Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 2: El pacto del silencio y la marea del milagro
Las olas de la bahía norte eran grandes. El agua helada penetró en los pulmones de Lysandra mientras la corriente la golpeaba violentamente contra los arrecifes. El dolor punzante en su hombro derecho amenazaba con privarla del conocimiento, pero un instinto salvaje —el instinto maternal— la aferró a la vida. Su brazo izquierdo jamás soltó su vientre.
"No van a morir... mis bebés no van a morir...", repetía en su mente como una oración entre ahogos.
Un golpe de marea la arrojó hacia la orilla rocosa de una pequeña ensenada de pescadores, a dos kilómetros del acantilado. El cuerpo ensangrentado y exhausto de Lysandra quedó semienterrado en la arena negra.
A pocos metros, las luces de un viejo barco pesquero iluminaban la penumbra. Mateo Corsi, un anciano médico de la marina retirado que vivía apartado en la costa, vio la silueta entre la espuma.
—¡Por Dios Santo! —exclamó Mateo, corriendo torpemente entre las piedras hasta arrodillarse junto a ella.
Al tomarle el pulso débil, notó la sangre que emanaba del hombro y cómo las manos de la mujer se aferraban a su estómago con desesperación.
—Resiste, muchacha. Estás a salvo —murmuró el anciano, levantándola con dificultad para llevarla a su cabaña.
Durante tres días, Lysandra debatió su vida entre la fiebre y el delirio. Mateo extrajo la bala del hombro, limpió las heridas y contuvo la infección. Cuando la fiebre finalmente cedió en la madrugada del cuarto día, Lysandra abrió lentamente sus ojos verde oliva.
—Tranquila, no te muevas —dijo Mateo suavemente, ofreciéndole un vaso con agua—. Tuviste mucha suerte. La bala atravesó el músculo sin tocar arterias principales, y la caída no fracturó tus huesos.
Lysandra no bebió. Llevó de inmediato la mano desmayada a su vientre y miró al anciano con terror puro en la mirada.
—Mis... mis bebés... —susurró con la voz desgarrada—. Por favor, dígame la verdad...
Mateo sonrió con calidez, trayendo un pequeño monitor doppler portátil que conservaba de sus años de servicio. Colocó el gel sobre la piel pálida de Lysandra y encendió el aparato. Segundos después, el sonido rítmico, rápido y doble de dos corazones latiendo con fuerza llenó la modesta habitación.
—Es un verdadero milagro de la naturaleza, hija —dijo Mateo con emoción—. Tus mellizos están bien. Tienen un agarre fuerte a la vida.
Lágrimas amargas y calientes rodaron por las mejillas de Lysandra. Cubrió su rostro con las manos, llorando en silencio mientras el eco de la traición retumbaba en sus oídos.
—Gracias... gracias a Dios —sollozó—. Pero él cree que estoy muerta... Valerio mandó a matarme.
Mateo la miró con seriedad y le tomó la mano.
—No sé quién eres ni de quién huyes, pero las marcas en tu cuerpo y esa herida de bala me dicen que ese hombre es peligroso. Si quieres que esos niños nazcan, esa mujer que fuiste debe morir en este mar.
Lysandra apretó los dientes. El dolor se transformó en una coraza de acero.
—Lysandra De Santis murió en ese acantilado —afirmó ella, fijando la mirada en la ventana por donde se veía el mar tempestuoso—. A partir de hoy, mi nombre es Kaelen Vane. Viviré por mis hijos y jamás, jamás volveré a mirar atrás.
Mientras tanto, en la imponente sala de banquetes de la mansión De Santis, el ambiente era sepulcral. Las grandes lámparas de araña iluminaban la mesa de caoba donde la familia cenaba en absoluto silencio.
Aurelio De Santis, el patriarca, observaba fijamente a su hijo desde la cabecera. A su lado, Domitilla, permanecía con las manos cruzadas sobre el regazo, con el rostro pálido y los ojos hinchados. Valerio no tocaba la comida; su mirada estaba perdida en la copa de vino intacta, mientras Orestes permanecía de pie tras él como una sombra fiel.
