A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 8
La noche sobre la pista de pruebas privada de *Serrano Motors* era fría, pero el asfalto parecía retener el calor de los neumáticos. Alejada de los ojos de la prensa y de la ciudad, la enorme pista de asfalto negro estaba flanqueada por focos de alta potencia que creaban un pasillo de luz blanca bajo el cielo estrellado. En el centro del circuito esperaba el coche fetiche de Damiano: un superdeportivo biplaza gris mate, de líneas afiladas y un aspecto tan agresivo que parecía sacado de una fantasía de carreras.
Damiano Serrano estaba apoyado contra la puerta del piloto. Llevaba unos vaqueros oscuros, botas de cuero y una chaqueta de piloto negra que acentuaba la imponente anchura de sus hombros. Al escuchar el sonido del taxi que dejaba a Scarlett en la entrada del recinto, se giró.
Siguiendo las instrucciones del mensaje, Scarlett había dejado de lado la seda y los tacones. Vestía unos leggings negros de tiro alto que se amoldaban a sus piernas, unas zapatillas deportivas y una cazadora bomber corta de color rojo encendido que contrastaba con su piel canela. Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello delicado y la línea de su mandíbula. Aunque su ropa era informal, la forma en que caminaba —con la barbilla en alto y esa sonrisa pícara en sus labios carnosos— destilaba una sensualidad juvenil que hizo que el pulso de Damiano diera un vuelco.
—Puntual —dijo Damiano, con su voz ronca rompiendo el silencio del lugar. Sus ojos grises la barrieron de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus caderas—. Me gusta que sepas seguir instrucciones, Scarlett.
—Te dije que me gusta la velocidad, Damiano —respondió ella, deteniéndose a un palmo de él. El aroma dulce de su perfume de vainilla se mezcló inmediatamente con el olor a gasolina de alto octanaje y goma quemada—. Aunque todavía no me has dicho qué hacemos aquí a estas horas.
—Te voy a enseñar lo que significa el verdadero control —replicó él, con una sonrisa de lado que le devolvió el aire peligroso—. Súbete.
Scarlett no se lo pensó dos veces y se deslizó en el asiento del copiloto, hundiéndose en el cuero texturizado. Damiano rodeó el capó, se sentó al volante y presionó el botón de encendido. El motor V10 cobró vida detrás de sus cabezas con un rugido tan brutal y ensordecedor que el pecho de Scarlett vibró. La adrenalina se le disparó en la sangre antes de que el coche siquiera se moviera.
Damiano metió primera y aceleró. El deportivo salió disparado por la recta principal de la pista, hundiéndolos en los asientos por la fuerza de la aceleración. Scarlett ahogó un grito que rápidamente se transformó en una risa limpia y juvenil. Los árboles y las luces del circuito pasaban a los lados como ráfagas difuminadas. Damiano conducía con una precisión quirúrgica; sus manos tatuadas se movían sobre el volante de fibra de carbono con una seguridad absoluta, tomando las curvas cerradas al límite de la adherencia, haciendo que el coche derrapara ligeramente antes de catapultarse hacia la siguiente recta.
Verlo en su elemento era una experiencia casi erótica. La concentración en su rostro, la tensión de sus brazos y la forma en que dominaba una máquina de setecientos caballos con total naturalidad hacían que Scarlett lo mirara con una fascinación ardiente.
Tras dos vueltas de infarto, Damiano clavó los frenos en mitad de la recta principal, deteniendo el coche por completo. El motor seguía rugiendo en ralentí, un latido pesado y mecánico. Damiano se giró hacia ella, con los ojos brillando de una forma que ella no había visto antes. La rigidez del empresario amargado había desaparecido, sustituida por la pura euforia de la velocidad.
—Ahora te toca a ti —dijo él, desabrochándose el cinturón.
—¿Qué? ¿Estás loco? —Scarlett abrió los ojos de par en par—. Este coche vale más que mi vida entera, Damiano.
—No me importa el coche. Quiero ver si eres capaz de domar este motor igual que me desafías a mí —la retó, con una mirada cargada de magnetismo sexual.
Cambiaron de asiento sin bajarse del vehículo, en un enredo de piernas y cuerpos en el estrecho habitáculo que hizo que la piel de Scarlett rozara la dureza de los muslos de Damiano, encendiendo una chispa inmediata. Una vez al volante, Scarlett sintió los nervios crispados. Damiano se inclinó sobre ella desde el asiento del copiloto, pasando su brazo por detrás de sus hombros para guiarla. Su aliento cálido rozó la oreja de la joven, poniéndole la piel de gallina.
—Pon las manos en el volante. A las tres y a las nueve —le instruyó él, con una voz baja que le reverberó en el estómago—. Pisa el embrague. Mete primera. Ahora, acelera sin miedo. Confía en el coche. Confía en mí.
