Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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El problema de seducir a un Omega con cuerpo y actitud de alfa.
"El problema con intentar seducir a un omega que parece capaz de partirte la columna y corregirte la postura al mismo tiempo nunca me pasó por la maldita cabeza"
Regresé al mostrador donde estaba la chica terminando una llamada, regresé con la clase de calma rígida que uno adopta cuando acaba de descubrir algo importante y necesita fingir que su sistema nervioso no está organizando un motín.
Rafael caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y una sonrisa tan satisfecha que daban ganas de denunciarlo por complicidad emocional.
—No digas nada —murmuré.
—Ni siquiera he abierto la boca, maldito loco.
—Tu cara está hablando.
—Mi cara está celebrando. Son cosas distintas.
Lo fulminé con la mirada.
Y no funcionó.
Rafael me conocía desde hacía demasiado tiempo como para sentirse intimidado por una expresión mía. Había sobrevivido a mis peores etapas: la de estudiante obsesivo, la del abogado recién graduado que dormía tres horas por noche y respondía correos como si redactara amenazas legales, y la de prometido funcionalmente muerto por dentro. Comparado con eso, verme alterado por un omega musculoso debía de resultarle entretenidísimo.
—Solo para confirmar —dijo en voz baja mientras volvíamos a la recepción—, ¿estás teniendo una crisis porque el hombre que te gustó hace cinco minutos no es alfa, sino omega?
—No me “gustó” —respondí.
—Ajá.
—Sentí una reacción hormonal puntual.
—Claro. Un fenómeno científico. Como las mareas o los eclipses.
—Rafael deja de bromear.
—Dante deja de hablar cursi, además acabas de terminar una relación arreglada por tu queridísimo padre. A veces creo que eres adoptado por como te trata.
—Si no te callas, te voy a dejar caer una mancuerna en el pie más lueguito.
Él sonrió.
—Qué romántico. Ya estás hablando como hombre de guerra.
Ignoré el comentario porque no tenía la menor intención de alimentar su estupidez. Bastante tenía con la mía.
La recepcionista nos vio acercarnos y levantó una ceja divertida.
—¿Continuamos con el registro?
—Claro, seremos dos —respondió Rafael, apoyándose otra vez en el mostrador—. Yo sí necesito atención, pero me quedo contigo. Él necesita ayuda profesional, pero como ustedes no tratan tragedias afectivas, vamos a conformarnos con una membresía. Está atravesando una rotura y nos cambiamos de gym.
—Perfecto —dijo ella, mirándome a mí con una cortesía sospechosamente alegre—. ¿Quieren plan libre, entrenamiento funcional o evaluación inicial con uno de nuestros entrenadores?
—Evaluación —dije sin pensarlo demasiado.
Rafael me miró de lado.
—Qué rápido se degrada un hombre.
—Cállate.
La recepcionista sonrió con una profesionalidad admirable.
—Puedo agendarlos ahora mismo. Justo se desocupó un espacio con Trébol para valoración física y diseño de rutina.
"Trébol"
Mi pulso hizo una cosa humillante y absolutamente innecesaria.
—Excelente —respondió Rafael por mí—. Lo tomamos.
Lo miré con frialdad.
—Nadie te dio autoridad para decidir sobre mi agenda.
—Y, sin embargo, aquí estamos. Dale tu primero ¿o entramos juntos?
La recepcionista tecleó algo en el ordenador.
—En diez minutos pueden pasar a la sala tres de evaluación. Al fondo, a la derecha.
Asentí con una inclinación de cabeza que en mi familia siempre se había usado para tres cosas: cerrar negocios, aceptar pésames y ocultar nervios.
Nos apartamos del mostrador y Rafael me dio un golpecito en el brazo.
—Voy a recorrer el lugar antes de que me toque ver cómo te conviertes en un poema triste con abdominales. Si te desmayas, intenta hacerlo hacia atrás. Hacia delante sería vergonzoso.
—Eres un mal amigo.
