Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 11
En el cuarto mes desde su llegada al pueblo, Mey comenzó a adaptarse mejor al entorno, aunque aún se mantenía reservada. Las mañanas frías ya no le pesaban tanto como al principio, y aunque las miradas o risitas en el colegio seguían doliendo, había aprendido a seguir adelante. Fue durante una mañana cualquiera, mientras cruzaba el patio del colegio con sus libros en brazos, que un cartel en la pared captó su atención: "Convocatoria para integrar la Banda Escolar. ¡Ven y elige tu instrumento!".
Mey se quedó mirándolo por unos segundos. Su corazón se aceleró. Recordó que, cuando era más pequeña, en la ciudad, había visto a una joven tocando un saxofón en un parque. Desde entonces, esa imagen la había acompañado en sus sueños. Sin pensarlo demasiado, se apuntó. Era su oportunidad de encontrar algo que la hiciera sentir libre, algo que fuera solo suyo.
Los ensayos comenzaron ese mismo fin de semana. La sala de música era un espacio pequeño, con paredes cubiertas de carteles de conciertos pasados y estantes llenos de instrumentos. Al entrar, un olor a madera vieja y partituras impregnaba el ambiente. Mey se acercó tímidamente al saxofón que le asignaron. Al principio, el instrumento le resultó pesado y torpe, y cuando sopló por primera vez, solo logró emitir un chillido que hizo reír a algunos.
Pero ella no se rindió. Día tras día, se presentaba a los ensayos, incluso cuando no se requería su presencia. Practicaba las escalas una y otra vez, hasta que sus dedos empezaron a fluir sobre las llaves con naturalidad. Con cada nota aprendida, sentía que se liberaba un poco más de todo lo que la oprimía: el dolor de ser rechazada, el silencio de su casa, las inseguridades que la seguían como sombra. El saxofón se convirtió en su refugio.
Fue en uno de esos ensayos cuando lo vio. Elian, con sus lentes y su eterno gesto de superioridad, entró al aula cargando un bajo. A Mey le sorprendió verlo allí. Nunca lo había imaginado interesado en la música. Se sentó en una esquina y comenzó a afinar el instrumento. Sus dedos largos y seguros parecían conocerlo desde siempre. Ella lo observaba con disimulo, tratando de ocultar su sorpresa.
Desde entonces, compartían el mismo espacio, pero casi no se hablaban. Mey lo saludaba con un gesto tímido, y Elian solo levantaba una ceja o murmuraba algo ininteligible. Sin embargo, con cada ensayo, sus caminos se cruzaban más. A veces sus instrumentos se armonizaban de manera tan perfecta que Mey sentía un lazo invisible uniendo ambos sonidos.
Pero había algo que la desconcertaba y, al mismo tiempo, la entristecía. Elian parecía muy interesado en otra persona: Dana, una de las pocas amigas que Mey había logrado hacer en ese tiempo. Dana era espontánea, alegre y extrovertida. Tocaba la batería en la banda, y no era raro verla bromear con todos, incluyendo a Elian, quien reía con ella de una forma que Mey jamás había visto antes.
Una tarde, mientras Mey esperaba su turno para practicar, vio cómo Elian y Dana compartían una botella de jugo y se reían de algo que él había dicho. Sintió un nudo en el estómago. Trató de concentrarse en su partitura, pero las notas se le confundían. ¿Por qué se sentía así? ¿Acaso le gustaba Elian, a pesar de que él siempre había sido cruel con ella?
En casa, en su cuaderno personal, Mey escribió: "No entiendo lo que siento. Cuando lo escucho tocar, algo se enciende dentro de mí, pero cuando lo veo con Dana, siento que me apago. ¿Está mal sentirse así?"
La música se convirtió, entonces, en su lenguaje. A través del saxofón, expresaba su confusión, su tristeza, sus esperanzas. Algunas melodías eran suaves, como sus anhelos; otras, intensas, como sus emociones contenidas. El director de la banda, el profesor Torres, comenzó a notar su progreso.
—Tienes talento, Mey —le dijo un día—. No dejes de practicar. Tocas con el corazón, y eso no se aprende, se siente.
Ese elogio la hizo sonreír como hacía tiempo no lo hacía. Le dio valor para seguir, para demostrar que era más que una figura que muchos criticaban, más que una chica nueva que no encajaba del todo.
Una tarde, mientras salían del ensayo, Dana se acercó a Mey.
—¿Te gusta Elian? —le preguntó de golpe.
Mey se sonrojó y bajó la mirada.
—No lo sé —respondió con sinceridad.
Dana sonrió con ternura.
—No te preocupes. Elian es complicado. Pero tú eres increíble. Si te gusta alguien, que sea alguien que vea eso en ti.
Esas palabras quedaron grabadas en Mey. Tal vez no era momento de enamorarse, o tal vez sí, pero no de quien no veía más allá de las apariencias. En medio de ese pequeño pueblo lleno de costumbres arraigadas, la música la estaba ayudando a descubrir quién era en realidad.
El saxofón, Elian, Dana, la escuela, los silencios en casa... todo era parte de una melodía más grande. Una que aún estaba aprendiendo a componer, nota por nota, desde lo más profundo de su alma.