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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: El día comenzó con un frenazo

Apenas eran las ocho con diez de la mañana.

El sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes cargadas de llovizna, tiñendo Madrid de una luz grisácea y húmeda. La lluvia ya no caía con fuerza, pero persistía en forma de una fina cortina que cubría las calles y hacía brillar el asfalto.

Alexander viajaba en el asiento del copilto, mientras observaba distraídamente la ciudad a través de la ventana.

Primero pasarían por el taller.

Su motocicleta llevaba varios días en mantenimiento y ya era hora de recogerla. Después tendría que cruzar prácticamente toda la ciudad para llegar a la editorial donde lo esperaba aquella reunión que, Sinceramente, no tenía ninguna intención de disfrutar.

El trayecto era absurdo.

Incluso en coche, moverse de un punto a otro de Madrid podía convertirse fácilmente en una odisea de veinte o treinta minutos .

—Sigo pensando que esto podría haber sido una llamada —murmuró Alexander.

—Y yo sigo pensando que deberías dejar de meterte en problemas —respondió Marcos sin apartar la vista del camino.

Alexander soltó una sonrisa.

—Entonces ambos estamos perdiendo el tiempo.

Marcos estaba a punto de responder cuando algo apareció de repente frente al vehículo.

—¡Joder! —gritó Marcos.

Pisó el freno con fuerza.

Las ruedas chirriaron brevemente sobre el pavimento mojado.

Alexander se sujetó instintivamente del tablero mientras el automóvil se detenía bruscamente a pocos metros de una mujer que acababa de irrumpir en la calle.

El semáforo apenas estaba cambiando a rojo.

Había aparecido de la nada.

La mujer se quedó inmóvil durante un segundo, claramente sobresaltada.

La distancia entre ella y el coche era mínima.

Demasiado mínima.

—¿Está loca? —masculló Marcos.

La mujer retrocedió un paso.

Su respiración parecía agitada.

Alexander la observó a través del cristal cubierto de pequeñas gotas.

La desconocida tenía el cabello negro azabache, ligeramente desordenado por la humedad. Tenía un rostro de porcelana que parecía cansado pero hermoso.

Llevaba ropa sencilla la cual estaba empapada y pegada a su piel, podía observar unas hermosas curvas pronunciadas bajo aquella tela translúcida.

Sin embargo, no era eso lo eso que más llamó su atención.

Era su expresión. Parecía... desesperada. Como si tuviera prisa por llegar a algún lugar.

—Ya está —dijo Alexander con indiferencia—. Dale un cheque y que siga con su vida.

Marcos resopló.

—¿Crees que es otra de esas?

—Estoy bastante seguro.

Demasiadas personas intentaban sacar provecho de cualquier accidente.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

La mujer ni siquiera los miró, ni una palabra o exigencia alguna. Simplemente echó a correr.

Cruzó la avenida bajo la llovizna y desapareció hacia la acera opuesta.

Un taxi la esperaba con las luces encendidas.

Abrió la puerta trasera y se metió dentro con una prisa casi desesperada. El vehículo arrancó inmediatamente.

Alexander siguió observándolo hasta que desapareció entre el tráfico.

—Bueno —dijo Marcos—. Esa es la mujer más rara que he visto.

—Tetas perfectas —murmuró Alexander, todavía con la mirada perdida en el punto donde el taxi había desaparecido—. Redondas. Grandes. Con esos pezones que deben marcarse bajo la tela mojada...

—Alexander, por Dios —lo interrumpió Marcos, girandose—. Acabas de ver a una mujer que casi es atropellada, no un catálogo de lencería.

—¿Y no puedo apreciar ambas cosas? —Alexander se giró en el asiento, apoyando el codo en la consola central—. Estaba buena, Marcos. No voy a disculparme por tener ojos.

—Tienes ojos de depredador, más bien.

—Prefiero llamarlo "buen gusto".

El coche tomó una curva y el taller apareció a lo lejos. Un local amplio de fachada gris con puertas metálicas corredizas, rodeado de otros negocios de la misma índole. El olor a aceite y caucho quemado se filtraba incluso desde el interior del vehículo.

—Ya llegamos —anunció Marcos, estacionando frente a la entrada—. Comportate. No quiero que asustes a los mecánicos con tus comentarios.

—¿Yo? —Alexander puso una mano sobre el pecho, fingiendo ofensa—. Soy un cliente ejemplar.

—Eres un amigo insoportable.

Salieron del coche. La llovizna había disminuido, convirtiéndose en una niebla húmeda que se pegaba a la ropa. Alexander ajustó su ropa mientras caminaba hacia la entrada del taller.

Dos mecánicos trabajaban bajo un coche elevado. Uno de ellos, un hombre robusto de brazos tatuados, los vio llegar y dejó caer la llave inglesa que sostenía.

—¡Joven Alexander! —exclamó, limpiándose las manos en un trapo grasiento—. No esperaba verlo tan temprano.

—Jaja, ni yo tampoco, Ramón —respondió Alexander, lanzándole una mirada asesina a Marcos mientras se acercaba al mecánico—. ¿Cómo está mi niña?

Ramón soltó una carcajada y se limpió las manos con un trapo ennegrecido por la grasa.

—Terminamos el ajuste del carburador ayer. Pero hay algo que debe ver personalmente.

Alexander levantó una ceja.

—¿Problemas?

—No exactamente.

Ramón señaló hacia el fondo del taller.

—Venga. Le enseño.

El taller olía a aceite, combustible y metal caliente. Herramientas colgaban de las paredes y varias motocicletas ocupaban distintos elevadores hidráulicos.

