Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 11
Capítulo 11: Palabras crueles
—¿Qué fue, entonces? —repitió Max—. Dímelo.
Y Renata, acorralada, hizo lo único que sabía hacer para protegerlo: lo destrozó.
Porque la verdad no era una opción. La verdad era que su padre había mandado investigar a Max, que de esa investigación había salido una amenaza, y de esa amenaza un hombre empujado desde un piso alto que llevaba seis años respirando por una máquina. La verdad era que ella había aprendido a curar para reparar lo que su sangre había roto. La verdad era que Max, si la sabía, no volvería a dormir nunca. Y ella prefería que la odiara a verlo cargar con eso.
Así que respiró hondo, mató toda la luz de su propia cara, y mintió con la precisión de un bisturí.
—¿Quieres saber qué fue? —Soltó una risa fría—. Fue exactamente lo que parece. Me casé por dinero, Max. Porque eso es lo que soy. Y tú… —lo miró de arriba abajo, con desprecio fabricado— tú fuiste un capricho de niña tonta. Un pasatiempo. Algo bonito para entretenerme entre semestres. Nunca te quise. Nunca. Solo fue un juego, y se acabó cuando dejó de ser divertido.
El silencio que siguió fue el silencio de algo rompiéndose.
Renata vio cada palabra entrar en él como un clavo. Vio cómo se le apagaban los ojos, uno por uno, hasta que la grieta cálida que se había abierto bajo la manta se selló del todo y volvió el hielo, pero esta vez un hielo muerto, sin nada detrás.
—Un juego —repitió Max.
—Un juego.
—La vainilla. Las pantuflas. Seis años. —Hablaba para sí mismo, en voz muy baja—. Y para ti fue un juego.
—¿Y la noche del salón? —La voz de Max bajó, ronca—. Cuando te besé. Respondiste. No me lo invento. Te conozco el cuerpo, Rena, aunque me hayas borrado todo lo demás. Esa noche no fue un juego.
—Reflejo. —Se obligó a encogerse de hombros, aunque por dentro se le caía el mundo—. Llevas razón en una cosa: conoces mi cuerpo. Lo demás nunca fue tuyo. ¿De verdad creíste que la hija de los Salas iba a quedarse con un ciego sin un peso? Mírame. Mira de dónde vengo. Yo nací para algo mejor que cargar a un inválido toda la vida.
Era la mentira más cruel que se le ocurrió, la que sabía que iba a clavarse más hondo, porque tocaba justo la herida de su ceguera, lo único de lo que Max nunca se había podido defender. Y la dijo a propósito, eligiéndola, como quien elige el cuchillo más filoso para que el corte sea limpio y rápido.
—Supéralo. —A Renata se le clavaban las uñas en las palmas hasta sangrar, debajo del vendaje, pero mantuvo la voz plana—. Eres un hombre rico ahora. Cómprate algo. Olvídame.
Max la miró un largo rato. Y cuando habló, lo hizo con una crueldad calculada, la de un hombre que devuelve un golpe justo donde más duele, sin saber que estaba golpeando a alguien que se había roto a sí misma por él.
—Tienes razón. —Esbozó una sonrisa horrible—. ¿Sabes qué? Mejor así. Porque una mujer que fue de otro durante seis años, que durmió en la cama de un Bracamonte, que se vende al mejor postor… —negó con la cabeza despacio— me da asco. No sé en qué estaba pensando.
Cada palabra le acertó. Renata se la había buscado, la había provocado, y aun así la atravesó limpiamente.
—Perfecto —susurró—. Entonces estamos de acuerdo.
—El tratamiento de mi padre lo terminas. Es lo único que me debes. Después de eso, no quiero volver a verte la cara.
—Hecho.
Max recogió su saco. Caminó a la puerta. Puso la mano en la manija, y por una fracción de segundo, una sola, se detuvo, como si una parte de él esperara que ella lo llamara, que le dijera que era mentira, que se lo había inventado todo.
Renata se mordió la lengua hasta sentir el sabor de la sangre.
No lo llamó.
La puerta se cerró.
—
Aguantó hasta oír el motor del coche alejarse calle abajo. Aguantó hasta estar segura de que ya no podía oírla.
Y entonces se quebró.
Se deslizó por la pared hasta el suelo, se tapó la boca con las dos manos para que no se escapara el sonido, y lloró como no había llorado en seis años, con el cuerpo entero, en sacudidas que le dolían en las costillas.
—Mija. —La abuela había salido de la recámara, descalza, y se dejó caer a su lado en el piso con una agilidad que su cuerpo viejo no tenía pero que el amor le prestó—. Mija, mi niña, ya, ya estoy aquí.