—Ya es suficiente con esta farsa, Valerio —rompió el silencio Aurelio con su voz profunda y autoritaria—. Han pasado tres días. El servicio dice que el equipaje de Lysandra no está y su habitación está vacía. ¿Dónde está tu esposa?
Valerio apretó los puños bajo la mesa. La mención de su nombre cayó como una brasa ardiente sobre su pecho.
—Lysandra ya no forma parte de esta familia, padre —respondió Valerio con un tono frío, casi desprovisto de humanidad.
Domitilla se erizó en su silla y miró a su hijo con indignación.
—¿De qué estás hablando, Valerio Giancarlo? —intervino Domitilla, alzando la voz con la autoridad de una madre—. Lysandra es tu esposa. Te ama. No puedes simplemente hacerla desaparecer como si fuera un estorbo en tu imperio. ¿Dónde está?
Orestes dio un paso al frente para tomar la palabra.
—Señora Domitilla, con todo el respeto que le debo, el Capo tomó la decisión correcta para la seguridad de la familia...
—¡Tú te callas, Orestes! —lo cortó Aurelio bruscamente, apuntándolo con un dedo acusador—. Estoy hablando con mi hijo, el Capo de este sindicato, no con su perro guardián.
Valerio levantó la vista. Sus ojos azul grisáceo estaban secos, endurecidos por una rabia que amenazaba con consumirlo desde dentro.
—Lysandra nos traicionó —declaró Valerio golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano—. Vendió la ruta del puerto a la Policía Federal. Ella era la informante que estaba entregando a nuestra gente desde hacía seis meses.
Un silencio sofocante llenó la sala. Domitilla negó con la cabeza, mostrándose incrédula.
—¡Eso es una calumnia! —exclamó Domitilla—. Yo conozco a esa muchacha. La vi crecer a tu lado. Te adoraba con la vida. ¡Es imposible que Lysandra hablara con la policía!
—Tengo las pruebas, madre —replicó Valerio, con la voz quebrándose levemente en la última palabra—. Fotos, registros bancarios y las grabaciones de su voz entregando el embarque de Palermo. Yo mismo la escuché.
—¿Y qué hiciste con ella, Valerio? —preguntó Aurelio, inclinándose hacia adelante con la mirada clavada en los ojos de su hijo—. Dinos la verdad. Como patriarca de esta familia, exijo saber qué le pasó a la esposa del Capo.
Valerio sostuvo la mirada de su padre, sintiendo cómo el remordimiento le carcomía el alma, aunque su orgullo permanecía intacto.
—Huyó —mintió Valerio, manteniendo el pacto de silencio que había pactado con Orestes—. Cuando se dio cuenta de que la habíamos descubierto, recogió sus cosas y escapó antes de que los muchachos la atraparan. Sus rastros se perdieron en el muelle.
Domitilla soltó un ahogado sollozo y se cubrió la boca.
—Mintió y nos traicionó —continuó Valerio, poniéndose de pie y acomodándose el saco de su traje—. Si vuelve a poner un pie en Sicilia o si alguien vuelve a pronunciar su nombre en esta casa, se considerará un acto de alta traición. Para la familia De Santis, Lysandra Fiorella Varesi ha muerto.
—Estás cometiendo el peor error de tu vida, hijo mío —dijo Aurelio en un susurro cargado de advertencia—. Las serpientes no siempre están donde uno cree, y el dolor que llevas encima te va a cegar hasta destruirte.
Valerio no respondió. Dio media vuelta y salió de la sala con paso firme. Orestes lo siguió de cerca, esbozando una sonrisa casi imperceptible mientras la puerta de roble se cerraba tras ellos.
Aquella noche, mientras la tormenta se alejaba de la isla, el matrimonio De Santis quedaba enterrado bajo una montaña de mentiras. Ni Valerio sabía que la mujer que lloraba en silencio estaba viva, ni Lysandra imaginaba que los mellizos que latían en su vientre llevarían, ocho años después, el rostro y la sangre del hombre que creyó que la había mandado a matar.