A los diecinueve años, Aline creía que su mayor problema era llegar a fin de mes. Hasta que la enfermedad de su madre le puso un precio imposible a la esperanza… y un solo hombre en todo el morro podía pagarlo.
Él es Cobra: dueño de la Rocinha, temido, intocable, acostumbrado a que nadie le diga que no. La propuesta es tan fría como sencilla: ella será su visita íntima tras las rejas, y a cambio el tratamiento de su madre estará cubierto. Sin sentimientos. Sin promesas. Solo un trato.
Pero nadie le avisó a Aline que el hombre más peligroso de Río podía mirarla como si fuera lo único puro que le queda al mundo. Ni que, detrás del arma y la fama, Cobra carga heridas capaces de igualar a las suyas.
Entre balas, celos, secretos de la facción y un deseo que ninguno de los dos supo ver venir, lo que empezó como una transacción amenaza con volverse la historia de amor que ambos juraron no merecer. Porque en el morro, entregar el corazón cuesta más caro que cualquier deuda… y siempre hay alguien dispuesto a cobrarla.
Pasión intensa, drama que aprieta el pecho y un romance prohibido que no vas a poder soltar. Bienvenida al mundo de Cobra. Bienvenida a ser La mujer del jefe.
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Capítulo 11
...Cobra 🐍...
No soy muy de esa vaina de andar besando, ¿me captas?
Pero la hija de puta tenía una boquita rica de la mierda.
Le agarré esa melenota negra enorme y subí la mano libre para quitarle el sostén.
Tenía unas tetotas del carajo, se le salían todas.
Y el culo ni se diga.
Era bien blanquita, así que a la mínima la mina quedaba toda marcada.
Le solté la vaina con una sola mano, y ella se quitó el resto. Hasta las tetas de esta mina eran lindas.
Vi a la vieja pegar un temblor cuando le pegué la boca al pezón, chupando con ganas mientras le daba unas mordiditas suaves. La mina soltó un gemido bajito, agarrándome el hombro.
Le metí el dedo por dentro del calzón y la mina estaba mojada, resbalando rico. Ni esperé más. Le metí la mano por debajo del culo, di ese tirón para arriba y le arranqué el calzón de una, tirándolo al rincón.
Miré ese cuerpecito frente a mí, embobado. La vieja era un monumento, carajo. Le marqué la cintura con los dedos, apretando fuerte para dejarle mi sello en la piel.
Me acomodé entre sus piernas y apoyé la cabeza de mi verga en la entrada.
La agarré firme de la cadera y fui empujando despacio, sintiendo la vaina apretada del carajo.
Xamã ya me había pasado el dato de que la mina era virgen.
La rubia, que ya conocía mi fama, mandó a avisar.
Cuando sentí que aflojó y el cuerpo se acostumbró al tamaño, empecé a metérsela con ganas.
La cosa fluyó de un modo que ya no quería parar por nada del mundo. Fuimos cambiando de posición y ahí… La puse en cuatro, jalándole ese pelo con ganas.
Después con las piernas sobre mi hombro, dándole fuerte mientras veía esa piel blanquita llenársele de marcas de dedos por mi apretón en los muslos y la cintura. Dejé a la mina toda sellada, de verdad.
La vieja fue perdiendo la timidez en pleno cansancio y calentura, gimiendo alto y arañándome toda la espalda. Terminamos juntos unas tres veces, con ese cansancio bueno pegando, el sudor pegándome el cuerpo al de ella mientras el tiempo pasaba y ni nos enterábamos.
Paramos un poco antes de que acabara la visita, ella se limpió en el baño y agarró la ropa.
Me puse el pantalón y encendí un cigarro, tragando el humo mientras la miraba ponerse el sostén.
La mina hasta le temblaban las piernas.
Unos diez minutos después, se acabó el horario de visita y se fue.
Qué locura, hasta el estrés se me fue.
Llegué a mi celda y me quedé conversando con los parceros, echando un pancho tranquilo.
Cuando la zona se calmó un poco y los guardias se quitaron de encima, conseguí agarrar el celular para hacerle una llamada a mi vieja.
Me estaba muriendo de ganas de verla.
Pero ya pronto me largo de esta mierda.