—Lo hice otra vez, abue. —Renata se hundió en su pecho—. Le volví a hacer daño. Le dije cosas horribles. Y él me cree, me cree porque suena verdad, y yo… yo lo hago para protegerlo y termino destrozándolo igual. ¿Por qué no puedo más que lastimar a la gente que quiero?
—Shhh. —La abuela le acariciaba el pelo, meciéndola—. No eres tú la que lastima, mija. Es ese secreto. Los secretos así pudren todo lo que tocan. —Le levantó la cara con dos dedos—. Algún día se va a saber. La verdad siempre encuentra la rendija. Y cuando ese día llegue, vas a tener que rezar para que ese muchacho sea más grande que su orgullo.
—¿Y si no lo es, abue? ¿Y si me odia para siempre?
—Entonces lo habrás amado bien, aunque te cueste todo. —La abuela le secó la cara con el borde del camisón—. Pero yo lo vi una sola vez, en la puerta de la casa, y te voy a decir algo: un hombre que llena un congelador de vainilla durante seis años no odia. Espera. Aunque él todavía no lo sepa. —Le dio un beso en la frente—. Llorar en el suelo no te lo va a adelantar. Anda. A la cama. Mañana hay que seguir, como siempre.
—
Del otro lado de la ciudad, en la casa enorme y vacía de Las Lomas, Maximiliano Montenegro no fue a la cama.
Se sentó en la oscuridad de la terraza, con la botella de whisky que no se tomaba y un cigarro tras otro, viendo cómo amanecía sobre los jardines mientras el cenicero se llenaba. "Un juego." Lo repetía y no le cuadraba. Porque él recordaba otra cosa. Recordaba a una muchacha quitándose el suéter para echárselo encima a él en el camión cuando temblaba de frío. Recordaba sus dedos sobre sus párpados ciegos, prometiéndole que algún día iba a ver. ¿Todo eso había sido un juego? ¿Se podía fingir tan bien durante tanto tiempo?
Y si era mentira, ¿por qué había vuelto a mentir esta noche, con la voz temblándole por debajo, con las uñas clavadas hasta sangrar?
Había una contradicción y a Max no le gustaban las contradicciones; era lo que lo había hecho rico, esa manía de no descansar hasta que las cuentas cuadraban. Y estas no cuadraban. Una mujer a la que solo le importa el dinero no duerme en un sillón para cederle la cama a su abuela. Una mujer que jugó contigo no se pone blanca de terror cuando amenazas con mandarle una foto a tu exmarido. Una mujer que nunca te quiso no estudia seis años de medicina para terminar parada junto a la cama de tu padre.
A menos que el dinero, el desprecio, la crueldad de esta noche, fueran también una actuación. Otra capa de la misma mentira. ¿Pero por qué? ¿Qué podía ser tan terrible como para que prefiriera que la odiara antes que decírselo?
Max le dio una calada larga al cigarro y exhaló hacia el cielo que clareaba. Por primera vez en seis años, en lugar de rabia, sintió otra cosa peor: la sospecha de que se había pasado todo ese tiempo odiando a la persona equivocada por las razones equivocadas.
—Hermano. —Emilio apareció en el umbral, despeinado, con el ceño fruncido—. Son las seis de la mañana. ¿No dormiste?
Max no contestó. Apagó el cigarro.
Emilio miró el cenicero desbordado, la botella intacta, la espalda encorvada de su hermano, y sintió que se le encogía el estómago. Conocía esa postura. La había visto una sola vez en su vida, seis años atrás, las tres noches que Max pasó bajo la lluvia.
—Es ella otra vez —dijo en voz baja—. ¿Verdad?
—Vete a dormir, Emilio.
—Esa mujer ya te destruyó una vez. —Emilio apretó los puños—. No voy a quedarme viendo cómo lo vuelve a hacer. Te juro que la voy a sacar de tu vida aunque sea lo último que…
—Que te vayas a dormir. —La voz de Max no admitía réplica.
Emilio se fue, pero con el corazón ardiéndole de rabia contra la mujer que, una vez más, tenía a su hermano destrozado al amanecer.
—
Renata tampoco durmió.
Cuando el cielo ya clareaba, el teléfono empezó a vibrar sobre la mesa. Una vez. Otra. Otra más. Una cascada de mensajes, todos del mismo número.
Rodrigo.
"Bonita foto la que me llegó anoche. Mi exmujer en brazos de Montenegro. Qué tierno."
"Así que el magnate de hielo tiene corazoncito. Y resulta que late por ti."
"Esto cambia las cosas, corazón. Tú me vas a conseguir ese contrato con Montenegro. Lo vas a convencer. Y si no… le cuento al mundo entero quién eras antes de ser su doctorcita. Tú decides."
Renata miró la pantalla hasta que la mano le tembló. Acababa de partirle el corazón a Max para alejarlo del peligro.
Y el peligro, esa misma madrugada, acababa de descubrir exactamente cómo usarlo en su contra.