Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 12
La noche nos recibió con una ventisca helada. El cielo estaba teñido de un púrpura oscuro, surcado por las luces de las balizas de alarma que comenzaban a encenderse en lo alto de las torres de vigilancia de la ciudad. Las campanas de la catedral del dios sol repicaban con un toque fúnebre, anunciando la mayor crisis política que el imperio había vivido en trescientos años: la prometida del príncipe heredero había escapado de la corte escoltada por el señor de la guerra del norte tras invocar la magia proscrita de las brujas.
A galope tendido, dejamos atrás las mansiones de la aristocracia, los bulevares pavimentados y los mercados desiertos de la capital. La guardia de las puertas norte intentó cerrar los inmensos portones de madera de hierro, pero una sola descarga de las lanzas heladas de la escolta de Aleixandre bastó para pulverizar los goznes, abriéndonos paso hacia la inmensidad del camino imperial que conducía a las montañas prohibidas.
El viento me azotaba el rostro, desprendiendo los últimos alfileres de mi trenza y dejando que mi cabello negro ondeara como un estandarte de guerra contra la noche.
Miré hacia atrás una última vez.
A lo lejos, el palacio imperial de Valenor brillaba como una jaula dorada consumida por el humo de mi magia residual. En esa jaula dejaba diez años de dolor, de humillaciones calladas, de una muerte solitaria en el barro y de la ingenuidad estúpida de una muchacha que creía que la bondad era suficiente para no ser devorada por los lobos.
*“Al diablo con Aedric”*, me prometí en el fondo de mi corazón, mientras las lágrimas de rabia se evaporaban de mis mejillas antes de poder caer. *“Al diablo con mi padre, con Lyra y con cada uno de los bastardos que celebraron mi caída. Regresaré a esta ciudad, pero la próxima vez que cruce esas puertas, no será vestida de novia... será para ver sus cabezas clavadas en las almenas.”*
***
Galopamos sin descanso durante tres horas bajo una luna de sangre que parecía seguir nuestros pasos a través de las colinas escarpadas.
Solo cuando cruzamos el río Ceniciento —el límite natural que separaba las fértiles provincias centrales del territorio agreste y montañoso que marcaba el inicio de los dominios de los Bondhe— Aleixandre ordenó reducir el paso de los caballos para permitir que las bestias respiraran.
El destacamento se detuvo en un desfiladero rocoso, resguardado por las sombras de los abetos gigantescos cubiertos de nieve perpetua. Varek ayudó a Clara a descender del corcel; la pobre sirvienta apenas podía mantenerse en pie, con las piernas temblorosas y el rostro pálido por la conmoción, pero en cuanto me vio bajar del caballo de Aleixandre corrió a mi lado, cayendo de rodillas y abrazándose a mis faldas rasgadas con sollozos contenidos.
—Mi lady... ¡estamos vivas! ¡Por los cielos, creí que nos matarían a todos en ese salón! —gimoteaba Clara, apretando la frente contra mi rodilla.
Me agaché y le puse las manos sobre los hombros, obligándola a mirarme.
—Estás a salvo, Clara —le dije con suavidad, pero con una firmeza que logró calmar el temblor de su cuerpo—. Y mientras estés a mi lado, ningún soldado del imperio volverá a ponerte una mano encima. Pero tienes que ser fuerte. Dejamos de ser damas de salón. Ahora somos las fugitivas más peligrosas de este continente.
La sirvienta asintió con fervor, secándose las lágrimas con la manga sucia.
—A donde usted vaya, mi lady Eleanor. Yo moriré con usted si es necesario.
—Nadie va a morir aquí por lealtad ciega —la voz profunda de Aleixandre interrumpió nuestro intercambio—. En el norte no nos sirven los mártires; nos sirven los guerreros que saben cómo mantenerse de pie después de una carnicería. Varek, lleva a la muchacha a la hoguera del puesto de avanzada y dale caldo caliente con hierbas de invierno. Necesita que su sangre vuelva a circular antes de que sus dedos se congelen.
El capitán asintió y se llevó a Clara hacia una cueva cercana donde los soldados ya estaban encendiendo un fuego protegido del viento.
Me quedé a solas con Aleixandre en medio de la nieve que comenzaba a caer en copos gruesos y silenciosos.
El archiduque se despojó de su pesada capa de piel de lobo plateado, dejando a la vista la imponente silueta de su armadura de combate, manchada en los hombros con el hollín de mi propio fuego y la escarcha de su conjuro. Se apoyó contra una roca de basalto y clavó sus ojos carmesí en mí, examinándome con un detenimiento que hizo que el pulso se me acelerara de nuevo.
—Tienes frío —dijo. No era una pregunta; era una afirmación clínica.
Solo en ese momento me di cuenta de que mi cuerpo entero temblaba espasmódicamente. La adrenalina de la fuga comenzaba a disiparse, dejando paso al agotamiento demoledor que provocaba el despertar forzado de una magia de sangre que había estado dormida durante dieciocho años. Sentía los músculos de los brazos rígidos, un ardor constante en las venas y una punzada punzante en la base del cráneo que me hacía ver pequeños puntos luminosos en la oscuridad.
—El frío no me matará —respondí con orgullo, apretando los dientes para evitar que castañearan—. He soportado cosas peores.
Aleixandre soltó un bufido que casi pareció una risa contenida. Dio dos pasos hacia mí y, antes de que pudiera protestar, arrojó su pesada capa de lobo sobre mis hombros.
El calor de la piel me envolvió de inmediato. Olía a nieve, a metal frío, a resina de pino y a ese aroma almizclado y salvaje que pertenecía exclusivamente a él. El peso de la prenda era abrumador, pero la sensación de protección que me brindó fue tan inmediata que tuve que hacer un esfuerzo consciente para no suspirar de alivio.
—Tu orgullo va a matarte antes de que lleguemos a las Fauces del Dragón, Eleanor —dijo él, cruzando los brazos sobre el peto de su armadura—. Tu cuerpo nunca había canalizado esa cantidad de poder de bruja. Si sigues pretendiendo que eres de piedra, tu núcleo mágico colapsará antes del amanecer y tus propios órganos se cocinarán por el reflujo de las cenizas.
Lo miré con recelo, cerrando los bordes de la capa sobre mi pecho.
—¿Cómo sabes tanto sobre la magia de las brujas de sangre? —le pregunté, estrechando los ojos—. La iglesia del sol quemó todos los grimorios hace dos siglos. Se supone que nuestro linaje estaba extinto.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!