Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 11: “El Inicio de la Convivencia Caótica”
Teresa entró sin molestarse en tocar.
—De verdad no lo entiendo. ¿Cómo terminaste casado con alguien que ni siquiera te respeta?
Maximiliano se giró lentamente y la miró con frialdad. Aun así, mantenía cierto respeto y consideración hacia Teresa por ser la hermana de su difunta esposa.
—Teresa, te lo diré una sola vez: no vuelvas a entrar a mi despacho sin tocar.
Teresa juntó las manos y permaneció unos segundos en silencio.
Parecía estar buscando las palabras adecuadas para responder.
Pero antes de que pudiera decir algo, Maximiliano continuó:
—Entiendo que tengas una opinión al respecto, pero mi vida privada sigue siendo un asunto mío.
Teresa dio un paso hacia él.
—Es que entiéndeme, Maximiliano... yo... siento muchas cosas... —comenzó a decir.
Las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
Por un instante estuvo a punto de confesarle lo que había guardado durante tanto tiempo, pero se contuvo.
Maximiliano la observó en silencio, esperando que terminara de hablar.
Teresa bajó la mirada y apretó las manos
—Yo me preocupo por ti —corrigió rápidamente—. Esa mujer no es adecuada para alguien como tú, Maximiliano.
Él permaneció en silencio.
—Es caprichosa, arrogante, inmadura... Está acostumbrada a que todos hagan lo que ella quiere. No sabe respetar límites ni valorar a las personas que tiene cerca.
Teresa dio otro paso hacia él.
—Y estoy segura de que tarde o temprano te traerá problemas. Una mujer así solo piensa en sí misma.
Maximiliano permaneció serio.
—Lo sé.
La respuesta tomó a Teresa por sorpresa.
—¿Lo sabes?
—No necesito que me describas cómo es Pamela. La conozco bastante bien.
—Entonces entiendes por qué estoy preocupada.
Maximiliano tomó su copa y dio un pequeño sorbo antes de responder.
—Aprecio tu opinión, Teresa, pero no la he pedido. Mi matrimonio no está sujeto a debate.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Y por favor, quiero estar solo.
Teresa permaneció unos segundos en silencio.
—Entiendo, Maximiliano —dijo finalmente con una pequeña inclinación de cabeza.
Su tono sonó tranquilo y respetuoso, como si hubiera decidido aceptar sus palabras.
Maximiliano simplemente asintió.
Sin añadir nada más, Teresa se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—Buenas noches —murmuró antes de salir del despacho.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella.
Sin embargo, apenas estuvo al otro lado, la expresión serena desapareció de su rostro.
Sus labios se apretaron con fuerza y sus ojos se oscurecieron por la molestia.
—Claro que no lo entiendo... —murmuró para sí misma.
Apretó los puños.
—¿Cómo pudo elegirla a ella?
La sola idea de ver a Pamela convertida en la esposa de Maximiliano seguía resultándole insoportable.
—Esa niña caprichosa no merece estar a su lado.
Su mirada se endureció aún más.
Por primera vez en mucho tiempo, Teresa sintió una punzada de celos imposible de ocultar.
Y mientras caminaba por el pasillo de la mansión, una idea comenzó a formarse lentamente en su mente.
Si Pamela pensaba que iba a ser feliz en aquella casa, estaba muy equivocada.
A la mañana siguiente, unos suaves golpes en la puerta de la habitación rompieron el silencio.
Pamela seguía profundamente dormida, abrazada a una almohada.
Al escuchar que volvían a tocar, frunció el ceño sin abrir los ojos.
—No estoy disponible para sufrir tan temprano... —murmuró medio dormida, acomodándose entre las sábanas.
Los golpes en la puerta continuaron.
Pamela soltó un quejido de fastidio y se cubrió la cabeza con la almohada
Los golpes en la puerta continuaron.
Pamela soltó un largo suspiro de fastidio y se revolvió entre las sábanas.
—Qué insistencia... —murmuró.
Se quedó unos segundos más acostada, aferrándose a la esperanza de que quien estuviera al otro lado se marchara.
Pero volvieron a tocar.
Pamela cerró los ojos con fuerza.
—¡Está bien! —protestó.
Se incorporó un poco en la cama, con el cabello despeinado y evidente sueño en el rostro.
—Adelante...
La puerta se abrió lentamente y una empleada entró con expresión respetuosa.
—Buenos días, señora. El señor Maximiliano pidió que le informara que el desayuno está servido.
Pamela la observó durante unos segundos.
Todavía le costaba acostumbrarse a que la llamaran "señora".
—¿Tan temprano desayuna ese viejo...? —murmuró para sí misma, dejando caer la cabeza nuevamente sobre la almohada.
La empleada hizo un gran esfuerzo por no reírse.
—Sí, señora. El señor Maximiliano me pidió que le avisara y que bajara a desayunar.
Pamela hizo una mueca.
—Dígale al viejo que mi cerebro todavía sigue dormido. Tráigame el desayuno aquí porque no pienso moverme de esta habitación.
La empleada permaneció inmóvil.
Pamela la observó unos segundos.
—¿Qué pasa? ¿Se te olvidó cómo caminar? Ve.
—Señora... el señor dijo que el desayuno se sirve en el comedor y que espera que usted esté allí.
Pamela resopló.
—Pues dígale al señor que no pienso bajar. Bastante tengo con recordar que vivo en su casa como para verlo tan temprano.
La mujer bajó las escaleras sin saber cómo explicarle aquello a Maximiliano.
Durante años había trabajado en la mansión y jamás había tenido que transmitir un mensaje semejante.
Al final, Pamela decidió bajar. Se dio una ducha rápida para despejarse, dejando que el agua le ayudara a terminar de despertar y a ordenar un poco sus pensamientos.
Después salió del baño, se alistó con calma y se puso su ropa habitual de marca: prendas juveniles, modernas y un poco atrevidas, con shorts cortos y un top fresco que reflejaba su estilo despreocupado.
Se miró un segundo en el espejo, acomodándose el cabello.
—Me levantó temprano, así que hoy su desayuno tiene sorpresa. Jajaja —murmuró riéndose.
Cuando Pamela bajaba las escaleras, la sirvienta ya había informado en el comedor que la señora no bajaría a desayunar.
Teresa, que se encontraba allí, aprovechaba la situación para insinuar comentarios que aumentaban el malestar de Maximiliano.
—Es evidente que no tiene intención de respetar esta casa —decía con tono molesto—. Ni siquiera un simple desayuno.
Maximiliano permanecía serio, sin responder de inmediato.
En ese momento, se escucharon pasos apresurados en las escaleras.
Pamela apareció bajando rápido, acomodándose un poco el cabello con desgano.
—Aquí estoy
Teresa 39 años