—No. Soy un espectador comprometido con la calidad del entretenimiento.
Lo vi alejarse y me quedé solo con mis pensamientos, que eran un lugar bastante hostil esa tarde.
No me gustaba sentirme así de reactivo. Nunca me había gustado. La atracción física era simple: aparecía, se gestionaba, se archivaba. La admiración era más rara, pero también manejable. Incluso el deseo, si uno sabía ponerle límites, podía convivir con una agenda seria y una reputación intacta.
Esto no se sentía simple.
Se sentía como si una parte de mí hubiera reconocido algo antes que el resto y ahora estuviera golpeando la puerta desde adentro.
Omega.
Vecino.
Dueño o socio del gym.
La razón por la que de pronto me importaba demasiado cómo me quedaba una camiseta.
—Maravilloso —murmuré para mí—. Estoy a dos pasos de comprar velas aromáticas y empezar a creer en señales del destino.
A los diez minutos fui a la sala de evaluación.
Era un espacio amplio, con una camilla, un escritorio, varios aparatos de medición, bandas elásticas, una pared de espejos y un ventanal enorme que daba a una zona más privada del gimnasio. Limpio, sobrio, funcional. El tipo de lugar donde la gente iba a sufrir voluntariamente y encima pagaba por ello.
Trébol ya estaba allí.
De cerca, el problema empeoraba.
No era solo el tamaño de ese espécimen —que, para ser honestos, ya era un asunto serio por sí mismo—, sino la combinación completa. La forma en que llenaba el espacio sin necesidad de imponerse. La seguridad tranquila con la que se movía. El contraste obsceno entre esa musculatura de pecado industrial y la calma casi terapéutica de sus gestos. Llevaba una camiseta negra de manga corta que se adhería a unos hombros que deberían pagar impuestos, pantalón deportivo oscuro y un reloj deportivo en la muñeca izquierda.
Cuando levantó la vista hacia mí, sus ojos verdes se fijaron en mi rostro con una atención serena, directa, sin servilismo y sin desafío.
Era una mirada adulta de un Omega profesional.
No de esas que intentan impresionarte.
No de las que te evalúan por el apellido.
Solo una mirada limpia, segura, de alguien que se siente cómodo en su propia piel.
Y eso, por algún motivo, me desarmó un poco más.
—Dante Lombard Sanford —dijo, consultando la tableta que tenía en la mano.
Su voz era grave, cálida, con ese tono bajo que obligaba al oído a prestarle atención.
—Sí.
—Trébol Armstrong.
Como si hiciera falta presentarse. Mi sistema nervioso ya le había levantado un jodido altar.
Me extendió la mano.
La estreché.
Y ahí comenzaron mis problemas.
Su palma estaba tibia, firme, con callos disimulados por levantar peso. Un contacto breve, completamente normal, sin nada remotamente escandaloso… y aun así sentí una descarga absurda subir por el brazo y alojarse en un lugar muy poco digno de mi anatomía.
No moví un músculo del rostro, lo cual considero una victoria personal.
—Pasa —dijo, señalando la zona central de la sala—. Vamos a hacer una evaluación básica de movilidad, postura, fuerza, antecedentes de lesiones y objetivos. Si algo te incomoda, me lo dices.
—Perfecto.
—¿Vienes de entrenamiento regular o llevas tiempo sin rutina?
—Entreno en casa y asistía hace meses a un gym —respondí—. Pesas, algo de cardio, movilidad cuando no estoy demasiado ocupado trabajando.
Trébol levantó la vista de la tableta.
—Eso suena a “movilidad una vez cada eclipse”.
—Movilidad cuando el calendario y la voluntad divina lo permiten.
Lo ví sonreír a penas.
Y yo, como un idiota con ropa de gym nueva y cara, me sentí ridículamente satisfecho de haber sido la causa.
—Bien —dijo—. Entonces vamos a revisar qué tan mal te estás tratando.
—Qué alentador.