Scarlett apretó los dientes y pisó el acelerador. El coche rugió y salió disparado. Al principio, la velocidad la asustó, pero bajo las indicaciones pausadas y firmes de Damiano, empezó a entender el ritmo de la pista. Tomó la primera curva sintiendo la fuerza centrífuga, el peso del volante y la vibración del motor en sus propias manos. Una oleada de poder y libertad absoluta la invadió. Estaba conduciendo al límite, rompiendo el viento, sintiéndose más viva que nunca.
—¡Es increíble! —gritó Scarlett, con los ojos fijos en el asfalto, una sonrisa radiante iluminando su rostro juvenil.
—Eres natural, Scar —admitió Damiano, mirándola de perfil. Verla tan desinhibida, con las mejillas sonrojadas por la emoción y el cabello desordenado, le produjo una oleada de deseo tan violenta que sintió que iba a perder el control que tanto pregonaba.
Al llegar al final de la recta, Scarlett frenó con suavidad y detuvo el coche cerca de la zona de boxes, en la parte más oscura de la pista, donde los focos principales no llegaban. Apagó el motor. El silencio repentino de la noche fue abrumador, roto solo por el crujido del metal caliente del coche enfriándose y el sonido de sus propias respiraciones agitadas.
Scarlett se giró hacia Damiano, con el pecho subiendo y bajando con fuerza por la adrenalina.
—Gracias —susurró, con los ojos avellana brillando en la penumbra—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan libre.
Damiano no respondió con palabras. La atracción juvenil por el peligro y la proximidad física habían creado una atmósfera sofocante dentro del coche. Estiró la mano, soltó la coleta de Scarlett y dejó que sus ondas castañas cayeran libres sobre sus hombros. Luego, la tomó por la nuca, obligándola a mirarlo.
—La adrenalina te sienta jodidamente bien, Scarlett —gruñó él, con la voz rota por la urgencia.
Sin darle tiempo a responder, Damiano la besó. Fue un beso salvaje, impregnado del subidón de la velocidad, un choque de labios hambrientos y lenguas que se buscaban con una desesperación absoluta. Scarlett soltó un gemido ronco, enredando sus manos en la chaqueta de cuero de él. El deseo acumulado desde la advertencia de Camila explotó en mil pedazos; en ese instante, las reglas del mundo exterior no significaban nada.
Damiano se movió con rapidez felina. Abrió la puerta del copiloto, empujó los asientos delanteros hacia delante con un mecanismo eléctrico y arrastró a Scarlett con él hacia el asiento trasero del deportivo, un espacio más amplio pero deliciosamente confinado.
Allí, bajo las sombras de la noche de la pista de pruebas, la cordura desapareció.
Damiano le quitó la cazadora roja de un tirón y sus manos calientes buscaron el dobladillo de su camiseta, subiéndola para dejar al descubierto su piel canela. Scarlett jadeó cuando los labios de Damiano bajaron por su cuello, mordiendo suavemente la piel tierna de su clavícula, provocándole espasmos de puro placer. Ella se encargó de deshacerse de la chaqueta de él, ansiando sentir el calor de su torso musculoso.
La fricción de sus cuerpos en el espacio reducido del coche era una tortura perfecta. Scarlett estiró las piernas, acomodándose en el regazo de Damiano mientras él le retiraba los leggings con movimientos urgentes. El encaje negro de su ropa interior contrastó con la oscuridad del cuero del asiento.
Cuando los dedos de Damiano la tocaron, Scarlett arqueó la espalda, ahogando un gemido contra el hombro tatuado de él. Estaba ardiendo, completamente entregada a la atracción posesiva que ese hombre ejercía sobre ella. Damiano la miró a los ojos, con la mirada gris oscurecida por la pasión más pura.
—Dime que me quieres, Scarlett. Dime que eres mía —pidió él, con la respiración desbocada, buscando esa confirmación que calmara sus demonios internos.
—Soy tuya, Damiano... solo tuya —confesó ella, perdiendo el freno de mano de su corazón.
El encuentro íntimo que siguió fue el más ardiente e intenso que habían tenido. Envolviéndose en el calor del otro, se entregaron a una pasión cruda y juvenil, donde cada embestida iba cargada de la adrenalina de la pista y de una conexión emocional que ya no podían negar. Los gemidos de Scarlett se mezclaban con los susurros posesivos de Damiano en la penumbra del coche. Se unieron por completo, rompiendo cualquier barrera profesional, demostrando que en esa pista de carreras, el deseo no entendía de contratos, sino de dos almas que avanzaban a toda velocidad hacia un destino inevitable.