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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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El libro Turquesa.

Los meses siguientes fueron los más productivos y felices de la vida de Álix. El programa Vínculos Marinos le proporcionaba un marco de trabajo estable, las fotografías del arrecife seguían cosechando elogios, y el manuscrito de su libro —titulado definitivamente "Turquesa Eterno"— avanzaba a un ritmo que ni él mismo creía posible. Cada mañana, al despertar junto a Marina en la cama con mosquitero, sentía una oleada de gratitud tan intensa que a veces tenía que detenerse un momento para asimilarla. ¿Cómo era posible que un hombre que había pasado la vida huyendo hubiera encontrado por fin su lugar en el mundo? La respuesta siempre era la misma: el amor. Un amor tan vasto como el océano y tan profundo como sus simas más insondables.

Trabajaba todas las mañanas en el escritorio junto a la ventana, con el mar como telón de fondo y el caracol de Marina colgando de su cuello como amuleto. Las palabras fluían con una facilidad que nunca antes había experimentado, como si el libro ya estuviera escrito en alguna parte y él solo tuviera que transcribirlo. Era una sensación casi mística: a veces, releía párrafos enteros y no recordaba haberlos escrito, como si una fuerza superior hubiera guiado sus dedos sobre el teclado.

—Estás inspirado —le decía Marina, asomándose por encima de su hombro para leer fragmentos del manuscrito mientras él intentaba taparlos con las manos, fingiendo un pudor de artista que en realidad no sentía.

—Estoy enamorado. Que es lo mismo —respondía él, girándose para besarla.

—Déjame leer algo más. Solo un párrafo. Una línea. Lo que sea.

—Cuando esté terminado. Antes no. Ya lo sabes.

—Eres un pesado.

—Soy un artista. Los artistas somos así. temperamentales, inseguros y un poco insoportables.

—Un poco no. Mucho. Pero te quiero igual.

El libro narraba su historia de amor desde el principio: el encuentro en la playa, las expediciones al arrecife, la noche de la fogata, la despedida en el aeropuerto, la separación, el reencuentro. Pero también hablaba del mar, de la conservación, de la belleza frágil de los corales y de la importancia de protegerlos. Era un híbrido entre novela romántica, ensayo científico y diario personal, un género inclasificable que a Álix le parecía la mejor definición de sí mismo. Porque él también era un híbrido: mitad fotógrafo, mitad escritor; mitad francés, mitad cubano de adopción; mitad solitario, mitad profundamente enamorado.

—¿Crees que le gustará a tu editor? —preguntó Marina una tarde, mientras compartían una limonada en el porche.

—Mi editor rescindió mi contrato, ¿recuerdas? Este libro no tiene editor. Lo publicaré yo mismo, si hace falta. Lo subiré a internet, lo imprimiré en folios, lo repartiré por los hoteles de Varadero. Haré lo que sea.

—Pero un libro sin editorial no llega a ninguna parte. Ya sabes cómo funciona el mundo.

—Llegará. Porque este libro tiene alma. Y los libros con alma siempre encuentran su camino. Mira a García Márquez, a Hemingway, a todos los grandes. Todos empezaron siendo nadie. Todos recibieron rechazos. Pero sus historias eran tan poderosas que acabaron abriéndose paso.

—No sé si compararte con García Márquez es un poco pretencioso.

—Probablemente. Pero la pretensión es el motor de los artistas.

Una tarde, mientras Álix escribía en el porche con una taza de café ya frío olvidada junto al teclado, Marina llegó del centro de conservación con una noticia que le cambió la expresión. Venía acelerada, casi sin aliento, como si hubiera corrido todo el camino desde el trabajo. El uniforme azul marino estaba salpicado de agua de mar y tenía el cabello revuelto por el viento.

—Adivina quién me ha llamado hoy —dijo, dejándose caer en la mecedora.

—¿Quién? —Álix levantó la vista del portátil, intrigado.

—Madame Dubois. La funcionaria de la embajada. La del moño tirante y las gafas de lectura.

Álix palideció ligeramente. El recuerdo de aquellos días de angustia en La Habana todavía le revolvía el estómago cada vez que lo evocaba. La sala de espera, la carpeta con su expediente, la palabra "regresar" cayendo como una losa.

—¿Qué quería? —preguntó, con un hilo de voz.

