Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 11: El abrazo de las cuatro
Elena. El nombre flotó en el aire de la habitación blanca como una oración olvidada. Valentina sintió que el espejo roto en su bolsillo dejaba de calentarse. El cuaderno de Nora, en manos de Clara enfermera, se abrió solo en una página que hasta entonces había estado en blanco. Una sola palabra apareció, escrita con letra temblorosa: Gracias.
—Levantate —dijo la piloto, tendiendo su mano hacia Elena—. No podemos quedarnos acá para siempre. El tiempo afuera sigue su curso.
Elena la miró sin entender. Sus dedos largos y pálidos se extendieron hacia la mano de la piloto, pero se detuvieron a medio camino, como si el contacto físico le resultara ajeno.
—Si salgo de esta habitación —dijo Elena en voz baja—, el tiempo me va a reconocer. Las grietas que yo misma abrí me van a atrapar. Voy a volver a ser la mujer de negro. No puedo.
—No vas a volver —dijo Clara enfermera, arrodillándose a su lado—. Porque esta vez no vas a estar sola. Esta vez vamos a estar nosotras. Vamos a sostenerte para que el tiempo no te vuelva a tragar.
—¿Y cómo van a hacer eso? —preguntó Elena con amargura—. ¿Cómo tres mujeres rotas van a sostener a alguien que lleva siglos pudriéndose?
Valentina se sentó en el suelo frente a ella. No le tendió la mano otra vez. En lugar de eso, sacó el espejo roto y lo puso entre las dos, apoyado en el piso blanco.
—Este espejo —dijo— nos mostró la verdad. Mostró que vos sos nosotras, y que nosotras somos vos. No es magia. Es biología. Es tiempo. Es sangre. Cuando vos sufrís, nosotras sufrimos. Cuando vos abrías una grieta para sentirte real, nosotras sentíamos ese desgarro en la nuca, en el pecho, en los sueños. Mi abuela Lucía lo llamaba "el presentimiento". Vos eras ese presentimiento.
Elena observó el espejo roto. Su reflejo estaba fracturado en tres partes iguales, como si el vidrio la hubiera dividido en pedazos.
—Yo también tuve una abuela —dijo—. En 1916, cuando todo empezó. Ella me enseñó a coser heridas en el frente de batalla. Me dijo que las mujeres de nuestra familia tenían "la mano pesada", que podían sentir la muerte antes de que llegara. No entendí hasta que vi al primer soldado morirse en mis brazos.
—¿Fue ahí? —preguntó la piloto—. ¿En esa trinchera?
Elena asintió. Su rostro pálido se contrajo con el recuerdo.
—Se llamaba Jean. Tenía diecinueve años. La metralla le había destrozado el pecho. Yo intenté coserlo, pero la sangre no paraba. No paraba. Y mientras él se moría, yo sentía algo raro en el estómago. Como si el mundo se estuviera doblando. Como si hubiera una hoja de papel y alguien la estuviera arrugando justo en el lugar donde yo estaba.
—La primera grieta —dijo Valentina.
—La primera —confirmó Elena—. No la abrí yo. Pasó. Y cuando pasó, sentí que podía ver todo el tiempo a la vez. Pasado, presente, futuro. Vi a ustedes. Las vi a las tres, en distintos momentos, con distintas caras, pero con los mismos ojos. Y supe que algún día iban a venir a buscarme. O a matarme. No sabía cuál.
Nadie dijo nada durante un largo rato. Afuera, en la pared transparente, las imágenes seguían mostrando un mundo que se desmoronaba: ciudades partidas al medio, niños que desaparecían, mujeres que se duplicaban en el espejo y después se borraban. El tiempo podrido, exactamente como Elena había dicho.
—¿Qué pasó con Nora? —preguntó de repente Clara enfermera—. ¿Por qué terminó en el entre?
Elena bajó la cabeza.
—Nora fue la primera que intentó salvarme. Viajó a 1916 por su cuenta, sin saber lo que hacía. Cuando me encontró, yo ya llevaba veinte años atrapada en esta habitación. Veinte años viendo cómo el tiempo se pudría a mi alrededor. Nora me dijo que iba a sacarme, que íbamos a cerrar las grietas juntas. Pero el entre la atrapó antes de que pudiera hacer nada. La convirtió en lo que es ahora: un eco. Una voz que se repite sin parar.
—Nosotras la vimos —dijo Valentina—. Está deformada, pero sigue lúcida. Sigue pidiendo ayuda.
—Por eso mismo —dijo Elena—. Porque el entre no la destruyó del todo. La dejó en ese estado de vigilia eterna, viendo pasar el tiempo sin poder tocarlo. Es peor que estar muerta.
