpa?”.
Sofía tragó saliva y forzó una sonrisa. “Nada. Solo… me sorprendiste. No esperaba verte aquí”.
Los ojos de Matías descendieron lentamente. Detrás de las piernas de Sofía asomaba una cabecita oscura, unos ojos grandes que lo miraban sin pestañear. “¿Y él quién es?”.
Sofía reaccionó al instante. “Es… el hijo de mi hermano. Mi sobrino”.
Tiago entendió la jugada en el acto. Asomó la cabeza con expresión inocente y habló con voz clara y fuerte: “Mi mamá y mi papá se están divorciando. Ninguno de los dos me quiere. Y mi abuela está enferma, así que me vine con mi tía Sofía”.
Matías lo miró fijamente. El niño hablaba con una madurez que no correspondía a su edad, pero la historia parecía creíble. Algo en su pecho se ablandó de forma inesperada. Se agachó un poco para quedar a la altura del pequeño y le revolvió el pelo con suavidad. “¿Cómo te llamas, campeón?”.
“Tiago”, respondió el niño sin dudar.
“¿Cuántos años tienes, Tiago?”.
“Cuatro y medio”.
Matías asintió, todavía con la mano en la cabeza del niño. Había algo en esos ojos grandes, en la forma en que lo miraba sin miedo, que le generaba una extraña ternura.
En ese momento apareció Valeria, que había estado revisando un Renault al otro lado del predio. Al ver a Matías, se detuvo en seco. “¿Y este quién es?”, preguntó, alzando una ceja con curiosidad.
Matías se enderezó y extendió la mano con naturalidad. “Matías. Un… conocido de Sofía”.
Valeria abrió mucho los ojos. El nombre le cayó como un balde de agua fría. “¿Matías? ¿El Matías?”. Su voz subió varios tonos. “¡El que desapareció hace cinco años y dejó a Sofía buscándolo como loca!”.
La gente alrededor empezó a girar la cabeza. Sofía sintió que el suelo se abría. Agarró a Valeria del brazo y la arrastró hacia la salida del local. “Vamos, ahora no. Por favor”.
Valeria protestó, pero se dejó llevar, aunque no dejó de lanzar miradas furiosas por encima del hombro.
Tiago, en cambio, no se movió. Se quedó plantado frente a Matías, mirándolo de arriba abajo con seriedad. “Tío, ¿tú y mi tía eran novios?”.
Matías arqueó una ceja, sorprendido por la pregunta directa. “Hace mucho tiempo, sí”.
“¿Y por qué se separaron?”.
El hombre dudó. No iba a explicarle a un niño de cuatro años los detalles de una ruptura que aún le dolía. “Eso no es algo que se le pregunta a la gente, pequeño. No es de buena educación”.
Tiago no se inmutó. “¿Ya estás casado? ¿Tienes novia?”.
“No estoy casado. Y no, no tengo novia”.
El niño entrecerró los ojos, evaluándolo. Luego lanzó la pregunta final, la que llevaba rondándole desde que reconoció la cara: “¿Todavía quieres a mi tía?”.
Matías se quedó sin palabras. La pregunta lo golpeó en un lugar que no esperaba. Abrió la boca, pero no salió nada. El silencio se extendió unos segundos.
Tiago lo interpretó a su manera. Dio media vuelta y caminó con paso decidido hacia la salida, donde Sofía y Valeria discutían en voz baja. Mientras se alejaba, pensó para sí: “Si ni siquiera puede contestar, no sirve para mamá”.
Matías se quedó solo entre los autos, con la mano aún suspendida en el aire donde había estado la cabeza del niño. La escena se repetía en su mente: la mujer que no había olvidado, el pequeño que se parecía demasiado a él mismo de niño, y esa pregunta infantil que lo había dejado mudo.