—Resulta que se ha leído tu expediente entero. Y se ha interesado por tu trabajo. Dice que le gustaría ver algunas de tus fotografías. Y que conoce a un editor en París que podría estar interesado en tu libro. Un tal François Moreau, de una editorial pequeña pero muy prestigiosa del Barrio Latino.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No. Al parecer, Madame Dubois no es solo una burócrata. Es también una apasionada de la fotografía y la literatura. Y cree que tu historia merece ser publicada. Me lo dijo con estas palabras textuales: "Señorita González, su novio tiene un talento excepcional. Sería un crimen que el mundo no pudiera conocer su obra".

—No me lo puedo creer. ¿La misma mujer que estuvo a punto de denegarme el visado?

—La misma. Dice que solo estaba haciendo su trabajo. Pero que, en el fondo, siempre supo que eras inocente. Y quiere ayudarte. Dice que el amor verdadero merece ser contado, y que ella quiere contribuir a que el tuyo llegue a los lectores.

—El mundo da muchas vueltas —murmuró Álix, sacudiendo la cabeza con una mezcla de incredulidad y gratitud.

—Y las que le quedan. Como dice Lázaro.

Aquella noche, después de cenar, Álix escribió un correo electrónico al editor que Madame Dubois le había recomendado. Lo redactó con el mismo cuidado con el que escribía sus mejores páginas, pesando cada palabra, cada frase, cada signo de puntuación. No quería parecer desesperado, pero tampoco arrogante. No quería mendigar, pero tampoco fingir indiferencia. Al final, optó por la sinceridad más absoluta.

"Estimado señor Moreau: Me llamo Álix, soy fotógrafo y escritor, y actualmente resido en Varadero, Cuba, donde trabajo como documentalista para un programa de conservación marina. Le escribo por recomendación de Madame Dubois, de la embajada de Francia en La Habana, quien me ha hablado de su editorial y de su pasión por los libros que cruzan fronteras."

El correo era breve, conciso, profesional. Adjuntaba tres capítulos del manuscrito y una selección de sus mejores fotografías del arrecife. Y al final, una frase que le salió directamente del corazón:

"Este libro es la historia de cómo el mar me salvó la vida. Y de cómo una mujer de ojos turquesa me enseñó a ver el mundo con otros ojos. Espero que le guste."

La respuesta llegó tres días después, cuando Álix ya había empezado a perder la esperanza y se decía a sí mismo que quizás sus expectativas habían sido demasiado altas. Estaba en el centro de conservación, ayudando a Marina a limpiar los tanques de las tortugas, cuando su teléfono vibró con un aviso de correo nuevo. El remitente: François Moreau. El asunto: "Su manuscrito".

—¡Me ha contestado! —gritó Álix, casi dejando caer el teléfono al agua—. ¡François Moreau me ha contestado!

—¡Lo sabía! —Marina soltó la esponja y corrió a abrazarlo, empapándole la camisa con agua salada—. ¡Sabía que lo conseguirías!

Bailaron juntos en el pequeño laboratorio del centro, entre tanques y probetas, riendo como niños que han recibido el mejor regalo de Navidad. Sol y Luna, las tortugas, los observaban desde su piscina con esa expresión de sabiduría ancestral que tienen los quelonios.

La videollamada con François Moreau tuvo lugar una semana después, en el despacho improvisado de Álix. Conectaron a través de una señal de internet que iba y venía, como todo en Cuba, pero que se mantuvo lo bastante estable como para mantener una conversación fluida. El editor resultó ser un hombre de unos sesenta años, con el cabello canoso recogido en una coleta corta y una barba cuidada que le daba un aire de profesor universitario. Llevaba gafas redondas y hablaba con la pasión contagiosa de quien ama los libros por encima de todas las cosas.

—Su manuscrito me ha emocionado, señor Álix —dijo, sin preámbulos, con un acento francés muy marcado—. Y eso no es fácil. Llevo cuarenta años en este oficio y muy pocas veces me topo con una historia tan auténtica. He llorado, ¿sabe? He llorado leyendo el capítulo de la despedida en el aeropuerto.

—Gracias. No sabe cuánto significa para mí oír eso. He puesto todo mi corazón en estas páginas.