Al fondo, parcialmente cubierta por una lona azul, descansaba la motocicleta de Alexander.

Su Ducati Panigale V4.

Negra como el carbón. Imponente y hermosa.

Ramón retiró la lona con cuidado.

Los detalles rojos brillaron bajo la iluminación del taller como pequeñas heridas abiertas sobre el metal oscuro.

—Hicimos el ajuste, cambiamos las bujías y revisamos toda la transmisión —explicó Ramón—Pero encontramos algo raro en el sistema de inyección.

Alexander frunció el ceño.

—¿Raro cómo?

Ramón señaló una zona específica del motor.

—Alguien manipuló los inyectores.

El aire pareció enfriarse de golpe.

—¿Manipuló?

—No fue un robo porque no falta nada. Pero los cables estaban cortados.

—¿Cortados?

—Limpiamente.

Ramón señaló los extremos seccionados.

—Como si alguien hubiera querido que el motor fallara en el peor momento posible.

El ambiente cambió inmediatamente.

La sonrisa de Alexander desapareció.

—Parece como si lo hubieran preparado para que pareciera un accidente —dijo con voz fría.

Marcos dejó escapar un silbido bajo.

La resaca desapareció casi por completo de la mente de Alexander.

Su mandíbula se tensó y sus ojos avellana se oscurecieron.

—¿Estás seguro? —preguntó Marcos.

—Completamente —respondió Ramón.

—Joder...

Alexander se incorporó lentamente.

—¿Quién tuvo acceso a la moto?

—Solo el equipo de confianza —respondió Ramón—. Yo, Pollo y el chico nuevo.

—¿El chico nuevo?

—Pepe.

—¿Cuánto lleva aquí?

—Dos semanas.

Ramón dudó unos segundos.

—Buen trabajador. Al menos eso parecía.

—¿Parecía?

—Ayer se fue temprano. Dijo que le dolía la cabeza.

Alexander recorrió el taller con la mirada tratando de comprender como sucucedió todo.

—Era de esperarse —dijo finalmente.

—¿Cómo? —preguntó Marcos.

—Equipos rivales.

Los ojos de Alexander permanecieron fijos sobre la motocicleta.

—Si alguien quiere eliminar competencia antes de una carrera importante, esto es exactamente lo que haría.

Ramón asintió con gravedad.

—También pensé eso.

—Lo bueno es que esta no es la oficial- dijo Alexander

Marcos levantó la cabeza.

—¿La de competición sigue donde la dejaste?

—Eso espero.

Alexander giró hacia Ramón.

—¿La otra sigue resguardada como les pedí?

—Por supuesto.

—¿Nadie sabe dónde está?

—Nadie.

—Perfecto.

Por primera vez desde que comenzó la conversación, una ligera sonrisa apareció en el rostro de Alexander.

—Entonces el imbécil que hizo esto perdió el tiempo.

Ramón soltó una pequeña risa.

—Eso parece.

Aquella segunda motocicleta era distinta.

La verdadera máquina con la que competiría dentro de mes y medio. La que utilizaba para entrenamientos importantes. La que valía más dinero del que muchas personas ganarían en varios años.

Y la que solo unas pocas personas sabían que existía.

Alexander confiaba en ellos.

Porque aquel taller no era simplemente un negocio. Era prácticamente una familia.

Habían visto sus primeras carreras. Sus primeras victorias. Sus primeras caídas.

Cuando nadie apostaba por él, Ramón y Enrique ya estaban ahí.

Ayudándolo, apoyándolo, creyendo en él.

Por eso la lista de personas autorizadas para tocar sus motocicletas era absurdamente pequeña.

Y seguiría siendo así.

—¿Qué van a hacer con el chico? —preguntó Marcos.

Ramón suspiró.

—Ya no volverá.

—¿Lo van a despedir?

—No vamos a contratar a nadie más por ahora.

Alexander asintió.

Era lo mejor.

La confianza tardaba años en construirse.

Y segundos en romperse.

Un sonido extraño interrumpió la conversación.

Algo parecido a una carcajada aguda.

Marcos frunció el ceño.

—Un momento...

Se giró hacia un hombre robusto que organizaba herramientas al otro lado del taller.

—¿Ese es Pollo?

El hombre soltó otra risa.

Una especie de cacareo extraño.

Ramón estalló en carcajadas.

—Sí.

—Pero se llama Enrique, ¿no?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué demonios le dicen Pollo?

Ramón se encogió de hombros.

—Porque odia que le digan Kike.

—Eso no explica nada.

—Y porque cuando se ríe parece un pollo ahogándose.

Como si hubiera escuchado la conversación, Enrique volvió a reír.

—¡CLOJAJAJAJA!

El sonido resultó tan ridículo que incluso Alexander terminó soltando una carcajada. Marcos se quedó inmóvil unos segundos. Luego negó con la cabeza.

—Vale.

Escuchó otra vez aquella risa.

—Sí.

Ahora lo entiendo.

—¿Verdad que sí? —preguntó Ramón.

—Suena exactamente como un pollo.

Desde el otro lado del taller, Enrique levantó una llave inglesa.

—¡Los estoy escuchando, cabrones!

Las carcajadas resonaron por todo el lugar.

Por unos instantes, la tensión desapareció.

Pero Alexander volvió a mirar su Ducati.

Y la sonrisa desapareció lentamente.

Porque detrás de aquella broma seguía existiendo una realidad incómoda.

Alguien había intentado sabotearlo.

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Cliente anónimo
Un maratón
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