La piloto apretó los puños.
—Entonces vamos a sacarla también. No podemos dejar a Nora atrapada.
—No es tan fácil —respondió Elena—. El entre no es un lugar al que se entra y se sale como si nada. Para sacar a alguien de ahí, alguien tiene que ocupar su lugar. Igual que conmigo. Es la regla. El tiempo no perdona, no olvida, no negocia.
—Ya nos dijeron eso antes —terció Valentina—. Y lo rompimos. Cuando dijiste tu nombre, la puerta se abrió sola. No hubo trueque. No hubo sacrificio. Sólo una mujer que dejó de ser "la mujer de negro" y pasó a ser Elena.
Elena levantó la vista. Por primera vez, en sus ojos verdes apareció algo que no era dolor. Era curiosidad.
—¿Qué proponés?
—Que salgamos todas juntas —dijo Valentina—. Vos, nosotras tres, y después volvemos por Nora. Si el ciclo se rompió una vez, se puede volver a romper. No hace falta que alguien se quede atrás. No hace falta que alguien sufra para que otros vivan.
—Eso no es cómo funciona el tiempo —dijo Elena, pero ya no sonaba tan segura.
—El tiempo lo inventamos nosotras —respondió Valentina—. Las viajeras. Las mujeres rotas. Las que sentimos el dolor del mundo en los huesos. Si nosotras creamos las reglas, nosotras podemos cambiarlas.
Clara enfermera se puso de pie. Extendió las dos manos: una hacia Elena, otra hacia la piloto.
—Hagámoslo —dijo—. Juntas. Como hermanas.
La piloto tomó la mano de Clara sin dudar. Valentina hizo lo mismo. Las tres formaron un círculo alrededor de Elena, que seguía sentada en el suelo, mirándolas como quien mira un milagro.
—No sé si va a funcionar —susurró Elena.
—Yo tampoco —admitió Valentina—. Pero vamos a intentarlo igual. Porque eso es lo que hacemos. Nos caemos, nos rompemos, nos volvemos a armar. Y seguimos.
Elena cerró los ojos. Tomó una respiración profunda, la primera respiración real en siglos. Y con manos temblorosas, agarró la mano de Valentina por un lado y la de la piloto por el otro.
El círculo se cerró.
La habitación blanca tembló otra vez. Esta vez no era una grieta. Era algo distinto. Algo que ninguna de las cuatro había sentido nunca: el tiempo curándose. Lentamente, dolorosamente, como un hueso que vuelve a su lugar después de una fractura.
La pared transparente se llenó de luz. Las imágenes de ciudades destruidas empezaron a reconfigurarse. Los niños que habían desaparecido volvieron a aparecer. Las mujeres que se habían duplicado en los espejos se fundieron en una sola.
—Está funcionando —dijo la piloto con la voz entrecortada.
—No del todo —dijo Elena—. Siento que algo falta. Alguien.
—Nora —dijeron las tres al mismo tiempo.
El espejo roto en el suelo brilló. Y en su superficie fracturada, apareció el rostro de Nora. No deformada. No deshecha. Era Nora joven, la de la cocina de 1987, la niña rubia que Valentina había visto a través del espejo.
—¿Me sienten? —preguntó Nora. Su voz no venía del espejo. Venía de adentro de ellas, de algún lugar profundo donde todas las versiones se conectaban—. El entre me está soltando. Pero necesito que me digan mi nombre. El verdadero. El que me dieron cuando nací.
—Nora —dijo Clara enfermera.
—No —respondió la voz—. Ese es el que me puso el tiempo. El verdadero es otro.
Valentina cerró los ojos. Buscó en los recuerdos de su abuela, en las historias que le contaba antes de dormir. Y de repente, lo encontró.
—Elena —dijo Valentina—. Tu nombre también es Elena. Como la primera. Porque vos sos la primera que intentó salvarla. Y ella te nombró así para que nunca se olvidaran la una de la otra.
El espejo se rompió del todo. Pero en lugar de astillas, sus pedazos se elevaron en el aire y formaron una figura. Una mujer. Joven, rubia, con los ojos verdes y una sonrisa triste.
Nora estaba libre.
El círculo se hizo más grande. Cuatro mujeres agarradas de las manos en una habitación blanca que empezaba a disolverse, porque ya no hacía falta. El tiempo se estaba cerrando. Las grietas, una por una, desaparecían.
—Ahora —dijo Valentina—. Salgamos de acá.
Y caminaron juntas hacia la puerta negra, que esta vez no se cerró.