—Se nota. Cada frase, cada metáfora, cada diálogo. Se nota que esto no es un libro escrito por encargo. Es un libro escrito por necesidad. Por amor. Pero quiero ser honesto con usted. El mercado editorial está difícil, especialmente para los autores desconocidos. Los libros de viajes ya no venden lo que vendían. Y las novelas románticas, menos aún. Sin embargo, su libro tiene algo especial. Esa mezcla de amor, mar y conservación... es única en el panorama actual. Puede funcionar si lo trabajamos bien.

—¿Qué propone?

—Propongo publicarlo. En digital y en papel. Con una tirada modesta al principio, y si funciona, ampliaremos. No puedo ofrecerle un gran adelanto, los tiempos no están para dispendios, pero sí un contrato justo y una distribución decente en Francia, España y Latinoamérica. Mi editorial tiene buenos contactos con librerías independientes y con plataformas de venta online. ¿Le interesa?

—Me interesa muchísimo. Es mi sueño hecho realidad.

—Entonces, pongámonos manos a la obra. Le enviaré el contrato en unos días.

El contrato llegó por correo electrónico una semana después. Eran quince páginas de letra pequeña y cláusulas legales que Álix leyó con la minuciosidad de un notario. Marina lo ayudó a revisarlo, sentados juntos en el porche con una botella de vino y dos copas, celebrando cada firma como un pequeño triunfo. Cuando por fin estampó su nombre al pie del documento, una sensación de plenitud lo inundó por completo. Su primer libro en cinco años. Su primer libro desde que había conocido a Marina. El libro que nunca habría escrito sin ella, sin sus ojos turquesa, sin su pasión por el mar, sin su amor inagotable.

—Tenemos que celebrarlo —dijo Marina, abrazándolo con fuerza.

—Otra vez. No paramos de celebrar cosas.

—Porque no paramos de conseguir cosas. Es lo que tiene ser un equipo ganador. Primero el visado, luego el libro, luego... ¿qué será lo próximo?

—Lo próximo será la boda. Cuando estemos preparados.

—Yo ya estoy preparada.

—Yo también. Más que nunca.

Aquella noche, en la playa secreta, encendieron una fogata y se sentaron a contemplar las estrellas. Era el mismo lugar donde habían compartido su primer beso, donde habían hecho el amor por primera vez, donde se habían prometido amor eterno bajo la mirada cómplice de Yemayá. La arena seguía siendo igual de blanca, el mar igual de turquesa, las estrellas igual de brillantes. Y ellos dos seguían siendo los mismos, pero también eran diferentes: más sabios, más fuertes, más unidos.

—¿Te acuerdas de la primera vez que vinimos aquí? —preguntó Marina, apoyando la cabeza en su hombro.

—Claro que me acuerdo. Preparé unos mojitos malísimos y tú me dijiste que tenían demasiada hierbabuena.

—Y tú me dijiste que mis ojos eran inolvidables.

—Y lo son. Cada día más.

—Halagador.

—Sincero. La sinceridad es mi único defecto.

Se besaron junto al fuego, con el mar susurrando su canción eterna y las estrellas brillando en el cielo como testigos fieles de su amor.

—Estoy orgullosa de ti, Álix —dijo Marina, acariciándole la mejilla con una ternura infinita.

—Yo estoy orgulloso de nosotros. De todo lo que hemos conseguido juntos. De todo lo que nos queda por conseguir.

—¿Y ahora qué? ¿Cuál es el próximo objetivo?

—El próximo objetivo es vivir. Simplemente vivir. Disfrutar de lo que tenemos. Del mar, del arrecife, de nosotros. Y dentro de poco tiempo, cuando todo esté en calma, cumpliré la promesa del anillo. Te pediré que te cases conmigo. Como es debido. Con rodilla en tierra y todo.

—No hace falta que te arrodilles. Con que me mires como me estás mirando ahora, me basta.

—Claro que hace falta. Porque tú te lo mereces todo, Marina. La luna, las estrellas, el mar entero. Y yo voy a pasarme la vida entera intentando dártelo.

—Yo solo te quiero a ti, Álix. Solo a ti. Desde el primer día y para siempre.

El fuego crepitó, lanzando chispas al cielo como pequeños deseos incandescentes. Y en la playa secreta, bajo la bóveda estrellada del Caribe, dos almas se fundieron en una sola, unidas por un amor tan profundo como el océano y tan eterno como el horizonte.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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