Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 19: Consejo de padres y miradas en la mesa
Mientras Harlan descargaba su furia en el área de entrenamiento, pulverizando los escudos de madera y derribando a cuantos guerreros se le ponían enfrente, varios de los hombres que observaban la escena hacían muecas de dolor y se sobaban los brazos conteniendo los hematomas. Uno de los soldados se acercó con sigilo a Kael, quien contemplaba la masacre a prudente distancia.
—¿Qué le pasa hoy a nuestro Alfa? —preguntó el soldado en un murmullo temeroso.
Kael lo miró de reojo con una sonrisa burlona.
—No lo sé. ¿Quieres ir a preguntárselo tú mismo? —inquirió con sorna.
El otro hombre negó con la cabeza al instante, justo en el momento en que Harlan bramaba un nuevo «¡Siguiente!». Todos se miraban con pánico, pero la gracia divina acudió en su auxilio en forma del viejo Alfa.
—Harlan, vamos. Es hora de comer. Sabes perfectamente que a tu madre no le gusta que la hagan esperar —interrumpió el patriarca con voz calmada, acercándose al centro del patio.
Harlan ni siquiera lo miró, continuando con los puños cerrados y rodeado de un vapor helado.
—No tengo apetito.
Su padre levantó ambas cejas, echó un vistazo a los soldados que yacían exhaustos en el suelo y negó con la cabeza divertido, sintiendo una profunda piedad por los pobres reclutas.
—Bien, ya que su Alfa no quiere comer, ustedes sí. ¡Vayan a alimentarse de inmediato! —ordenó el viejo Alfa.
Los soldados no lo dudaron ni un segundo; salieron corriendo a toda velocidad, dejando a padre e hijo a solas. El veterano gobernante se acercó con pasos pausados y preguntó qué lo atormentaba de esa manera.
—Entonces vas a decirme ¿que pasa..?
Harlan bufó por la nariz, soltando el nombre con pesadumbre:
—Mikeila.
Su padre sonrió con complicidad.
—¿Sabes que tu madre también fue increíblemente difícil de conquistar, verdad? —le dijo, dándole un par de palmadas firmes en el hombro—. Tal vez necesites un poco más de paciencia. Averigua qué le gusta, qué la atrae y hazlo. Llévala a algún lugar donde no se sienta prisionera; recuerda que no es una muchacha cualquiera y que ha tenido una vida muy dura.
Harlan soltó un suspiro largo, un soplo helado que disipó la última traza de la furia contenida, y asintió despacio.
—Gracias, padre —murmuró.
—Bueno, ahora vamos a comer. Tu madre espera... y tu futura esposa también —añadió el viejo Alfa con una sonrisa antes de emprender el camino.
Harlan por fin cedió y caminó hacia el comedor real.
Mientras tanto, en la mesa principal, Mikeila le contaba a la reina con lujo de detalles lo irritante y fastidioso que se había comportado el joven Alfa con ella. La soberana, percibiendo las dudas y el revoloteo en el pecho de la muchacha, la miró con ternura.
—¿Sabías que yo era una plebeya? —le preguntó de pronto la reina con una sonrisa nostálgica.
Mikeila la miró completamente sorprendida.
—Así es, cariño —continuó la madre de Harlan—. Yo era una simple plebeya, pero el destino quiso que el Alfa y yo nos uniéramos. Claro que no fue fácil... Pero cuando un compañero te asegura su lealtad y su seguridad, no solo él se hace más fuerte; tú también lo harás. El vínculo de pareja es maravilloso cuando por fin logras experimentarlo. Lo entenderás.
La conversación se interrumpió de golpe cuando escucharon el pesado repiquetear de unas botas acercándose por el pasillo. Al ver entrar a los dos hombres por los que esperaban, Mikeila bajó la mirada de inmediato. Aunque seguía molesta con la forma en que Harlan la había tratado, una extraña y cálida sensación de ansiedad comenzó a oprimirle el pecho. Se limitó a tomar los cubiertos y concentrarse en la comida, mientras su mente planeaba en qué momento exacto abordarlo para comenzar con el tratamiento del veneno y pedirle que fuera él quien la vigilara durante las duras noches que se avecinaban.