—Soy terapeuta. Si te miento ahora, te lesionas después y luego me culpas. Prefiero ahorrarnos el drama.
Me quité el abrigo, lo dejé sobre una silla y me saqué los tenis.
Trébol me observó un segundo.
—Es bueno que te sientas cómodo, se te ve bien la ropa que traes.
—Salí de la oficina, pero pasé por una tienda por algo de ropa deportiva.
—Es bueno. Cambia la ropa cada cierto tiempo.
Lo miré.
Él me sostuvo la mirada con absoluta tranquilidad.
Tuve que reprimir una sonrisa.
—Tú pareces un hombre que ha diagnosticado mi personalidad en treinta segundos.
—No. Eso me tomaría un minuto completo. Empecemos.
La evaluación física fue, sin exagerar, una de las experiencias más humillantes de mi vida reciente.
No porque Trébol fuera cruel. De hecho, era sorprendentemente paciente. El problema era que yo estaba acostumbrado a creerme razonablemente en forma hasta que ese omega del demonio empezó a señalar, con una calma infame, cada uno de mis defectos biomecánicos.
—Tus isquiotibiales están tensos.
—Trabajo sentado.
—Tus glúteos no activan bien.
Lo miré por encima del hombro.
—Esa frase debería ser ilegal en una primera cita.
Trébol ni siquiera parpadeó.
—Esto no es una cita.
—Una tragedia.
—Y tu core compensa demasiado porque tu espalda alta está rígida.
—Sigo prefiriendo mi interpretación.
Él soltó una risa baja, apenas un sonido breve que me pegó en el pecho como una bala amable.
Maldita sea.
—Párate derecho —ordenó.
Lo hice.
—No así. Relaja el pecho, alinea pelvis, mete un poco el mentón.
—No sabía que venir aquí implicaba desaprender a existir.
—Tu cuerpo aprendió varias cosas mal. Yo solo estoy corrigiendo daños.
—¿Eso lo dices a todos tus clientes o me estás ofreciendo un servicio premium?
Trébol me lanzó una mirada larga, evaluadora, y por un segundo tuve la sensación de que sabía exactamente lo que yo estaba haciendo.
No se inmutó. Y siguió palpando mi cuerpo de arriba a bajo.
Se acercó un rato después hasta quedar detrás de mí.
—Voy a tocarte la espalda y la cintura para corregir la postura —dijo con naturalidad—. Si te incomoda, me lo dices.
No me incomodaba.
Me estaba arruinando la estabilidad emocional, pero incómodo no era la palabra.
—Hazlo.
Sentí sus manos en mi caja torácica y luego en mi cintura, firmes, seguras, moviéndome apenas unos centímetros.
—Ahí —murmuró junto a mi oído—. No levantes los hombros. Respira.
Respirar era una recomendación ofensiva en esas circunstancias. Y oraba para que no se me parara el pito.
Su olor me rodeó al instante. Manzanas verdes, limpio, fresco, con ese fondo tibio que me hacía pensar cosas impropias para un espacio terapéutico.
—Tu cuello está duro —dijo.
Tuve que tragar saliva antes de responder. Porque se me estaba poniendo duro otra cosa.
—Eso sonó peor de lo que crees.
—No, Dante. Sonó exactamente como debía sonar.
Giré apenas la cabeza y me encontré con sus ojos, tranquilos, sin una sola pizca de vergüenza. No coqueteaba. No estaba nervioso. No parecía remotamente afectado por mi existencia. Amé ese lunar bajo su ojo. Y sus labios me invitaban a saborearlos.
Me cayó simpático y me ofendió al mismo tiempo.
—Eres muy difícil de impresionar —comenté.
—No vine a impresionarme. Vine a evaluar si tu cuerpo puede sobrevivir a tu rutina.
—Qué decepcionante.
—Vas a tener que aprender a vivir con eso.
Y siguió trabajando como si no acabara de dejarme claro que, en ese cuarto, el único que estaba perdiendo compostura era yo.
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